La rentabilidad de la simpleza

En Hollywood se frotan las manos. Y hacen bien. Han encontrado un nuevo filón en el que hundir su maquinaria pesada. El boom que está experimentando el género de terror japonés en el resto del mundo está quitando protagonismo y, sobre todo, taquilla a producciones como Scream n o Aún no se me olvida lo que hicisteis aquel verano (a pesar de mi senilidad), algo que no deja dormir a la industria. Y cuando uno no puede vencer al enemigo, sólo tiene tres opciones: luchar y morir con dignidad, rendirse cual perrillo indefenso con el rabo entre las piernas, o la más inteligente y ruin, asumirlo sin que se caigan los anillos, dejarse la vergüenza en casa y unirse al que le está robando el pan. En el caso que nos ocupa tanto la primera opción como la segunda quedan completamente descartadas porque son maniobras nada lucrativas y por tanto poco recomendables, optándose así por aquello que más beneficios genera, aunque, lamentablemente, poco o nada aporte al cine en sí.

Sam Raimi, que suele garantizar calidad, se ha dejado sus dineros produciendo el filme, contando con Takashi Shimizu (el director de La maldición) tras la cámara. Lamentablemente, a pesar de disponer del mismo director de la película en que se basa El grito, de haber rodado en Japón y con secundarios japoneses (las estrellas, por supuesto, producto nacional, que tampoco es cuestión de arriesgar a lo bobo), y de gozar de un presupuesto infinitamente mayor, nos encontramos con un filme francamente mediocre. Eso sí, en las taquillas ha recuperado ya con creces lo que se invirtió en él.

El secreto de esto está en su enorme simplicidad, sobre todo comparándola con la versión japonesa, pero es una comparación absolutamente necesaria, tratándose de un remake. A pesar de que en un principio parece que las formas narrativas del filme van a seguir los derroteros de La maldición, que contaba con una interesante estructura fragmentada poco convencional, sobre todo dentro del género, la ilusión se desvanece rápidamente. Aun con la ausencia de intertítulos presentando a los personajes y/o fragmentos como los que aparecían en aquella, aquí los flashbacks y los saltos en el tiempo, que los hay, vienen delimitados perfectamente por la simpleza del guión para no perder al espectador, sin llegar a insultar la inteligencia de éste, pero por bien poco.

Olvidándonos de las pajas mentales de Sarah Michelle Gellar, la estrella protagonista, que es capaz de encontrar en el guión el choque cultural de su personaje con el medio en el que se encuentra (igualito que lo que le ocurre a Scarlett Johansson en Lost in Translation, vamos), lo cierto es que lo único que podemos encontrar en éste son calcos de los momentos más aterradores de La maldición (la muerte de la anciana, el vídeo de seguridad o la abducción en la cama son buenos ejemplos), que han sido rodados con unos efectos especiales más conseguidos, pero entorpecidos por un empleo del sonido y el montaje mucho más artificioso que en aquella, bastante más acorde, eso sí, con el método de Hollywood y la espectacularidad vacía de que suelen hacer gala, pues lo de marcharse a Japón es simplemente una fachada que tampoco añade ningún elemento de interés.

Y es que precisamente el mayor defecto que le veo a El grito no es que no aporte nada nuevo a su predecesora, sino que además elimina gran parte de la complejidad de aquélla transformándola en una película totalmente plana y prescindible, algo que se puede aplicar probablemente al noventa por ciento del cine que se hace en EE.UU., pero que sin duda se agrava al tratarse de un remake. Una revisión como ésta, que no aporta nada nuevo a la cinta original, haría mejor en quedarse enlatada en los estudios, pues se trata de una oportunidad totalmente desaprovechada. Eso por supuesto, desde mi punto de vista, siendo que en este espacio solemos hablar del cine como un arte y no como un negocio, pero si tenemos en cuenta la cruda evidencia de que el único objetivo de remakes como éste es el que comentaba al principio, el de amasar una fortuna, objetivo logrado, pues.

No obstante, podemos encontrar virtudes puramente cinematográficas en El grito, aunque, eso es cierto, ya se hallaban presentes en La maldición. Lo mejor, de nuevo, la dirección de Shimizu, que ata a sus personajes en corto sin dejarnos ver lo que les rodea y les atemoriza, inquietando así también al espectador, o colocando la cámara en el suelo y en lugares elevados subjetivizando la presencia del mal que habita en la casa. Pero lamentablemente, a pesar de la planificación de las escenas que pueda preparar el director japonés, se nota que proviene de rodajes más modestos, y quizá le viene grande la producción hollywoodiense de la que podía haberse aprovechado para arriesgar algo más, ofreciendo algo nuevo, poniéndola de su parte y no en su contra. Pero claro, el guión no es suyo, le quitan la mitad de su equipo habitual... Mejor debería dar las gracias por no tener que poner el dinero y porque los yanquis se vuelvan al otro lado del charco cuanto antes y no le visiten más. O eso... O unirse a ellos. ¿Cambiarán las tornas? Que nadie ponga el grito en el cielo, no sería el primer talento absorbido y echado a perder. Ni el último.

Por Sergio Vargas
cartel
EE.UU., 2004. T.O.: "The Grudge". Director: Takashi Shimizu. Productores: Sam Raimi, Rob Tapert y Taka Ichise. Guión: Stephen Susco; basado en la película "Ju-on: The grudge" de Takashi Shimizu. Fotografía: Hideo Yamamoto, en color. Diseño de producción: Iwao Saito. Música: Christopher Young. Montaje: Jeff Betancourt. Duración: 96 min. Intérpretes: Sarah Michelle Gellar (Karen), Jason Behr (Doug), Clea DuVall (Jennifer), Kadee Strickland (Susan), Bill Pullman (Peter), William Mapother (Matthew), Grace Zabriskie (Emma), Rosa Blasi (María), Ted Raimi (Alex), Ryo Ishibashi (Dtve. Nakagawa).