Las alfombras rojas y los osos han vuelto a los armarios y Berlín va recuperando la normalidad después de la 55 Edición de la Berlinale. El festival de cine de Berlín va ganando en prestigio y perdiendo, según la opinión mayoritaria, en calidad. El público ha llenado las salas en cada película y las estrellas invitadas han sonreído incansablemente ante las cámaras. Además la proximidad de los Oscars no ha mermado la cantidad de caras de Hollywood, que siempre dan más espacio en la prensa. Al margen de todos estos nimios detalles que rodean al festival, su auténtico protagonista, el cine, ha estado este año de capa caída. Por supuesto que no ha faltado buen cine, el problema es que ha sobrado el "mediocre".

Ha habido muchas críticas este año por la falta de seriedad del festival: El jurado, la falta de representación latinoamericana, la falta de sinceridad de una dirección que nos vendía una edición con África como uno de los temas centrales y ha ofrecido más comedia de Hollywood que realidad septentrional...

El tema del jurado es discutible. El presidente del mismo, el director alemán Roland Emmerich, es conocido por películas como Independence Day, Godzila o The Day after Tomorrow (la cual ha colado en el festival sin sonrojarse). No es, desde luego, el tipo de cine que busca la Berlinale, pero eso no tiene que significar necesariamente que el señor Emmerich, como profesional, no sepa distinguir una buena película de una mala. Del gremio son también el holandés Wouter Barendrecht, productor y subdirector de Fortíssimo Films, y el guionista ucraniano Andrei Kurkov. El jurado lo completaban tres actrices y un diseñador de moda. De acuerdo que el italiano Nino Cerruti es un amante del cine y nos ha vestido desde a Anita Ekberg hasta a Tom Cruise pero... Y claro que es normal que haya actrices en el jurado de un festival de cine pero tres de siete! Y las tres conocidas por sus trabajos en los Estados Unidos: la lituana Ingeborga Dapkunaite que tras participar en la ganadora del oscar Burnt by the sun (1994), dio el salto a películas como Misión imposible o Siete años en el Tibet; Bai Liang premiada en su país natal, China, como mejor actriz en la película que también participa en el festival Dumplings, también con carrera en superproducciones como Wild,wild west, Ana y el reyo la reciente Sky Captain and the world of tomorrow; cierra el grupo la alemana internacional Franca Potente que desde que hizo Lola rennt (1998) ha preferido probar suerte en los States (con películas como Blow o las andanzas del agente Bourne) a hacerse un hueco en el nuevo e incipiente cine alemán.

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A pesar de la clara americanización del jurado hemos asistido a un festival sin apenas participación de la otra América, la que queda al sur. Sólo tres películas en selección oficial y ninguna a concurso (la América que queda al norte ha colado 17 películas entre producciones propias y co-producciones, sólo en sección oficial). En la Berlinale Spezial donde se exhiben películas invitadas fuera de concurso, Conejo en la luna, de Jorge Ramírez Suárez, que es una co-producción con Gran Bretaña; en la sección Panorama la argentina Un año sin amor, de Anahí Berneri, y la brasileña Redentor. Ninguna de las tres ha resultado especialmente brillante, ha faltado el aire fresco que suele traer el cine latinoamericano.

Para acabar con las críticas, la incomprensible insistencia de la dirección del festival de convencer a todo el mundo de que África iba a ser un tema central. De las 350 películas que se exhibían a lo largo de todo el festival no hay ni una decena de películas africanas o sobre un tema que afecte a alguna de sus regiones. Tres películas dentro de la selección oficial, una de ellas fuera de concurso —la nominada al Oscar Hotel Ruanda, dirigida por Terry George y co-producida por Gran Bretaña, Sudáfrica e Italia—, la excelente Sometimes in April, de Raoul Peck, con una producción a medias ente Norteamericana y Ruanda, y la ganadora U-Carmen eKayelitsha, la única que puede presumir de ser una producción exclusivamente africana, dirigida por Mark Dornford-May.

