Atardecer de la autoría sobre cielo estrellado

Detectar tendencias, auspiciar vuelcos, prever cambios. Difícil tarea en cualquier disciplina, máxime cuando uno carece de una visión de conjunto, extensa y extensiva, de la producción mundial, almacenada en compartimentos estancos por razones tan "artísticas" como las leyes del mercado y demás barreras arancelarias. Aun así, déjenme anotar en este caótico diario —observarán con horror que cada vez me dedico a hablar más de mí mismo que no del cine— unas cuantas corazonadas, un pálpito que viene dándome en los últimos tiempos (y puede que confunda la taquicardia con la intuición).

Estas semanas han ido aterrizando en nuestras carteleras los últimos films de Stone, Scorsese, Loach y Kusturica. Directores que trabajan a uno y otro lado del charco (aunque los dos últimos tengan en su haber la inevitable película americana, Pan y rosas y Arizona Dream, respectivamente) y que gozan de un indudable prestigio crítico. Yo prefiero decirlo de otro modo: directores reconocidos, en definitiva, por no hacer malas películas.

No lanzaré al viento frases reduccionistas del tipo "la consagración empuja irremisiblemente a la mediocridad". Como poderoso contraejemplo, ahí tenemos los dos últimos films de Clint Eastwood (incluyo la inminente Million Dollar Baby) rodados con muchos años de por medio desde su aclamada Sin perdón. Simplemente, ocurre que unos "lo tienen" y otros no. O que algunos lo han ido perdiendo por el camino.

Defendemos denodadamente la autoría a esos directores que frecuentan obsesiones políticas (Stone), la frontera entre equilibrio y descontrol (Scorsese), el día a día de los domados parias de la aldea global (Loach), el surrealismo tonificador (Kusturica), etc, etc. Y uno termina preguntándose si en nuestro afán no habremos llegado tan lejos como los que sólo van a ver películas de aliens e invasiones interestelares, románticas historias de final forzosamente feliz o... simple y llanamente, la última de Jennifer Lopez.

La reiteración, la vuelta por enésima vez a unos mundos transitados con machacona insistencia, conduce inexorablemente al cansancio. Como orgullosa definición de autor se acostumbra a decir que "hacen siempre la misma película". Esto lo entendía yo como un acertado eufemismo, pero es que... comienzan a existir directores —entre ellos, alguno de los anteriormente citados— que, efectivamente, cuentan una y otra vez la misma historia, dejando escasísimo espacio en sus partituras para las variaciones.

Particularicemos. Emir Kusturica es responsable de una breve pero intensa filmografía, caracterizada por su vitalidad descocada: personajes excesivos, secundarios libérrimos y la imprescindible banda poniéndole más y más ritmo al conjunto. La cosa, indudablemente, funciona. Con Gato negro, gato blanco, creíamos que había llegado al extremo, hasta los límites de su exploradísimo territorio.

Pero no era así. Faltaba la fusión, eso que se estila tanto en la música de hoy en día y que en otros tiempos llevaba el sobrenombre —bastante más descriptivo— de refrito. La fusión la lleva a cabo con otra pieza propia, Underground (algunos creen que copiarse a uno mismo hasta el infinito es una muestra inequívoca de originalidad).

Volvemos pues a Bosnia, 1992. La guerra está a punto de estallar, pero a nadie parece importarle: los neurasténicos habitantes de las montañas se dedican a chifladuras varias, bajo el sol o encima de la nieve. Moverse por las vías del tren al más puro estilo Looney Tunes, alternar la ópera con el pabellón de reposo, salvar a mulas suicidas, darle patadas al balón, proseguir la construcción de maquetas interminables... esa Jauja de siete pistas donde Kusturica presenta a sus arlequines y saltimbanquis de Herzegovina, dispuestos siempre a interrumpirlo todo por una buena pelea, un trago o un bailoteo desmadrado.

Vuelve a haber exaltación de una Yugoslavia que ya no es, memoria de un Tito que se las compuso para reconciliar lo irreconciliable. Y esa ambigua interpretación de la agresión serbia, complementada por la descripción de unos dirigentes bosnios corruptos hasta lo inverosímil (¿se pueden atesorar más vicios?, ¿por qué parecen los "malos" de una insustancial entrega de La jungla de cristal o Alerta máxima?) y unos cuantos cascos azules —o sea, una Europa— inútiles e incompetentes.

