Hacia un nuevo concepto de apartheid cultural
«Es necesario imponer lo que es bueno, y para imponerlo, todo, absolutamente todo es lícito. Incluidos los insultos a aquellos que lo merecen»
Claude Chabrol (1)
No creo en el alarmismo, en la receta del miedo como remedio a un mal pretendidamente letal e inevitable. Además, carece de mérito: los agoreros difícilmente se equivocan, puesto que el mañana, conforme a los principios de la termodinámica, forzosamente será más cochambroso que el ahora (me apetecía soltar una cita científico-filosófica, discúlpenme).
Pero aún así considero que hay ciertas situaciones, ciertos desequilibrios —y estoy utilizando palabras escogidas, términos en pos del consenso que no dejen entrever demasiado a las claras mi cabreo— que deben de ser denunciados. Y no porque me arrobe de una autoridad de la que carezco, transfigurado en hidalgo sin jamelgo ni rocín pero igualmente obcecado en arremeter contra molinos de viento. Ni siquiera por razones de justicia (esa, después de todo, es una palabra demasiado importante como para invocarla en vano). Llamémoslo... una simple cuestión de higiene.
Los que escribimos en Miradas de Cine estamos plenamente convencidos de que el cine es una manifestación cultural. Ya, ya se que ustedes piensan lo mismo, pero no está de más recordarlo de vez en cuando, por si acaso queda algún despistado ahí fuera. No se entienda esta afirmación como un prólogo elitista y afectado, como una línea trazada en el suelo para separar a "ellos" de "nosotros". No gastamos gafas de culo de botella, no fumamos en pipa ni nos enroscamos al cuello bufandas bohemias para ir más estirados. Reconocemos sin rubor que el cine comercial (el "gran" cine, ese que a todos nos ha gustado y a través del cuál llegamos a este otro, por herencia materna, disciplina autodidacta o contagio amical) tiene todo el derecho del mundo a existir. Lo seguimos disfrutando con o sin palomitas y nos tragamos incluso algún que otro engendro, sin culpar por ello a nadie más que a nosotros mismos. Porque cuando uno, en plena posesión de sus facultades mentales, va a ver cosas como Colega, ¿dónde está mi coche? o Dos colgaos muy fumaos no tiene mucho derecho a salir del cine sintiéndose engañado.

En cambio, ocurre que la mayoría de gente "militante" de ese cine masivo (y no me estoy refiriendo sólo al norteamericano: la mayoría de películas europeas que se estrenan tienen idénticas aspiraciones "trascendentes" que el de las denostadas majors) se muestra preocupantemente beligerante para con este "otro cine" del cuál tratamos de hacer proselitismo en esta revista. Un cine que, por sí mismo, jamás será superior a ningún otro. Pero que para su pleno disfrute requiere de un pequeño esfuerzo extra que cada vez menos están dispuestos a hacer. (Y recuerden que la falta de ejercitación de ciertos órganos... conduce de manera inexorable a su atrofia).
En definitiva, que ser un lector de best-sellers no convierte a nadie en un ignorante. Muy al contrario, con tal de cultivar el hábito de la lectura, me atrevería a recomendar hasta libros de Corín Tellado y Noah Gordon, ¡que ya son ganas de practicar el masoquismo!
Pero hay un hecho innegable. Cuanto más rebajemos nuestro nivel de exigencia, cuanto más nos acostumbremos a productos bajos en calorías o de consumo rápido... más nos costará dar el salto hacia ese otro tipo de literatura. Y es así como libros imprescindibles para entendernos a nosotros mismos —pues ese debería de ser el propósito del arte: ayudarnos a completar tan utópica recherche— caen en el olvido por su aparente "dificultad". Cada cuál tiene en la cabeza algunos títulos cuya mera mención basta para ser tildado de "recargado", "barroco" o "esnob". Y eso que a uno jamás se le ocurriría tachar de analfabeto a quien no haya leído a Joyce, Kafka, Proust, Faulkner, Borges, Camus, Conrad, Lowry, Cortazar, Dos Passos, Unamuno, Woolf, Huxley o Miller. Aunque crea, sinceramente, que se pierden algo. ¿Me lo pierdo también yo evitando libros de Gordon, Chriton, Cook o King? Es muy posible que sí. Aunque en la vida —limitada en extensión y alegrías— hay que acabar eligiendo, haciendo una apuesta a la manera de Pascal.

