There was a crooked man

Al comienzo de su última película, dice Tarantino que dice un viejo proverbio klingon que la venganza es un plato que se sirve frío. Algo que viene muy al caso al hablar de la penúltima obra de Park Chan-wook (creo que la primera que se estrena por aquí), que tanto para quien no sepa quien es como para aquel que piense que no hay buen cine en oriente más allá de Jet Li, le recomiendo que se lea el artículo de actualidad de Alejandro G. Calvo en el que da un repaso a la mayor parte de la cinematografía oriental del momento, y como él ha visto más que yo y demuestra con creces su sapiencia en la materia, no voy a redundar en el tema. Volviendo a lo que decía, viene al caso porque en quince años bien puede enfriarse una venganza. Los quince años que Oh Dae-su, el protagonista de la historia, se pasa encerrado en una habitación pensando continuamente en quién le ha metido allí y por qué.

Gracias a las ventajas del cine, esa eternidad que Oh Dae-su sufre encerrado en la que su única comunicación con el mundo exterior es la televisión que tiene en su cuarto-celda y la mano que le pasa la comida por una rendija, transcurre para nosotros en apenas quince minutos, momento a partir del cual nos enfrentaremos a la venganza desde dos puntos de vista completamente distintos. Porque hay muchas formas de venganza, tantas como individuos, y ejemplos nos sobran en la vida diaria: mi jefe es un cabrón porque me ha despedido (sin ningún motivo), mi profesor es un gordo cabrón porque me ha suspendido (injustamente), mi novia es una puta porque se ha ido con otro (peor que yo), etc. Pero al margen de motivaciones personales, las venganzas pueden diferenciarse en dos grupos fundamentales: en el primer grupo están aquellas en las que el que la sufre sabe exactamente qué es lo que ha hecho en el pasado, ya sea reciente o lejano, y por qué le están haciendo pagar. Por supuesto no estoy diciendo que la venganza sea una solución a ningún conflicto, pero el hombre es un lobo para el hombre, y hay algunos más rencorosos que otros. Además, hay que ver lo bien que sienta a veces. Pertenece al segundo grupo la que Oh Dae-su sufre en sus carnes. Alguien le ha destrozado su vida (esos quince años son sólo el principio, por cierto), y sencillamente, no tiene la menor idea de quién puede ser ni cuáles son sus motivaciones, pero se está ensañando y la jugada le sale redonda. Además, en este caso, el vengador tiene un doble premio, pues aparte de ver satisfecha su necesidad, puede regodearse en la desgracia del sufridor cuando éste se entera finalmente de qué es lo que hizo mal, algo que, seguramente ni tuvo importancia para él en aquel momento, pero... ¡Ah, el rencor! ¡El rencor!...

Y a su vez, el propio Oh Dae-su se ve forzado a vengarse. Los quince años robados son razón más que suficiente, pero hay que añadir el asesinato de su esposa durante ese período, del que es acusado. La venganza se convierte en el motor de los actos del protagonista, un soberbio Choi Min-sik que aporta al personaje el punto justo de locura y odio concentrado, y en el de la película, siendo ya un tema común en la corta filmografía de Chan-wook, ya tratado por ejemplo en el mediometraje Cut (incluido en Three...extremes) o en la radical Sympathy for Mr. Vengeance, otra monstruosa forma de acercarse a ese sentimiento en uno de los dramas más trágicos que servidor ha visto en mucho tiempo.

Esta última, sin embargo, difiere con la película que nos ocupa en este aspecto, el dramático, ya que a pesar de que Old Boy es también una tragedia de inmensas proporciones, sus guionistas tienen una curiosa forma de dosificarla con un humor negro cruel hasta el sadismo, que puede conseguir que nos riamos de las enormes desgracias del protagonista, y hasta de hacer que no nos sintamos malas personas por ello. En Symphathy for Mr. Vengeance, por contra, las salpicaduras de humor no logran hacer mella en la crudeza de la historia, sacando como mucho medias sonrisas, pero no las carcajadas que ocasiona esta Old boy.

Visualmente no puede ser más atractiva, pues a la excelente fotografía con vivos colores de Jung Jung-hoon hay que añadir un acertado montaje y una estética más propia del cine americano moderno que del oriental (de nuevo me remito al artículo de Alejandro G. Calvo) que entronca con el más puro cómic, gracias a continuos detalles como las transiciones entre escenas con el reloj descontando los días que le quedan a Oh Dae-su para descubrir a su rival, algo parecido al hacha que contaba el tiempo (y los dedos de la pianista) en Cut, un aura de surrealismo que a veces rodea la historia (véase el suicida con el perrito o al protagonista saliendo de su cautiverio encerrado en un baúl, por ejemplo), o una tarantiniana inclusión del ordenador que recuerda a Uma Thurman hablando de mentes cuadriculadas. Incluso el largo plano secuencia de la lucha en el pasillo en el que Oh Dae-su sale victorioso frente a multitud de rivales se asemeja a una larga viñeta que ocupa todo el ancho de la página.