Los premiados

  Finalmente África sí ha sido protagonista del festival, sino por cantidad de representación sí por calidad y, claro, por llevarse a Sudáfrica el preciado Oso de Oro. U-Carmen eKhayelitsa convenció al jurado con su moderna adaptación de la ópera Carmen. Las opiniones sobre la película son dispares pero hay una unanimidad en el talento de la protagonista, Pauline Melafane, nacida en la ciudad Khayelitsa que sirve de escenario a la película. Se ha premiado la originalidad y un perfecto trabajo de equipo, pero este premio es también una apuesta por el cine africano, una manera de acercarlo al público europeo. Creo que estaba claro, por esa insistencia en Africa de la que hemos hablado, que el Oso de Oro acabaría en este continente y quizá ha sido esta Carmen moderna la afortunada por dos motivos: uno, su producción enteramente sudafricana; dos, el hecho de que sea la única que no trata el tema de Ruanda, para que el público no asocie el cine africano a un cine de conflictos y desgracias.

La segunda ganadora del festival ha sido Sophie Scholl —Los últimos días(crítica más adelante) que se ha llevado el Oso de Plata a la mejor interpretación femenina, Julia Jentsch, y Oso de Plata a la mejor dirección, Marc Rothemund. La historia real de la joven de la resistencia antinazi de la Universidad de Munich ha emocionado a los alemanes y ha dejado algo frío al resto del público (las lágrimas caen por su propio peso pero por la fuerza de la historia más que por la calidad de la película). Está feo insinuar que la presencia de dos alemanes en el jurado puede haber influido de alguna manera (ups! Ya lo he dicho), pero lo que no podemos evitar pensar es que el festival de cine alemán ha querido impulsar una película que sirva de contrapeso a la nominada al Oscar Der Untergang / El hundimiento, la película que trata sobre lo últimos días de vida de Hitler (el paralelismo es asombroso y parece poco casual) ha conseguido irritar a media Alemania que no ve la necesidad de volver sobre el personaje de un dictador responsable de una barbarie que aún pesa sobre las espaldas de los germanos. No pretendo con este comentario quitar mérito a los premiados, sólo expresar lo que muchos piensan, no eran los mejores de su categoría.

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La auténtica segunda ganadora del festival, la película que se ha llevado el Oso de Plata, también llamado Gran Premio del Jurado, ha sido la película china Kong Que, de Gu Changwei, que debuta como director después de su reconocido trabajo de cámara en Farewell my Concubine. Una película sobre la revolución cultural de los años setenta contada a través de la rutina de una familia y el destino de tres hermanos. Un premio para el cine asiático, cada vez más presente en los festivales europeos y mejor aceptado por el público intelectual. La producción asiática sí ha tenido una amplia representación en el festival (incluso excesiva, las modas siempre traen su parte negativa y se ha colado más de un bodrio) y ha tenido su reconocimiento. Así, además de este Gran Premio, el Oso de Plata al trabajo artístico más destacado ha ido a las manos del coreano Tsai Ming Liang por el guión de TIAN BIAN YI DUO YUN / The Wayward Cloud, unca co-producción de Taiwán, China y Francia que ha dado mucho que hablar por sus escenas de sexo explícitas a las que nos tiene poco acostumbrados el cine oriental. Un trabajo innovador de manos de un director poco conocido en nuestras fronteras cuyo nombre debería apuntarse todo el mundo para no perderse ninguno de sus trabajos.

El Oso de Plata a la mejor interpretación masculina ha sido una sorpresa para todo el mundo. El joven Lou Taylor Pucci interpreta en Thumbsucker, de Mike Mills, a un adolescente que no ha conseguido dejar de chuparse el dedo y a través de una terapia de hipnosis cambia este desagradable hábito por otros mucho más aceptados socialmente como el alcohol y las pastillas. Una buena primera película para un Mike Mills que viene del mundo de los videos musicales y los cortometrajes.

El último oso para largometrajes es el Oso de plata a la mejor música que se ha llevado Alexandre Desplat por su trabajo en la película De Battre mon ceur s´est arrete, de Jaques Audiard que ha apostado por un remake de la película de 1977 Fingers, de James Toback.

Los dos osos de oro y el de plata al mejor cortometraje se han repartido entre tres trabajos. El jurado, mucho más profesional y más pequeño (la directora, quionista y montadora norteamericana Susan Korda, la directora y guonista argentina Gabriela Tagliavini y el productor y guionista neocelandés Marten Rabats), decidió otorgar el Oso de oro al corto escocés Milk,de Peter Mackie Burns. Un trabajo original y redondo que muestra el conflicto generacional a través de una escena del día a día compartida por abuela y nieta en un baño. El desarrollo inesperado, el planteamiento original, del trabajo de actores... una gran decisión. El Premio del Jurado —Oso de plata a mejor cortometraje, lo comparten The Intervention, del americano Jay Duplas y Jam Session, de la polaca Isabela Plucinska. Dos trabajos con poco en común, una especie de drama psicológico y un corto de animación, son el ejemplo del buen gusto de un jurado que sabe premiar iniciativas diferentes.

