La viuda blanca (1)

CUANDO a inicios de los noventa Jean-Pierre Jeunet leyó la novela de Sébastien Japrisot Un long Dimanche de Fiançailles (1991), sintió una inmediata fascinación por ella, atracción que se convirtió rápidamente en firme deseo por llevar a la pantalla la historia de este escritor francés, un autor que por lo demás era ya sobradamente conocido, no sólo en el ámbito literario, sino asimismo en el cinematográfico. Jean-Baptiste Rossi (verdadero nombre de Sébastien Japrisot, seudónimo y anagrama del escritor) estuvo vinculado a lo largo de toda su vida y su obra al mundo del cine. Habiendo ya colaborado en su juventud como guionista al lado de directores de la talla de Jean Renoir o Marcel Ophüls, sus novelas fueron más tarde llevadas al cine en multitud de ocasiones y de la mano de diversos realizadores, entre otros, Constantin Costa-Gavras (Compartiment tueurs, 1965), André Cayatte (Piège pour Cendrillon, 1965) o Anatole Litvak (Dame dans l'auto avec des lunettes et un fusil, 1970). El mismo Japrisot llegó a dirigir incluso dos largometrajes, Les mal partis (1976) y Juillet en Septembre (1988); pero este autor prefirió siempre la libertad que le proporcionaba la escritura antes que la presión y el sometimiento al reloj que impone el medio fílmico. Japrisot escribía novelas policíacas, pero más que entretener con las pesquisas detectivescas de sus personajes, lo que a este autor realmente le interesaba era indagar en el interior de éstos y desgranar los entresijos de sus pensamientos y emociones, configurando así unas obras cargadas de un alto contenido humano y psicológico. Esto es de hecho lo que sucede en Un long dimanche de fiançailles (Largo domingo de noviazgo, en adelante), y lo que de seguro atrajo inmediatamente a Jeunet, además de a todos los lectores que, como él, nos hemos visto seducidos, no sólo por la historia de la joven Mathilde, sino aún en mayor medida, por Mathilde misma. Quien diga que este libro parece ser escrito para el lucimiento de la que es ciertamente una original narrativa y de los mecanismos literarios con los que juega el escritor, se queda flotando en la superficie de un contenido profundo e interesante, dejándose engañar por un —dicho sea de paso, magnífico— ejercicio de virtuosismo narrativo que esconde realmente su sentido en una historia y unos personajes aún más virtuosos.

La historia de Largo domingo de noviazgo, es la de una investigación, la que emprende la joven Mathilde Donnay (Audrey Tautou en el filme) en busca de su novio Manech (Gaspard Ulliel), dado por muerto en el frente del Somme en 1917, durante la Primera Guerra Mundial. Mathilde, pese a la falta absoluta de indicios al respecto, siente que Manech aún vive, y decide seguir ciegamente su intuición, basándose tan sólo en su firme convencimiento de que si Manech estuviera muerto, ella lo sabría... El personaje de Mathilde es el centro de la historia, pero no es de hecho el único punto de interés del relato. Largo domingo de noviazgo habla sobre la dureza de la guerra y sobre la pérdida de identidad que esta provoca en aquellos que en ella combaten, así como de la impotencia y el dolor de los que esperan en sus hogares el regreso de los que, pese a conseguir en algún caso volver con vida, mueren también de alguna manera en el campo de batalla. La vida de estos hombres y mujeres se ve aniquilada por completo, su existencia sufre un paréntesis agónico en el que el mayor sufrimiento viene dado por la aceptación resignada de la muerte cuando esta es tan probable como incierta, cuando la única seña de identidad se asienta en un número grabado en una placa ligada al cuello de un cadáver ya irreconocible, tan anónimo como el de cualquier otro hombre que cede su vida a una honorable misión de sentido incomprensible. La Primera Guerra Mundial es un período oscuro en nuestra historia, un vacío de muertes y destrucción del que astutamente se encargaron algunos de vetar un documento gráfico que es así prácticamente inexistente. Por ello hay muy pocas obras que hablen sobre el tema, y por eso también resulta en el recuerdo un tema tan enigmático como escalofriante. La Primera Gran Guerra fue la guerra de las trincheras, del combate cuerpo a cuerpo con fusiles, bayonetas y granadas de mano, un conflicto en el que, como en todas las guerras, la valentía y el coraje se vivió ante todo de puertas para adentro, en el esfuerzo de los soldados por mantenerse íntegros entre tanto sufrimiento sin sentido, y en la agonía diaria de los familiares que no pueden hacer más que esperar y desear que el correo tenga un único remitente. La historia de Japrisot/Jeunet habla sobre las diferentes guerras que genera un mismo conflicto, la de los hombres que esconden aterrados la cabeza bajo sus manos entre el estruendo de las bombas que caen a su alrededor, la de las familias que los esperan rezando por ellos, y también la guerra de aquellos que deciden la suerte de ambos, una guerra sobre el tablero en la que los soldados son sólo números a quienes hay que aleccionar si no cumplen ejemplarmente con sus cometidos. Este ya fue el tema de Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), y por eso ambos filmes han sido irremediablemente comparados. Pero en el tema y el contexto finalizan las coincidencias, ya que lo que en el filme de Kubrick era el centro de la trama, es en Largo domingo de noviazgo tan sólo el pretexto para lo que, como ya se ha dicho, es más una reflexión sobre las consecuencias de la guerra que sobre la guerra misma.