Pero es que el filme respira el espíritu de un cómic por todos sus poros, no es simplemente la estética, sino también la propia historia, que podría surgir perfectamente de una moderna fusión entre El conde de Montecristo (al que se cita en la película nada gratuitamente) y un cómic americano. El protagonista es el prototipo del antihéroe torturado, con un antagonista enigmático y poderoso (en cuyo anonimato reside su poder), una misión de venganza y una historia de amor. Una trama nada complicada se convierte en el elemento idóneo sobre el que desarrollar los sorprendentes giros argumentales y golpes de efecto que hacen reaccionar al espectador como si fuesen patadas en la boca del estómago o incluso más abajo, soluciones nada gratuitas, que no están colocadas simplemente para buscar la sorpresa sino que son capaces de justificar todas y cada una de las brutalidades del guión.

La música de la película merece mención aparte. Kubrick ya nos enseñó hace tiempo que Beethoven funciona de maravilla al compás de la ultraviolencia, y el director de Joint Security Area hace de eso una premisa básica y con "Las cuatro estaciones" de Vivaldi consigue deleitar nuestros oídos mientras la grima nos arropa con mimo, sensaciones contradictorias que sin embargo son plenamente disfrutables, a pesar de que se tengan las manos tapando parcialmente el ángulo visual. La partitura que Cho Young-wook compone para el filme en consonancia con estas ideas, funciona tanto para las escenas dramáticas como para las más violentas aprovechando al máximo la orquestación sin cometer excesos.

Tras terminar la película, aún no sé, finalmente, quién es el más retorcido. Si el villano antagonista de Oh Dae-su, un gran malvado más para la galería, capaz de que el odio y el rencor se conviertan en lo único que da sentido a su existencia, o el equipo de guionistas, entre los que se incluye el director, capaces entre otras cosas de hacer comer un pulpo crudo al protagonista y a sus espectadores a presenciar semejante festival de cine, pero pasándolos por un filtro con momentos en los que es muy difícil seguir mirando a la pantalla, pues las amputaciones bucodentales a golpe de martillo pueden no ser del gusto de todo el mundo. Tal vez yo mismo sea el más retorcido de todos ellos, por disfrutar como lo hago con burradas como ésta, un disfrute equiparable al de películas como La naranja mecánica, Zatoichi, El fantasma del paraíso o Kill Bill, obras con las que Old Boy conecta en determinados puntos importantes, ya sea la venganza como núcleo central (en las dos últimas) o la armonía poética entre la imagen, la música y la violencia. Y algo aún más importante, la continua sensación de aventura.

Y sin embargo, pensándolo detenidamente, puede que el más retorcido no sea otro que el propio Oh Dae-su. Su decisión final, tan amoralmente romántica, egoísta y carente de escrúpulos, también valiente, y quizá la animalada más grande de toda la película, supera con creces todo lo anterior, que no es decir poco.

Y voy a terminar igual que empiezo, recordando a Tarantino, que también es retorcido a su manera. ¿No es curioso el parecido entre la muerte de Bill y la muerte de "el monstruo" en Old Boy?

Por Sergio Vargas
cartel
Corea del Sur, 2003. T.O.:Oldboy. Director: Park Chan-wook. Producción: Kim Dong-joo. Guión: Hwang Jo-yung, Lim Joon-hyung y Park Chan-wook, basado en una historia original de Tsuchiya Garon y Minegishi Nobuaki. Fotografía: Jung Jung-hoon. Diseño de producción: Yoo Seong-hee. Música: Cho Young-wuk. Montaje: Kim Sang-bum. Duración: 120 min. Intérpretes: Choi Min-sik (Oh Dae-su), Woo Ji-tae (Lee Woo-jin), Gang Hye-jung (Mido), Chi Dae-han (No Joo-hwan), Oh Dal-su (Park Cheol-woong), Kim Byoung-ok (Sr. Han), Lee Seung-shin (Yoo Hyung-ja), Yoon Jin-seo (Lee Soo-ah), Lee Dae-yun (Mendigo), Oh Gwang-rok (Suicida).