Dice Kusturica que «quería contar la guerra desde otro punto de vista, sin hablar de ideologías, sino a través de un argumento con una fuerza shakesperiana, sin señalar culpables». Dejando de banda su desaforado optimismo como creador (igualarse a Shakespeare, Emir, es algo que ni tú ni nadie conseguirá en los próximos, pongamos, siete siglos), sorprende su defensivo y reiterativo enfoque 'light' sobre las guerras de los Balcanes, parapetándose en el inexplicable "no hubo culpables". Quizás no estemos hablando de la misma guerra...

Dice también que espera que la presente sea una «vacuna contra la guerra». Loable propósito. Aunque si ya es difícil encontrar una vacuna contra la gripe... en cualquier caso, al espectador interesado en protegerse contra tales contingencias, le recomendaría Senderos de gloria, La cruz de hierro o la más reciente En tierra de nadie. Aseguro mejoras inmediatas y ausencia de efectos secundarios.

Así pues, sin una clara evolución en sus preceptos (algo que sí han hecho autores tan discutidos como Bertolucci, Von Trier, Spielberg o Van Sant), desentendiéndose de las dificultades que quizás le acarrearía ensayar otras facetas de su indudable talento, Kusturica va a lo seguro. Tras un desordenado comienzo, el relato se centra entorno a la sobada historia de amor entre dos integrantes de distintos credos, con algunos apuntes francamente divertidos (la escena del retorno a casa de la legítima mujer, por ejemplo).

Repitiendo algunas soluciones ya vistas anteriormente (la del amante que se va desprendiendo progresivamente de todas sus prendas de vestir como prólogo al anhelado encuentro, el intercalado de riñas y persecuciones animales como trasunto de las humanas), Kusturica hace un cine con poca memoria histórica, preocupante para quien haya visto sus películas anteriores y descubra que le están invitando de nuevo a reírse de los mismos chistes.

Desproporcionada en su metraje (rasgo que también comparte con las eternas Alejandro Magno y El aviador), los redundantes fotogramas de La vida es un milagro nos hablan, también, de la progresiva simplificación a la que llevan sometiendo a su cine ciertos directores. La "complejidad" de El aviador resulta sonrojante comparada con la de Taxi Driver o Toro salvaje, el poderoso montaje de JFK o Platoon convierte a Alejandro Magno en apenas un esforzado ejercicio de edición, Tierra y libertad o Ladybird, Ladybird nos hacen palidecer ante el azucarado Loach de Sólo un beso...

Cine sin riesgos, respaldado, asentado, que rehúye la génesis de nuevas formas. Legítimo y a veces estimable, pero cansado y tambaleante, con el artrítico rechinar de las articulaciones demasiado desgastadas, de los músculos que ya no dan más de sí.

El cine de hoy se parece cada vez más al panorama político en las democracias: pendientes todos de un cambio que jamás llega, agotados de ver tantas legislaturas parecidas entre sí, tantos gabinetes fotocopiados, mismas componendas repartidas entre distintos apellidos. La única diferencia es que nadie confunde ya el gobernar con ningún arte (¡pobres griegos!). En cambio, el cine... ¿qué era el cine, amigo Bazin?

Por J-M. de Pedro
cartel del film
Serbia y Montenegro / Francia. 2004. T.O.: "Zivot je Cudo". Dirección: Emir Kusturica. Productor: Maja Kusturica, Emir Kusturica y Alain Sarde. Guión: Ranko Bozic y Emir Kusturica. Fotografía: Michel Amathieu. Diseño de producción: Milenko Jeremic. Montaje: Svetolic Zajc. Música: Dejan Sparavalo y Emir Kusturica. Duración: 155 minutos. Intérpretes: Slavko Stimac (Luka), Natasa Solak (Sabaha), Vesna Trivalic (Jadranka), Vuk Kostic (Milos), Alexandar Bercek (Postar Velja), Stribor Kusturica (Kapetan Aleksic), Nikola Kojo (Filipovic), Mirjana Karanovic (Nada).