Y por último, el Oso de oro honorífico ha sido para Fernando Fernán Gómez, cuya última película, Para que no me olvides, bajo la dirección de Patricia Ferreira ha sido exhibida en la sección ofical Berlinale Special (cerraba el trío de representación española en sección oficial con la co-producción con Alemania One day in Europe, de Hannes Stöhr y Amor Idiota, de Ventura Pons, con Cayetana Guillén Cuervo y Santi Millán). Un premio dedicado a toda una carrera y un amigo del festival, según el director de la Berlinale Dieter Kosslick, que no pudo recoger el propio Fernán Gómez por motivos de salud. La también actriz en la película, Emma Vilasarau fue la encargada de leer un discurso de agradecimiento precioso que, incomprensiblemente, no agradó a algunos representantes de la prensa española.

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La lista de premio secundarios es interminable y no creo que haya nadie capaz de acabarla, pero un par de ellos merecen mención por haber escogido películas que perfectamente podrían haberse llevado un osito a casa. Es el caso de la Mención Especial del Jurado al fantástico corto Don Khisot Be'Yerushalam / Don Quijote en Jerusalén, de Dani Rosenberg, que juega con la idea del hidalgo que lucha contra los molinos como metáfora de la imposibilidad de luchar contra el muro de Israel.

Volviendo a los largometrajes, los premios secundarios de más renombre también han sido un acierto: el premio conocido como Der Blaue Engel (El ángel azul) que premia a la mejor película europea, ha sido para la controvertida Paradise Now, de Hany Abu-Assad. Una co-producción holandesa-germano-francesa que cuenta la historia de dos amigos palestinos que se preparan para cometer un atentado suicida. El difícil tema que se trata ha llamado la atención de todos los asistentes al festival y si algo ha quedado claro es que la forma de abordar la historia es de una elegancia brutal por su manera de no tomar partido por nadie y presentar las cosas tal y como son a cada lado. La película también ha ganado el premio especial de Amnistía Internacional y el premio de los lectores del periódico alemán Berliner Morgenpost.

Lo mejor del festival

De entre todas las secciones del festival destaca el gusto de Berlín a la hora de planificar su retrospectiva. El protagonista de este año ha sido Stanley Kubrick. Aunque las malas lenguas critican las posibles intenciones ocultas de esta elección por coincidir este homenaje con una espectacular exposición que tiene lugar en estas fechas en la ciudad, siempre es un placer poder revisar las obras de un maestro del cine en la gran pantalla. Las obras de Kubrick han compartido protagonismo en la retrospectiva con otros clásicos de Visconti, Fritz Lang, Orson Welles, Ingmar Bergman o el siempre brillante Woody Allen. El gran placer de la Retrospectiva, la oportunidad de volver a ver la gran película de Bob Fosse, Cabaret, en la ciudad que le sirve de escenario.

También es admirable la intención de la joven sección Talent Campus que se celebra de forma paralela al festival y da la oportunidad a 530 jóvenes talentos procedentes de 90 países de entrar en contacto con los maestros del cine y mostrar sus trabajos a aquellos que saquen un rato para acercarse a su sede en la Casa de las Culturas del Mundo. Charlas magistrales de Ridley Scott (Blade Runner), Christopher Doyle (que firma el magnífica trabajo de cámara de 2046) o el director brasileño Walter Salles (Estación Central y Diarios de Motocicleta) han completado la tabla de actividades de un festival cada vez más difícil de abarcar en su totalidad.

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Pero lo mejor del festival son también las películas que se quedan sin premios, sin menciones y, a menudo, sin posibilidades en el mercado pero que aportan visiones nuevas y trabajos impecables. A continuación una pequeña selección de las películas que han dado calidad a esta controvertida edición.