Y este escrito es para defender mi apuesta. Nuestra apuesta.
El conformismo es primo hermano de la complacencia. Y vivimos en una sociedad muy complaciente (lo atestigua el que ni tan siquiera tengamos un porcentaje decente de suicidios, como nuestros distantes vecinos norteños). Otra prueba menos macabra de ello es la política que siguen las principales salas de versión original, supuestas herederas de las de "arte y ensayo". Conocedoras, al cabo de los años, del gusto de su "selecto" público, han acabado rigiéndose por unas reglas bastante estrictas y no muy diferentes de las del resto de multisalas que pasan películas dobladas.
Eso sí, como en este caso el público potencial es cultivado (¿?), progresista (¿?) y políglota (¿?), las condiciones varían, adecuando la oferta a la demanda. Así pues, sabemos que la fauna de Renoirs y Verdis (por mentar las dos cadenas más conocidas) preferirá una combinación bastante parecida a: película de prestigio premiada en el último festival europeo + temática social + toque exótico + director con un cierto e status dentro del circuito.
Y esta dinámica, esta fórmula —a la larga y como toda fórmula, igual de cansina que la de blockbusters y explosiones— crea una sinergia de la complacencia. Incluso se insufla en el propio espectador, artificialmente, una sensación de "prestigio" por el hecho de ver estas películas y no otras. Películas que, como aquí mantengo, han acabado por crear un nada despreciable mercado de consumidores, calmando la conciencia de distribuidores quizás algo más osados, pero mucho más satisfechos por el balance anual de ganancias que por las supuestas cotas de "excelencia" que alcancen sus productos.
Me dirán... ¿pero en qué quedamos? ¿Nos vamos a terminar quejando por todo? Cuando este fenómeno comenzó, nos parecía un pequeño milagro que llegasen a nuestras ciudades películas complicadas de ver, que además podíamos disfrutar en el idioma en que fueron paridas. El problema es que con el tiempo, han acabado formando una escudería, una alineación de galácticos que pocas veces falla; me refiero a los Campanella, Loach, Von Trier, Almodóvar, Chabrol, Oliveira, Leconte o Kusturica. Algunos, grandes directores. Los menos, imprescindibles.
Pero... ¿y si les dijese que las ramas no nos dejan ver el bosque? En palabras de Adrian Martin: «el ideal alguna vez sagrado del "cine de arte" ha degenerado en el acceso sumamente restringido a un cine mundial proporcionado por el circuito COMERCIAL de las "salas de arte" (...) Necesitamos encontrar la manera de rescatar a artistas (...) que fueron arrojados sin piedad por las salas de arte» (2).

Así, saltada la primera barrera de coral (altísima muralla de superproducciones y sagas de reconocida rentabilidad) nos encontramos ahora con una segunda dificultad, un stablisment de directores prestigiados (no siempre prestigiosos) que tiene asegurada la difusión de sus películas. Y nos parece este un logro innegable, del cuál nos congratulamos. ¡Nada más faltaría!
Pero qué pasaría si les contase que todavía existe... otro ‘otro cine’. ¿Mejor, peor? Permítanme parafrasear a un conocido cómico catalán: distinto. Un cine, en cualquier caso, absolutamente invisible por estas latitudes, por lo que no trataré de juzgar la calidad cinematográfica de este celuloide fantasmal —por su intangibilidad—.
Aquellos que frecuentan los festivales de cine —y que eluden, en lo posible, las temibles secciones oficiales, calculadas para teledirigir gustos críticos— nos hablan de películas maravillosas que jamás podremos ver aquí. De directores condenados al culto internauta, pues en España no han visto estrenada ni una sola de sus películas.
Han estado al otro lado del espejo, han podido ver el paraíso o, cuanto menos, vislumbrarlo. Y a la vuelta, todavía embriagados, nos lo han narrado con todo lujo de detalles. Y es como escuchar leyendas fuera del tiempo, historias de carácter mitológico cuya verosimilitud hasta ponemos en duda, acostumbrados a los desvaríos de aquellos marinos que se aventuraron más allá del Finisterre.
