Revolcones contra la intolerancia

Aquí está de nuevo, fidelísimo a su cadencia cuasianual desde comienzos de los noventa. El abuelo cebolleta (68 eisenstenianos octubres) del cine de guerrilla: Ken Loach, el director más odiado por los asistentes sociales del continente. Poseedor de un discurso tan anacrónico como el de la mayor parte de los cantautores patrios, el bueno de Ken se quedó congelado en el tiempo, atorado sin remisión, en eterna pose amenazadora (hoz en alto); ahora contra el laborismo inglés y antes versus la contrachapada dama de hierro (sí, aquel azote de rojos a la que en los últimos tiempos —¡ay, qué reveladora es la edad!— se la ha visto intercediendo por hombres tan íntegros e inmaculados como don Augusto Pinochet. ¡Y es que la cabra tira al monte!)

A Loach aprendimos a amarlo por sus películas más combativas —¿y más sinceras?—, en las que obreros bien jodidos disfrutaban del "new deal" versión chunga (Riff-Raff, Lloviendo piedras). O como pepito grillo de gobiernos "pragmáticos", dispuestos a llevar la guerra sucia hasta el mismísimo peñón (Agenda oculta).

Respaldado por su guionista habitual (Paul Laverty), lleva décadas tratando de contagiarnos su manía persecutoria, en pos de una audiencia "comprometida" y "sensible a la conjura neoliberal". En fin, haciendo películas para burgueses con mala conciencia, de esos que están más pendientes de las particularidades del acento de Glasgow que no les enseñaron en la Academia de Idiomas que del drama humano de sus criaturas.

Ah, pero no le neguemos su constancia: el hombre se dedica con vehemencia a sus humanitarios propósitos y se considera un certero francotirador. Y no es que uno crea que el cine social se halle precisamente sobrado de buenos títulos... pero quizás el 'toque Loach' sí se ha quedado algo desfasado. La "honorabilidad" de sus fines, a fin de cuentas, no le asegura la excelencia artística.

Y es que Loach no está libre de contradicciones. De algún modo, estas quedan perfectamente ilustradas en su contestación a la reciente experiencia de ser recibido por la Familia Imperial Japonesa: «sin querer ofender a nadie, la encontré un poco surrealista. Acepté viajar a Tokio para recibir el Praemium Imperiale creado por la familia reinante y cuya suma es de 85.000 libras esterlinas. La recepción con los monarcas fue encantadora, pero quizá mi experiencia mejor fue una reunión con ex trabajadores del ferrocarril, que recibieron parte del premio para cubrir sus necesidades al haber sido despedidos por la crisis del sector» (1). ¡Qué difícil debe de ser viajar tanto de gorra y seguir pasando por un bolchevique!

Parece que a Loach lo van domando a fuerza de reconocimientos y esta vez —¿sin que sirva de precedente?— relaja su discurso "lucha de clases". ¿O quizás no? ¿O quizás piensa a lo grande y se atreve con la lucha de civilizaciones? Vayan ustedes a saber. El caso es que Sólo un beso nos llega nuevamente avalada por el consabido premio obtenido en el Festival de Valladolid (¿tiene antepasados pucelanos o es que acostumbra a dejar buenas propinas en los bares?).

Nos cuenta, simplemente, una historia de amor (en mayor o menor medida, siempre las ha habido en su cine: Tierra y Libertad, La canción de Carla, Mi nombre es Joe...). Pero no una convencional, no: se trata de la relación repleta de dificultades entre un paquistaní y una irlandesa.

¿No lo adivinan? Ellos son jóvenes y se quieren con despreocupada locura, pero la intransigencia que campa a sus anchas por las calles escocesas conspirará para ponerles trabas por doquier. Vamos, que un cocktail entre Adivina quién viene a cenar esta noche, Oriente es oriente y Todos nos llamamos Alí. Enternecedor.

¿Sueno demasiado irónico? ¿Soy un descreído o rayo definitivamente en el cinismo? No lo sé. Sólo un beso es una historia de amor con sus altibajos de rigor, sus "ahora te quiero", "ahora te odio". Los "cariño" se alternan con los "cabrón", en la más clásica de las tradiciones del "melo". Y todo suena igual de inverosímil aunque —eso sí— mucho más bienintencionado.

Qasim está "condenado" a casarse con su prima, conforme a la tradición y esas cosas tan extrañas que se estilan en aquellas latitudes. El problema es que se cruza en su camino una rubia que toca el piano y el pobre 'paqui' queda prendado de Occidente (ejem). ¿Cómo encajarán sus padres tamaña deshonra?

Roisin tampoco lo va a tener fácil. La chica da clases de música en un colegio católico y el rector de la parroquia de la cual depende resulta ser un cruce entre Pumares, la niña de El exorcista y Mussolini, por lo que no encontrará mucha comprensión que digamos en su periplo amoroso.

Resaltar que esta debe de ser la pareja económicamente más estable que ha retratado Loach en años (pertenecientes a una desahogada clase media-alta, en comparación a las penurias que atraviesan sus protagonistas habituales).

Lo demás, es lo de siempre: hermanas conspirando para que el hijo pródigo vuelva al redil paterno, amigos dando consejos algo simplones, algún compañero de trabajo comprensivo y un pulso entre tolerancia y... religión (su carácter de antónimos se fortalece con cada siglo que pasa).

En los textos que acostumbran a respaldar el estreno de las cintas en las salas de versión original a veces se pueden encontrar interpretaciones alucinantes, afirmaciones lanzadas más allá de toda lógica que le hacen preguntarse a uno, al salir del cine y leerlas, si no se habrá confundido de película. El de Sólo un beso contenía esta joya: «dos dolorosas experiencias subyacen claramente en el proceso de creación de Sólo un beso: la partición de la India el 15 de agosto de 1947 y el atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001». Por supuesto. Y la toma de Granada de 1492, la expulsión de los moriscos y la eliminación del Galatasaray en los cuartos de final de la UEFA.

Película saturada de buenos propósitos, muy recomendable para comenzar el año creyendo en el amor más allá de los pigmentos y los acentos. Inofensiva e ideal para que los profesores se la pasen a los alumnos en la clase de ética, si logran mantenerlos concentrados en algo durante 100 minutos.

¿Se acuerdan de cuando además Ken Loach lograba indignarnos?

(1) Entrevista a Ken Loach de Beatrice Sartori. El cultural, 13-19 de enero de 2005

Por J-M. de Pedro
cartel

Reino Unido / Italia / Alemania / España. 2004. TO: "Ae Fond Kiss". Dirección: Ken Loach. Productor: Ulrich Felsberg. Guión: Paul Laverty. Fotografía: Barry Ackroyd. Dirección artística: Martin Johson. Montaje: Jonathan Morris. Música: George Fenton. Duración: 108 minutos. Intérprete:: Atta Yakub (Casim Khan), Eva Birthistle (Roisin Hanlon), Ahmed Riaz (Tariq Khan), Shamshad Akhtar (Sadia Khan), Shabana Bakhsh (Tahara Khan).