ONE DAY IN EUROPE (Alemania, 2004) Programa oficial / Competición. Dir. Hannes Stöhr, Guión: Hannes Stöhr, Montaje:Anne Fabini, Foto: Florian Hoffmeister, Música: Florian Appl, Reparto: Miguel del Lira, Luis Tosar, Megan Gay, Florian Lukas, Erdal Yildiz, Rachida Brakni, Peter Scherer, Andrei Sokolov

Es muy difícil que una comedia obtenga reconocimiento en un festival, incluso cuando se trata de una película que gusta a la crítica —con sus excepciones pertinentes— y provoca tantas carcajadas en la sala que es imposible escuchar algunos diálogos. One day in Europe no estaba en la competición oficial para ganar el oso de oro, ni siquiera el de plata, pero al menos podían haberle dado alguna mención. Es igual. El público puede más que cualquier premio y si esta película se distribuye bien va a ser un éxito haya donde vaya.

El director Hannes Stöhr, que ya había traspasado fronteras con su proyecto anterior Berlin is in Germany, consigue con esta película superar una de las barreras pendientes de Europa, las diferencias de humor. One day in Europe representa la unificación del humor europeo.

La referencia temporal es una final de la Liga de Campeones entre el Deportivo de La Coruña y el Galatasaray que nos sirve para saber que el viaje al que nos invita Stöhr por Moscú, donde tiene lugar la supuesta final, Estambul, Santiago de Compostela y Berlín transcurre en el mismo día. Cuatro ciudades, cuatro robos y una coral de personajes prototípicos para ilustrar las distintas identidades europeas y no europeas (el retrato de una madre rusa y un taxista turco son inolvidables). El otro punto común es la presentación de la policía de cada país. Un retrato perfecto, aunque hiperbólico, para deleitar a un público capaz de reírse de los fallos de sus países.

Hannes Stöhr, como director y guionista de la película, muestra un profundo conocimiento de costumbres y singularidades nacionales y practica un divertido juego de Torre de Babel entre personajes que se entienden en lo que Stöhr llama "inglés europeo" y otras deformaciones de idiomas como el alemán o el francés.

Que el cine alemán está resurgiendo de sus cenizas no es nada nuevo, la industria no deja de crecer, los espectadores alemanes llenan las salas de su producción nacional y la distribución en el extranjero es cada vez más eficaz. Pero además está ganando en identidad y One day in Europe, una película que tira de estereotipos buscando la identificación y la sonrisa, consigue romper con la idea tradicional de la seriedad germana y demuestra que los "fríos" alemanes son capaces de reírse de sí mismos y de media Europa con tanta gracia como cualquiera.

Pero la película de Stöhr no es sólo un buen guión. La fotografía de Florian Hoffmeister, bastante modesta durante toda la película, tiene destellos de brillantez en el inicio de cada historia, captando la identidad de cada ciudad a través de un juego perfecto de luces y colores (Estambul y Santiago parecen aún más bellos, si cabe). Para cerrar el círculo un reparto ideal. La representación española deja bien alto el pabellón. Uno de los personajes más divertidos es, sin duda, el que interpreta Miguel de Lira; un policía local de Santiago, mujeriego e ignorante, ejemplo vivo de la filosofía de la "pachorra" y la nula capacidad española para el inglés. En Moscú un Luis Tosar, fan del Depor, indignado por haber sido arrestado y tener que perderse la final, arremete contra los rusos y protagoniza otro momento estrella de la película al grito de Nunca Mais.

Su llegada a las pantallas españolas esta garantizada ya que se trata de una producción germano-española (casi sería más correcto decir germano-gallega, ya que el capital viene de allí), así que estén atentos, sería una pena dejar que el buen cine joven europeo no tuviese continuidad por la falta de interés de sus propios protagonistas.

SOMETIMES IN APRIL (Estados Unidos/Ruanda, 2004). Programa oficial / Competición. Dir. Raoul Peck, Guión: Raoul Peck, Director de fotografía: Eric Guichard, Música: Bruno Coulais, Reparto: Idris Elba, Debra Winger, Carole Karemera, Pamela Nomvete, Oris Erhuero

En la sociedad de la sobre-información en la que vivimos cada día nos pasan desapercibidos conflictos que parecen carecer del interés suficiente para ser incluidos en nuestros periódicos y televisiones. El cine tiene la capacidad, y la obligación, de recuperar las partes de nuestra historia que han sido ignoradas y contárnoslas de cerca para que las conozcamos, para que aprendamos de ellas y, sobre todo, para devolverles la dignidad a los que sufren y mueren ante la impasibilidad del hemisferio norte. Sometimes in April asume esta misión con el horror del genocidio ruandés que comenzó en abril de 1994.