Manech es uno de cinco soldados que, juzgados por automutilación voluntaria —se hieren en una mano para librarse de la guerra y regresar a sus hogares— son condenados por los altos estamentos del ejército francés a la pena de muerte, consistente esta en el abandono de estos hombres, maniatados y desarmados, en la zona entre trincheras denominada "la tierra de nadie", a la espera de que el frío o el enemigo acaben con sus vidas. Toda la búsqueda de Mathilde se centrará en averiguar qué sucedió exactamente con estos cinco hombres, y cada nueva pista la llevará a dar con la historia de cada uno de ellos, las personas que los quisieron y que ahora sufren sus ausencias, cinco vidas ligadas por azar entre tantos dramas de los que sufrieron la guerra.

Jean-Pierre Jeunet dio con la actriz ideal para el personaje de Mathilde mientras rodaba Amélie (Le fabouleux destin d'Amélie Poulain, 2001). Habiendo pensado en un inicio en Juliette Binoche para el papel, Audrey Tautou fue inmediatamente la actriz escogida por el realizador francés para interpretar a Mathilde. Pero el hecho de que el personaje de Amélie Poulain tuviera tanto éxito y reconocimiento popular, unido a que el particular estilo visual de Jeunet es inconfundible en ambas obras (¿desde cuándo imprimir un estilo propio es considerado como algo negativo?) ha jugado en contra de la aceptación del público hacia este nuevo personaje. El filme de Jeunet ha sido —injustamente a mi entender— tildado de reiterativo respecto a su obra precedente, una reiteración que probablemente no hubiera sido remarcada como negativa si la actriz escogida hubiera sido otra. Está claro que el estilo del realizador se destila de cada uno de los planos del filme, pero de ahí a afirmar que ambas películas son casi lo mismo, media efectivamente un abismo. Quizás quienes identifican a Amélie con Mathilde no hayan hecho el esfuerzo de diferenciar ambos personajes, ya sea porque el primero de ellos tiene efectivamente una fuerte identificación con la actriz que lo interpreta, o quizás también porque se ha partido del prejuicio de que la misma actriz con el mismo realizador sólo puede crear un personaje ya existente (habría que ver qué se opina al respecto sobre los "matrimonios" artísticos entre muchos realizadores y sus actores fetiche...). Lo cierto es que Mathilde es un personaje muy del estilo de Jeunet, pero esto no la convierte en la doble de su hermanastra parisina. Jeunet no ha inventado el personaje, sino que éste estaba ya desarrollado como tal en la novela de Japrisot. Mathilde es una joven introvertida y de carácter bastante malhumorado que ha vivido ya suficientes desgracias como para aceptar fácilmente otra más. Jeunet no modificó el personaje, sino sólo algunas de las situaciones vividas por la joven que servían mejor al desarrollo dramático de la narración. Así, la Mathilde literaria no sufre una cojera producto de la polio, como le sucede a su homónima cinematográfica, sino que su estado le impide incorporarse de la silla de ruedas en la que vive postrada, siendo por tanto su invalidez mucho más grave de lo que en la película se muestra. Por contra, y para compensar este "ablandamiento" del personaje otorgado por la adaptación cinematográfica, Jeunet y Laurant decidieron otorgar a su Mathilde una infancia marcada por la muerte de sus padres, una muerte que no existía en la novela y que dota al personaje fílmico de una carga dramática muy coherente con la tozuda obstinación que empuja a la joven a no aceptar fácilmente la muerte de su prometido. Mathilde sufre interiormente el dolor de ver perder una a una las esperanzas de encontrar a Manech con vida, unas esperanzas impuestas por sí misma para no afrontar de nuevo la pérdida de lo que más ama. Mathilde se esfuerza por no abandonarse al llanto, puesto que éste sólo sería una concesión a una autocompasión de la que siempre ha huido. Jeunet conoce a la perfección este rasgo de su personaje, y por ello los momentos de mayor dramatismo son rodados de acuerdo a este hecho, como el momento en el que Syilvain (Dominique Pinon), de regreso en coche junto a Mathilde, insta a esta a desatar su llanto sin conseguirlo, o la utilización del contraluz en los momentos de máxima algidez dramática, como el fantástico plano en el que Mathilde recibe al teléfono la noticia del hallazgo de las cinco tumbas, momento en el que su expresión es ocultada por la ausencia de luz en el primer término, o el clímax final en el que Mathilde recorre lentamente el pasillo de la casa de Jean DeRochelles, punto culminante en la curva dramática del personaje y que es mostrado a distancia y siguiendo a la joven en contraluz, para impedir llegar, como sucede a lo largo de todo el filme, al hermético corazón de Mathilde.

