El buen camino
Dentro de la multitud de estrenos de corte comercial que colapsa las carteleras fin de semana sí y otro también, siempre es de agradecer el poder rescatar, o mejor dicho descubrir una película que no solamente no te toma el pelo, sino que esconde una buena carga de intención tras sus fotogramas que no impide que pueda ser disfrutada por todo el público sin tener que buscarle una profundísima carga filosófica ni rechazarla tan sólo porque contenga una estrella al frente del reparto.
Sin llegar a la maestría o autoría que cineastas tan comerciales a la par que buenos nos brindan como David Fincher, Michael Mann, Steven Soderbergh y M. Night Shyamalan regalándonos momentazos de buen cine unido a una perfecta capacidad de entretener y disfrutar de sus películas, la sorpresa que depara el encontrarse frente a la ópera prima de Omar Naïm nos devuelve la confianza en la coexistencia entre un cine de entretenimiento digno y de calidad demostrando que ambos conceptos no tienen que ser obligatoriamente antagónicos, como mucha gente pretende.
Enmarcada dentro de la ciencia ficción no estridente, y con ello me refiero a cualquier elemento que obvie sociedades apocalípticas, planetas devastados y razas alienígenas, La memoria de los muertos seguiría la línea trazada por Andrew Niccol y su Gattaca para ser la ciencia ficción tan sólo un marco donde encuadrar a los personajes que harán avanzar la acción. Consciente de su poca experiencia, Naïm opta por desnudar un argumento rebuscado para centrarse en una idea concreta para que sea el propio espectador quien la desarrolle y saque multitud de conclusiones, convirtiéndose en una película de debate debido a la variedad de posibilidades y posturas que puede generar su argumento.
El director novel de origen libanés propone una sociedad donde una empresa es capaz de implantar un Zoë, un chip en los recién nacidos que filmará toda su vida para que cuando mueran, los "cutters", montadores, editen sus recuerdos y la muestren a sus familiares y amigos como homenaje. El conflicto viene dado cuando un "cutter" solitario que ha anulado su vida a fuerza de editar la de los demás y traumatizado por un hecho del pasado debe editar la cinta de un poderoso hombre y se debate entre montar una película feliz en la que se ensalce a la persona, o mostrar hechos tan ocultos y perversos como los abusos que profería a su hija o infidelidades descubriendo una imagen familiar en un recuerdo del fallecido, lo que le impulsará a averiguar qué se esconde en la memoria del muerto. A diferencia de otras películas comerciales con mensaje como la reciente Yo, robot donde se planteaban preguntas acerca de la inteligencia artificial, y cuya respuesta venía dada por la cantidad de disparos y peleas que podíamos disfrutar, Naïm introduce el suspense y el miedo en la conciencia del espectador al empezar a preguntarse la verdadera utilidad del invento. ¿Tienen derecho a filmar nuestra vida sin permiso?, ¿actuamos y hablamos de forma "correcta" si somos conscientes que se nos está filmando o lo haremos en base a lo que se espera de nosotros fomentando así la hipocresía?, ¿nuestra existencia no nos pertenece única y exclusivamente a nosotros y a nadie más?, y sobre todo, ¿queremos compartir ciertos recuerdos con alguien que no conocemos?
Todos estos interrogantes son los que se nos van planteando a medida que avanza una trama muy simple pero necesaria para dar consistencia a una película que no se sostendría a base de interrogantes metafísicos con la misma intensidad con que lo podría hacer Bergman. Además no hay que olvidar que la película nunca abandona su carácter comercial aderezando la historia con una pequeña trama policíaca-redentora que siempre luce. Una de las grandes ventajas con las que ha contado el director a la hora de abordar su primer trabajo es el apoyo de un sólido reparto capitaneado por un comedido Robin Williams en un papel que le gusta interpretar últimamente. Sin llegar al asesino de la magnífica Insomnio, Williams compone un personaje torturado y aislado en sí mismo que vive las vidas de las personas que edita. Acompañado por la siempre eficaz Mira Sorvino en un papel cogido con calzador, necesario como contrapunto real de un protagonista demasiado alejado de la realidad y secundado por el hoy archifamoso Jim Caviezel. El trío de actores son el centro de la película, siendo los personajes los que hacen avanzar la acción y no al revés como suele suceder en este tipo de productos.
A pesar de contener fallos en el guión y ciertas concesiones fáciles de cara a la galería, Omar Naïm echa toda la carne en el asador en lo que a puesta en escena se refiere. Con una cuidadísima dirección artística que fomenta ese aislamiento voluntario al que se presta el protagonista, los grises colores fotografiados por el siempre excelente Tak Fujimoto nos sumerge en un ambiente demasiado irreal y gris, cansino y claustrofóbico que se acentúa con la fuerza con la que Naïm muestra a través de una dirección elegante y directa que imprime una cierta personalidad inusual en las películas destinadas a ser engullidas y vomitadas con la misma rapidez. Dejando de lado su condición de ópera prima, el director ofrece una primera película con lo que ello acarrea pero muy decente y recomendable para alguien que no quiera pasarse una tarde acompañado de Tarkovsky ni de Elektra. Sin duda alguna habrá que prestar atención al nombre de Omar Naïm en el futuro ya que de momento va por el buen camino. |