Augustin, un profesor de Ruanda que había sido capitán del ejército y sobrevivió al genocidio, recuerda desde abril del 2003 el horror de cien días de crueldad sin sentido. Augustin era un hutu casado con una tutsi y tuvo que huir del horror sin su familia. Su hermano, Honoré, que está siendo juzgado por un tribunal internacional de Naciones Unidas por su trabajo en una radio de propaganda del odio contra los tutsis, le escribe una carta pidiéndole una visita nueve años después de que Augustin dejara en sus manos la vida de su esposa e hijos el segundo día la barbarie. El viaje a Zaire, donde está siendo juzgado Honoré, se convierte en un viaje interior del propio Augustin en una búsqueda desesperada de encontrar la paz y poder salir adelante.

Raoul Peck ha hecho una película madura, crítica y elegante, y se ha rodeado de un gran equipo para hacerlo. Un montaje impecable para una película difícil repleta de flash-backs e insinuaciones críticas, que las hay, y muchas. No sabemos si a la parte de producción americana se le escapa la feroz crítica que incluye la película o la tolera, por verídica. Una constante de Sometimes in Apriles la imagen de los convoyes de Naciones Unidas que van abandonando la zona de conflicto rescatando embajadores, autoridades diplomáticas y extranjeros en general mientras dejan abandonados a ruandeses en situaciones de extremo peligro. A cualquier mente crítica no se le escapa la conexión de estos planos nada fortuitos con la escena de la superviviente que relata ante el mismo tribunal internacional de Naciones Unidas que está juzgando a Honoré las aberraciones a las que fue sometida. El testimonio intercala planos medios de la testigo con los de los miembros y observadores del tribunal emocionados y sobrecogidos. "Aquel que ve como se asesina y no hace nada para evitarlo es, de algún modo, un asesino" — la acusación queda hecha, que se salve de la alusión el que tenga la conciencia tranquila.

Entre los que podrían salvarse, y siguiendo con la crítica, esta vez a los Estados Unidos, está el personaje interpretado por Debra Winger. La funcionaria del Ministerio de Asuntos Exteriores americano intenta, desde el primer día del conflicto (que ya supuso la muerte de 8000 personas), que el gobierno de su país medie de alguna manera para evitar la tragedia que se avecinaba. No lo consigue. Es la llegada de los rebeldes tutsis, que evitan la confrontación, la que pone fin al genocidio. Es entonces cuando la historia llega a los televisores y el gobierno americano ofrece su ayuda, "No caímos en el factor CNN" .

Una gran película, una ganadora en sí misma por su capacidad de dar una lección de historia, humanidad y cine. Al final de los créditos aparece la frase "Never forget", una petición de que el sufrimiento no caiga al olvido, una petición de aprender de los errores, una petición de ver esta película para reflexionar sobre la naturaleza humana y los múltiples niveles de responsabilidad que existen en las masacres ignoradas.

THE BALLAD OF JACK AND ROSE (Canadá, 2005). Sección Oficial/ Panorama Dir: Rebecca Miller, Guión: Rebecca Miller y Michael Rohatyn, Montaje: , Foto: Ellen Kuras, Reparto: Daniel Day-Lewis, Camilla Belle, Catherine Keener, Jason Lee, Ryan McDonald , Paul Dano.

El retorno de Daniel Day-Lewis al cine no puede ser más que una buena noticia. Después de amenazar con dedicarse al oficio de zapatero y privar a los amantes del cine de su increíble talento, volvió de la mano de Scorsese como el inolvidable carnicero de Gangs of New York. Después, otro par de años desaparecido y, al fin, reaparece en la Berlinale con un aspecto a lo Hemingway, barbudo y con boina, y su sonrisa, amplia y modesta como pocas en Hollywood, para apoyar su nuevo trabajo, The ballad of Jack and Rose, dirigida por su mujer, Rebecca Miller, y para recoger el premio especial Cámara de oro que le concedía el festival. La expectación entorno a la película, que se exhibía en la sección oficial Panorama, se ha debido más al guapo inglés y al reciente fallecimiento del padre de la directora, Arthur Miller, que a esta historia difusa de sueños comunistas y enfermizas relaciones paterno filiales.