Un largo domingo de noviazgo es una historia de emoción contenida, pero no sólo por parte de Mathilde, sino también del resto de personajes que, como ella, sufren la pérdida de sus seres queridos. Así, esta voluntaria ausencia de emotividad —no es un fallo del guión, como algunos han pretendido, sino una parte importante del desarrollo dramático y del mensaje de la película— se traslada de hecho a otros personajes, de entre los que el mayor peso dramático se destina a Tina Lombardi (magnífica Marion Cotillard) una prostituta que decide vengarse por la muerte de su amado Ange Bassignano (Dominique Bettenfeld), a Élodie Gordes (Jodie Foster en la mejor interpretación del filme), la mujer del caporal del ejército Benjamin Gordes (Jean-Pierre Darroussin), amigo éste de uno de los condenados, Bastoche (Jérôme Kircher), y a los condenados mismos, siendo los otros dos el llamado Six-Soux (Denis Lavant) y Benoît Notre-Dame (Clovis Cornillac).

Jean-Pierre Jeunet ha conseguido imprimir a su última obra su inconfundible estilo personal, sin renunciar por ello al espíritu de la novela. La introducción o exageración de elementos humorísticos consigue en todo caso reforzar la historia, y casi en ningún momento enturbia el verdadero sentido trágico que posee el relato, todo lo más, consigue complementarlo en la mayoría de ocasiones de manera loable. Este humor, aunque más sutil, ya estaba presente en la obra de Japrisot, y sería un error atribuirlo en su totalidad al trabajo de Jeunet. Sin embargo, el francés consigue desarrollar estos elementos de distensión muy acertadamente en la mayoría de casos, como en el de de los personajes del cartero (Jean-Paul Rouge), inventado por Jeunet y uno de los logros del filme, el detective Germain Pire (Ticky Holgado), o los tíos de Mathilde, Silvain y Bénédicte (Chantal Neuwirth). No obstante, hay que reconocer que en algún caso este humor es injustificado y gratuito, y el tratamiento que recibe algún personaje no es nada acertado —me refiero al comandante Lavrouye, interpretado por un histriónico Jean-Claude Dreyfus—. Humor a parte, Jeunet incorpora al relato otras situaciones que consiguen aumentar y mejorar el dramatismo, como las localizaciones en las que los dos jóvenes viven su historia de amor: el campanario de la iglesia del pueblo en la que Manech grabará "MMM" (Mathilde "aime" Manech o a la inversa) o el bellísimo faro del pueblo en el que viven, un paraje precioso en la costa de la Bretaña francesa, escenario de una de las secuencias más espectaculares de todo el filme, la vista aérea sobre el faro, un plano que bien podría ser el punto de vista subjetivo de un albatros que sobrevuela el sito y que tiene un protagonismo dramático muy importante dentro del relato (Manech es alcanzado durante la guerra por los disparos efectuados desde un "Albatros", un tipo de avión de las tropas alemanas). Jeunet es un cineasta, como él mismo (2) reconoce, muy dado a poetizar mediante el tratamiento de las imágenes el sentido del relato. Su puesta en escena es meticulosamente cuidada hasta el mínimo detalle, como lo demuestra el excelente trabajo de diseño de producción llevado a cabo por su colaboradora Aline Bonetto quien recrea un París de la época bellísimo pese al contexto en el que se desarrolla la historia y que bien le ha merecido la nominación al Oscar en esta categoría. Jeunet da mucha importancia en su obra a los objetos, y esto era de hecho uno de los elementos cruciales de la puesta en escena tanto de Amélie, como de Delicatessen (1991). En este caso, además, los objetos forman parte importante del relato. Así, la historia de Mathilde se va construyendo poco a poco en los recuerdos que ella guarda en su caja de nácar: las cartas, las fotografías, el cartel del nombre de la trinchera, "Bingo Crépuscule"... además de otros objetos que tendrán una importancia capital en el desarrollo del argumento, como las botas que Bastoche roba al alemán, el guante rojo con el que Manech se protege la mano, el hilo telefónico que podría traer la salvación de los condenados, etc. Jeunet añade además otros elementos que cargan de un simbolismo evidente el relato, como el cuerpo sin vida de un caballo colgando de un árbol, o el Cristo mutilado que pende de una cruz en el plano que abre el filme, elementos casi surrealistas extraídos por el director de algunas de las fotografías que se conservan de la contienda.