Aquello de lo que no se habla, no existe. Así, mientras nos intentan vender un nuevo cine —que no es más que una pequeña e interesada muestra de aquello que quieren que veamos—, me llegan noticias de tataranietos de Livingstone que se aventuran allende los Pirineos (o que se refugian en los escasos reductos donde malvive la independencia en nuestro país, que también los hay) y que han visto cosas que jamás llegarán a nuestras satisfechas y rentables pantallas.
¿Se trata de correr pocos riesgos, de apostar sobre seguro?
Sólo sé que en otros tiempos de silencio, nuestros padres pudieron leer ciertos libros o acceder a ciertas películas precisamente porque se sabía que formaban parte de lo que no debía leerse o verse. Al menos existía una lista como punto de partida. Bastaba con tomarla como referencia y emprender la aventura de hacerse con todo lo prohibido.
Pero en la actualidad, no sabemos siquiera qué es lo que no quieren que veamos. ¿Es o no es esto una nueva forma de apartheid ?
En Afrikaans, variante sudafricana del holandés, este término significaba separación. Separación en el terreno jurídico, estableciéndose una jerarquía por la que se legitimizaba el dominio de una minoría sobre el resto. He dicho una minoría, así que no nos equivoquemos de enemigo: el nuestro no es la gente que elige libremente qué película va a ver, sino aquellos que les restringen las posibilidades de elección...
...sí, los distribuidores, que han hecho de la cobardía un negocio lucrativo, empujando a la clandestinidad a quienes quieran ver una película de Monteiro, Tarr, Zhang-ke, Kechiche, Kawase, Gianikian y tantos, tantos otros que posiblemente no me parezcan siquiera grandes cineastas... aunque mataría por poder discutirlo algún día con más gente que las haya podido ver como Dios manda, en pantalla grande, un sábado por la tarde.
 La cinefilia corre el peligro de convertirse en un monólogo exhibicionista, donde sólo uno de los presentes ha visto la película y el resto escucha, haciendo que sí con la cabeza. La categoría del cinéfilo no puede continuar midiéndose atendiendo a criterios tan estériles como "¿quién ha visto más películas raras e inestrenables?". Para evitar esta estúpida endogamia, para salir de ese guetto en el que parecen querer confinarnos, sólo hay una solución: hablar, escribir de cine. De ese cine invisible. Que funcione el boca a boca, que la conjura se extienda. Que al menos sientan un poco de vergüenza por no estrenar aquellos films de los que hablamos (aunque para sentirla se necesite pundonor, estimación de la propia honra).
En pos de ese derecho inalienable lucharemos desde acá —con nuestras escasas fuerzas, con nuestra más que discreta repercusión—. Sabemos que no estamos solos en la red, que proliferan y proliferarán más sitios como este, fruto de la curiosidad infinita del género humano. Lugares donde se pueda hablar con idéntica pasión de la última de Spielberg que de la penúltima de Sokurov; donde cine y cinematógrafo, en definitiva, dejen de ser términos incompatibles.
«La distribución es un coto privado, una industria en la que es muy difícil entrar. Las distribuidoras no reciben bien a los aficionados (...) Después de todo, ¿quién diablos son ellos? A menos que financien la producción, son una panda de representantes que te reservan salas; eso es lo único que hacen. A la mayoría ni siquiera les interesa el cine. ¿Para qué? En el fondo, odian a los artistas. Lo único que a los distribuidores les interesa es el engaño económico, eso es todo. Es algo que nadie dice nunca, pero es así (...) Todo el que hace una película está a merced de las grandes distribuidoras (...). El único grupo que tiene cierta influencia son los críticos. Es importante que los críticos protesten porque son los únicos que pueden influir en los estudios y en el público» John Cassavetes (3).
(1) "La Nouvelle Vague. Sus protagonistas". La memoria del cine 18. Editorial Paidós, pág. 53.
(2) "Movie Mutations. Cartas de cine". VV.AA.
(3) "Cassavetes por Cassavetes", de Ray Carney. Editorial Anagrama, pág. 415-416.
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