Si algo se puede decir en favor de The ballad of Jack and Rose es que es una película hermosa, sin que el adjetivo tenga nada que ver con su calidad cinematográfica. Ellen Kuras, que ya ha trabajado con Miller en Angela y Personal Velocity, además de en películas como Coffee and Cigarrettes o The eternal sunshine of the spotless mind (la fatal traducida Olvídate de mí) firma una fotografía que hace que el espectador se enamore de la isla en la que viven Jack (Day-Lewis) y su hija Rose (Camilla Belle), lo que queda de un proyecto de comuna hippie de la America de los sesenta/setenta. Los dos siguen viviendo al margen de la civilización moderna y se prodigan un intenso amor que se refuerza en las tareas y la rutina de un día a día sin televisión. Así nos presenta Rebecca Miller una historia que se va retorciendo por momentos. La enfermedad terminal de Jack y una insinuada tentación de incesto hacen que el padre perfecto rompa la armonía de la isla llevando a su casa a su novia (Catherine Keener), hasta entonces secreta, y sus dos hijos Thadius (Paul Dano) y Rodney (Ryan McDonald). La irrupción de los extraños trastorna a la adolescente, que desde hace años solo tiene contacto con el jardinero (Jason Lee) y con su padre y que vive obsesionada con suicidarse el día en que éste muera. Las situaciones que se desencadenan a partir de este momento van elevando la tensión dramática hasta convertirse en puro esperpento. Pero la película no pierde en ningún momento su belleza estética.

Pero lo "hermoso" de la película no se queda en la fotografía, los protagonistas sostienen heroicamente incluso las situaciones más absurdas y crean una armonía de grupo que nos sumerge en la historia a pesar del deslavazado guión, firmado también por la hija del difunto Arthur Miller y Michael Rohatyn. De todas las relaciones planteadas brillan especialmente la de Jack y Rose y la de Rose y su "hermanastro" Rodney. Algunos de los momentos compartidos por Daniel Day-Lewis y la joven Camilla Belle destilan una familiaridad y una complicidad que arrancan la sonrisa del espectador más escéptico y consiguen dar algo de naturalidad a las escabrosas situaciones que se plantean. Ryan McDonald, por su parte, asume a la perfección la imagen de serenidad y madurez de la que carece el resto de personajes y hace del suyo el más coherente y entrañable de esta —con perdón —pandilla de tarados.

Una balada con mensaje, la lucha por los ideales, la belleza de la inocencia, la complejidad de las relaciones humanas... En definitiva, y paradójicamente, en esta película todo está bien menos la película en sí. Acompañada de una banda sonora que suena a Woodstock, en ocasiones excesiva pero siempre buena, la película se va dejando ver y deja, a pesar de sus fallos, una sensación de calidad. ¿Merece la pena?, personalmente pienso que sí, aunque sólo sea por ver a Daniel Day-Lewis en la que quizá vuelva a ser su última película.

CHILDSTAR (Canadá 2004). Sección Oficial/ Panorama. Dir: Don McKellar. Guión: Don McKellar. Reparto: Don McKellar, Jennifer Jason Leigh, Mark Rendall

Childstar ha sido una de las sorpresas agradables del festival. El joven Don McKellar, poco conocido fuera de Canadá pero con una amplia y versátil carrera como actor, director y escritor, ha traído a Berlín una divertida y original crítica al mundo del cine comercial. Childstar copia la estructura y el tono de las típicas "películas con niño" para reírse de la descarnada industria del cine norteamericano y, de paso, abogar por un buen cine sincero y de sentimientos.

Si se puede utilizar el término "película con niño" y darle incluso la categoría de subgénero cinematográfico, podríamos decir que Childstar es un Quijote del mismo. Que nadie se ofenda, no pretendo calificar la película como obra maestra, pero hay que reconocerle a McKellar una capacidad de parodia de lo más inteligente.

La historia del actor norteamericano de 12 años, Taylor Brandon Burns (Mark Rendall, con un asombroso parecido a Macauley Culkin y el físico ideal para encarnar a un adolescete repelente), y su frívola madre, Suzanne Burns (en la piel de la siempre estupenda Jennifer Jason Leigh), que viajan a Canadá para rodar un Air Force One a lo infantil es la base para arremeter contra casi todo lo que rodea al mundo del cine: el egoísmo y ambición sin límites de los managers y las productoras, el mundo de drogas y vicio que rodea a los actores, los argumentos vacíos de superproducciones comerciales, el patriotismo exacerbado de producciones norteamericanas y, como crítica central, el abuso de los "niños estrella" por parte de todos los que les rodean.