Uno de los grandes logros del filme de Jeunet es el de hacer llegar al espectador el horror de la guerra sin necesidad de mostrar continuamente cuerpos mutilados o imágenes macabras. Las escenas que se desarrollan en las trincheras, aunque en algún caso muestran inevitablemente la crudeza de las muertes, se asientan en una excelente coreografía de batalla —deudora, como Jeunet mismo reconoce, del excelente trabajo llevado a cabo en Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg, 1998— cuyo horror se basa en el silbido de las balas y en el pánico de los soldados por su indefensión ante las bombas que caen de todas partes, una realización que halla su piedra angular perfecta en el acercamiento del espectador al punto de vista de los soldados, y en la enfatización de la tierra, el polvo cegador y la metralla que sale despedida con cada nueva explosión. El tratamiento estético de estas escenas, fruto del excelente trabajo en la fotografía de Bruno Delbonnel (segunda nominación al Oscar para la película) adquiere unos tonos grises y metálicos sólo rotos con el marrón de la tierra que todo lo invade, y contrasta con los tonos sepia y ocres elegidos para las otras escenas que configuran la investigación de Mathilde. Este tratamiento cromático, aunque sea efectivamente irreal en sus resultados, consigue recrear, como ya ocurría en las obras precedentes de Jeunet, la atmósfera de irrealidad y sueño tan perseguida por el realizador en sus filmes, y pese a que muchos hubieran preferido una estética visual más realista, no se puede negar que el trabajo de Delbonnel es sobresaliente a este respecto.

Para concluir, mención aparte merece la música de Angelo Badalamenti, compositor fetiche en las obras de David Lynch y que aquí, pese a alejarse de su estilo habitual, no renuncia a cargar sus composiciones de un tono nostálgico que en algunos momentos conserva algo del misterio de sus habituales partituras. Como toda la obra, la música ha sido tildada por algunos de poco emotiva, y quizás lo sea para aquellos que hubieran preferido una epopeya dramática de pañuelo en mano y derroche de lágrimas, pero afortunadamente, Largo domingo de noviazgo no es una historia de emociones desaforadas, sino como ya he comentado anteriormente, de emociones contenidas hasta el final, una historia que encuentra su sentido en la frase que Benoît Notre-Dame dice en un momento de la novela, y que pese a no aparecer en el filme, está implícita en el mensaje del relato, y es que "la vida es lo suficientemente fuerte para llevarnos a sus espaldas", un mensaje claro de que el tiempo lo cura todo y que la condición humana es capaz de resistir a la peor de las desgracias, aunque la esperanza sea algo que se deba conservar. Suerte tenemos de que esta historia haya caído en manos de Jeunet, por muchos detractores que su estilo origine, ya que otra cosa muy diferente hubiera ocurrido de haber realizado el filme alguien como Anthony Minghella, hecho que Sébastien Japrisot debe desde luego estar agradeciendo...

(1) La veuve blanche es el nombre dado a las mujeres no casadas que perdieron a sus novios durante la guerra y que tratron de casarse con ellos a título póstumo. Sébastien Japrisot, autor del libro Un long Dimanche de fiançailles, Ed. Folioplus Classiques, Gallimard, Paris, 2004), titula uno de los capítulos de su novela con este nombre, referido al personaje de Mathilde.

(2) Entrevista realizada por Marc Servitje para el núm. 341 de la revista DIRIGIDO por..., Enero de 2005, pp.29-31

Por Susanna Farré
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Francia / EE.UU., 2004. T.O.: "Un long dimanche de fiançailles” Director: Jean-Pierre Jeunet. Productores: Francis Boespflug, Bill Gesben, Jean-Louis Monthiene. Guión: Jean-Pierre Jeunet y Guillaume Laurant, según la novela homónima de Sébastien Japrisot. Fotografía: Bruno Delbonnel, en color. Diseño de producción: A. Bonetto. Música: A. Badalamenti. Montaje: Hervé Schneid. Duración: 134 min. Intérpretes: Audrey Tautou (Mathilde), Gaspard Ulliel (Manech), Jean-Pierre Becker (Teniente Esperanza), D. Bettenfeld (Ange Bassignano), Clovis Cornillac (Benoît Notre-Dame), M. Cotillard (Tina Lombardi), J-P. Darroussin (Benjamin Gordes), Julie Dépardieu (Véronique), Jean-Claude Dreyfus (Com. Lavrouye), André Dussollier (Rouvières), Ticky Holgado (Germain Pire), Tchéky Karyo (Capitán Favourier), Jérôme Kircher (Bastoche), Denis Lavant (Six-Soux), Chantal Neuwirth (Bénedicte), D. Pinon (Sylvain)