Ciudadano Hughes

Orson Welles dejó bien claro en 1941 que todo tiene un precio y que el poder acaba pasando factura. Charles Foster Kane (William Randolph Hearst, en definitiva) finiquitaba sus días recluido en la mansión Xanadú, clamando por los años perdidos, por un tiempo en que jugaba en la nieve totalmente despreocupado y en el que "Rosebud" únicamente era una palabra escrita en un trineo. El Howard Hughes de Scorsese y Logan, por su parte, abre los ojos al mundo desde sus propias obsesiones, con el deletreo incesante, compulsivo de un vocablo que marcará el devenir de su historia: "cuarentena". Al igual que en Ciudadano Kane, la palabra se convierte en un referente íntimo que define, a la par que transforma, una personalidad bañada en el materialismo, mucho más compleja de lo que su visión externa puede aparentar. Este empleo del término como motor fundamental tanto en la estructura narrativa como en la descripción psicológica de un personaje mantiene una doble vertiente por parte de Scorsese: por un lado, la reafirmación de la extrema cinefilia del cineasta ya que, amén de la evidencia directa a la obra maestra de Welles, el hecho de que El aviador se desarrolle en la época dorada del clasicismo hollywoodiense es suficiente motivo para que Scorsese construya su particular homenaje al período. Por otro lado, la delimitación íntima de un personaje, cuyas obsesiones personales quedan perfectamente descritas con una palabra, tal y como los más insondables deseos de Kane quedaban expresados con otra.

El aviador, por tanto, debe entenderse, sobre todo, como el esbozo de una personalidad que, progresivamente, se va cerrando en sí misma. Más que un fresco sobre una etapa histórica, o un retrato quizá demasiado compasivo de las clases más poderosas, el film de Scorsese queda conscientemente centrado en los paraderos internos de Hughes. Y es aquí donde radica su mayor acierto, así como su mayor hándicap. Mediante el soberbio trabajo de interpretación de Leonardo DiCaprio, la película disecciona de forma tan meticulosa como consecuente los progresivos problemas mentales del magnate, con un acierto digno del mejor Scorsese. Haciendo del montaje una herramienta fundamental en la dosificación de los diversos estados (una edición más serena en las manías higiénicas iniciales y un ritmo celérico en la explosión de locura que centra el film), al autor de Casino lo único que parece interesarle es la descripción de un carácter inestable, el descenso a unos infiernos que nada tienen que ver con los de sus anteriores personajes (llámanense LaMotta o Jesucristo): el declive mental de Hughes es una respuesta altiva contra el mundo que le rodea, un grito de rebeldía contra una comunidad de la que, más por interés que por gusto, tiene que formar parte. Ante ello, resulta imprescindible la secuencia de la comida con la familia de Katharine Hepburn (sensacional —como siempre, por otra parte— Cate Blanchett) en la que Hughes tiene perfecta adecuación social, pero no puede evitar la sensación de hallarse extremadamente incómodo. La perfecta metonimia que los Hepburn representan en esta escena, define la idiosincrasia de unos estratos sociales, que despiertan el inconsciente rechazo de Hughes.

Empero, la película no queda exenta de algún que otro problema, a priori intrascendente, aunque acaban por evitar que El aviador alcance el nivel que sus múltiples aciertos apuntan. Una de las mayores virtudes de Scorsese consiste en describir, en todos sus flancos, a un personaje en apenas una secuencia (1); sin embargo, en El aviador dicha capacidad queda notablemente menguada, tanto porque desaprovecha personajes tan interesantes como el de John C. Reilly o Alec Baldwin, ramplonamente reseñados y que, sin ningún género de dudas, hubieran dado más de sí, como por la utilización de excelentes actores en papeles más que atractivos pero que, nuevamente, quedan evaporados en el aire. Y me refiero concretamente al Errol Flynn interpretado por Jude Law, al Roland Sweet de Willem Dafoe o, incluso, a la Ava Gardner de Kate Beckinsale. Amén de ello, la omisión de ciertos detalles de la biografía de Hughes, tales como su furibundo anticomunismo o su turbadora relación con Jean Peters que hubieran complementado y otorgado una mayor variedad de matices a la película, han quedado lamentablemente obviados por Scorsese y Logan.

Aun así, El aviador no vive de personajes secundarios ni de elementos no planteados. La película es un deslumbrante ejercicio de estilo que revela a un Scorsese mucho más contenido que de costumbre, aunque plenamente sabedor del significado de la palabra "cine".

(1) Y, en ocasiones, en una sola frase: véase, sino, la presentación del personaje de Ray Liotta en ell comienzo de Uno de los nuestros (Godfellas, 1990).

Por Joaquín Vallet R.
cartel
EEUU. 2004. TO: "The Aviator". Dirección: Martin Scorsese. Producción: Sandy Climan, Charles Evans, Jr., Graham King, Michael Mann. Guión: John Logan. Música: Howard Shore. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Thelma Schoonmaker. Dirección artística: D. Ferretti, Martin Gendron, Robert Guerra, Michele Laliberte, Claude Paré, Réal Proulx, Daniel Ross, Francesca LoSchiavo, Carrie Wilksen. Vestuario: Sandy Powell. Duración: 170 min. Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Howard Hughes), Cate Blanchett (Katharine Hepburn), Kate Beckinsale (Ava Gardner), John C. Reilly (Noah Dietrich), Alec Baldwin (Juan Trippe), Alan Alda (Senador Ralph Owen Brewster) , Ian Holm (Profesor Fitz), Jude Law (Errol Flynn).