El problema de la película es, quizá, que la crítica que hace se ha hecho antes de muchas maneras, por lo que no sorprende, aparte de caer en ocasiones en su propia trampa con momentos de ternura y paternalismo típicos de las soap operas más rancias. Pero se salva. Se salva porque sin ser una gran película defiende la necesidad de que se hagan y para hacerle entender a cierto tipo de público que les están "colando" siempre lo mismo hay que utilizar a veces las armas del "enemigo".

Además Childstar es una película divertida, hacen falta comedias también en los festivales. Haciendo uso de un humor antiamericano (muy de moda entre canadienses y europeos) Don McKellar se revela como mejor guionista que director, aunque trate de justificar lo fácil de su comedia con pequeños fragmentos de un trabajo más intelectual con el que intenta aleccionar a las víboras que le rodean.

Childstar es una película de niños hecha para adultos y creo que consigue lo que se propone (no creo que la idea de su director fuese hacer historia del cine). Ideal para pasar una tarde de domingo, a medio camino entre la risa fácil y el mensaje pro-cine.

SOPHIE SCHOLL - DIE LETZTEN TAGE. (Alemania, 2005). Sección oficial / Competición Dir: Marc Rothemund. Dirección de fotografía: Reparto: Julia Jentsch, Fabian Hinrichs, Alexander Held

Algunas historias son susceptibles de gustar y conmover se cuenten como se cuenten, pero si además se cuentan bien...boom! taquillazo y a coleccionar premios. Es el caso de la gran ganadora de este festival, porque al relato de los últimos días de la joven activista antinazi, Sophie Scholl, no le ha hecho falta llevarse el Oso de Oro para proclamarse vencedora. Pocos se acordarán en un par de años (al menos en Alemania) de la africana U-Carmen eKhayelitsa, sin embargo, la ganadora del Oso de Plata a la mejor actriz, la berlinesa Julia Jentsch, será Sophie Scholl por los siglos de los siglos...amén. La película del también premiado Marc Rothemund ha calado sobre todo en un público alemán cansado de que le recuerden su pasado nazi y sediento de una figura de esa época a la que agarrarse.

Sophie Scholl es un personaje familiar en Alemania. Miembro del grupo de resistencia universitaria de Munich, Weisse Rose - La rosa blanca, es un ejemplo de que no todos los alemanes fueron nazis ni todas las víctimas del régimen de Hitler eran judíos. La película se centra en sus últimos cuatro días de vida. En febrero de 1943, mientras los alemanes iban cayendo en Stalingrado, Goebbels proclamaba constantemente la victoria en la radio, clamaba a la guerra total y atreverse a insinuar lo contrario era motivo suficiente para la pena de muerte. Los hermanos Scholl desafiaron un sistema que flaqueaba en el campo de batalla pero era aún fuerte e implacable dentro de sus fronteras.

La historia se sostiene sola, es uno de esos hechos reales que no puede dejar impasible a nadie pero... ¿ es realmente buena la película al margen de la historia que nos cuenta?. La dirección de Marc Rothemund es buena pero no es brillante y, ante todo, en mi modesta opinión, no es la mejor del festival (yo no la pondría ni entre las cinco mejores). Pasa lo mismo con la interpretación de Julia Jentsch, su capacidad de discutir con la Gestapo, sus poquísimos momentos de flaqueza, su capacidad para mantener la serenidad y perder el miedo a todo agarrada a su fe y sus ideas... todo esto lo lleva la actriz con tranquilidad y sin histrionismos, se echa la película sobre los hombros y la saca adelante pero... tampoco es la mejor (aunque a ella si la pondría en mi top-five).

En general el guión, elaborado a base de testimonios y el diario de la propia Sophie, se estanca demasiado en largas discusiones con la GESTAPO. Un duelo interpretativo que aporta poco al espectador y acaba resultando largo. El fuerte idealismo de Sophie Scholl quiere (y debería) convertirse en modelo de una juventud que parece haber olvidado lo que es luchar por un ideal, por una causa justa. Pues bien, lo consigue, el problema es que para lograrlo se deja el ritmo de la película en el camino.

La pregunta final...si merece o no la pena. Yo soy de la opinión de que hay historias que hay que conocer a la de la estudiante de Munich es una de ellas. Es importante, y los alemanes lo saben y han apostado por ello, que se conozca la otra parte de la Alemania nazi y esta película nos la enseña.

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Por Paola Álvarez
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