El cine según Martin, el mundo según Clint …
Llega febrero, reconvertido por exigencias de un guión que nadie sabe muy bien quien escribe, en mes de premios, y empiezan las quinielas, las alfombras rojas, y los rios de tinta que desembocan en el dorado color del que se forjan los sueños (al menos los americanos) y más exactamente en la dorada estatuilla.
Decía la gente del cine, que la cosecha 2004 había sido mala en las américas, y que este año iban a ser unos Oscar reñidos y repartidos, pero sin grandes filmes, y uno, que está empezando a ver lo que concurre en la noche más larga para el cinéfilo, empieza a quedarse estupefacto, pero por todo lo contrario.
A nadie se le escapa que el gran duelo de este año, es el duelo Scorsese versus Eastwood, con dos formas de entender el cine muy distintas desde un clasicismo común, dos personalidades grandes y complejas, posiblemente dos de los cuatro o cinco maestros americanos en activo (yo añadiría a Lynch y a Allen); y en estos dias empieza a verse a todos los periodistas especializados, tomando ya partido por uno u otro, casi independientemente de sus películas que lucharán por el premio final.
Empezaré hablando de Scorsese y de su aviador. Hace unos días tuve oportunidad de hacer un repaso a algunas de mis películas favoritas de él, y créanme, meterse en un programa doble Uno de los nuestros y a continuación Casino es uno de los pocos placeres no sexuales que le quedan a este mundo. Scorsese es uno de los mejores narradores que hemos tenido en este último medio siglo (no agregaré cinematográficos, puesto que para mí trasciende), un hombre que ha sido capaz de analizar a partir de la pequeña porción de mundo donde el nació, al resto de la humanidad y dar nuevas visiones sobre los grandes mitos. Al margen de El Padrino creo que no existe mejor ilustración sobre los lazos familiares que este Goodfellas que Scorsese y Pileggi mostraron en todos sus angulos, lazos que conllevan a la aniquilación irreversible. Años después reptieron, revisionando el mito de Camelot desde la misma óptica fría y demoledora, ensuciando las luces d eneón de paraisos en la tierra que no son tales, como la ciudad del juego por excelencia.
Sin embargo a este gran maestro, hay un elemento que siempre le ha jugado malas pasadas, y que se ha vuelto en su contra: Su cinefilia. Scorsese es casi ya tan conocido como creador de obras maestras cinematográficas como de amante incondicional del séptimo arte. Y ha sido precisamente a partir de 1991 cuando esa obsesión por figurar en la misma lista que John Ford o Wilder, le han corregido el rumbo; desde el año en que vió como su inconmensurable Goodfellas perdía el Oscar ante el truño de Kevin Costner, su obsesión ha sido ganar el Oscar. Montó en cólera cuando al año siguiente su remake de Cape Fear fue ignorado por la Academia, y a partir de ahí cambió de género frenéticamente, pienso yo que con un demasiado descarado deseo de obtener la estatuilla. En el 94, con película de época siguiendo la estela de las producciones que Merchant-Ivory colaban siempre en los Oscar por esos tiempos; en el 96 con la antes nombrada Casino edición corregida, y magnificada, con mito artúrico de base y todo, del Goodfellas; en el 97 con una biografia al estilo ¿Attemborough? de hombre santo, en Kundun (un film a recuperar), y ya por último en el 2003 con su ópera personal Gangs of New York, perdiendo ante Polanski.
¿Y por qué no gana Martin? Pues porque como buen cineasta, es incapaz de desprenderse de su particular sello y manera de entender el cine y su país. Así cuando intenta hacer un drama amable de represión y corpiños, le sale una desesperanzada crónica de la sociedad americana, la misma que le tiene luego que dar el Oscar, o dinamita el mito de Las Vegas, que es el mito americano en su representación de lo global, o le sale un biopic abstracto, o definitivamente manda al estercolero los origenes del pueblo americano, recordando a los señores académicos que son descendientes de putas y ladrones. Si a todo esto, le suman que es un cineasta independiente, entenderán por qué el bueno de Martin, está más abonado que otro a no cosechar simpatías (ni él ni su cine) y a acompañar a Don Alfredo en la lista de injusticias flagrantes de los Oscar, “per sécula seculorum”. Este año tampoco ganará…
Clint Eastwood es un mito americano, es republicano, (no rojillo como Martin), y además ha sabido reciclarse y seguir haciendo cine que a veces mantiene vivos a sus fans de siempre y otras veces sabe ganarse la admiración de todos (1). En el 92, sorprendió a todo el mundo matando al género del Western con Sin perdón (para mí el último western del cine), pero sus films anteriores (por mi parte Bird, El jinete pálido y Cazador blanco…) y los que despues vinieron, confirmaban que estábamos ante un cineasta excepcional. Sinceramente, para mí los films de Eastwood en estos últimos quince años, se han convertido en un pequeño refugio del espíritu, donde estreno a estreno, uno puede parapetarse, para contemplarse a uno mismo y a lo que le rodea, inmerso en un placer que solo destila aquello que a la vez es conocido y soprendente y que sabes que jamás te defraudará, y que siempre te sorprenderá. Desde el condado de Madison, hasta los mundos perfectos imposibles, pasando por el río Mystic o los jardines secretos de Savannah, incluso cuando se ha tratado de trabajos menores como Poder absoluto, Deuda de sangre o Ejecución inminente, ver una película de Eastwood se ha convertido en placer seguro dentro de una sala de cine.
En esta casual confrontación entre los dos veteranos cineastas, no se podían haber elegido dos filmes más distintos. The Aviator es una película elegante, refinada, que por fín (de cara a ganar el Oscar), no rompe el mito del sueño americano sino que lo fortalece, y además lo hace recuperando y restaurando una figura del cine como es Howard Huges. Es cine de calidad que se ve con agrado, pero quizás demasiado parecido a tantas y tantas películas que ya han ganado antes el Oscar, y tan alejado de los temas y de la personalidad de Scorsese que da rabia que al final el maestro italoamericano fuera reconocido por este film. Precisamente, y aunque gane el Oscar a la mejor película (muy factible) ese es el argumento que más juega en su contra a la hora econseguir el Oscar como director. Pienso que The Aviator es un film tan estimable y correcto, como lo es la traición a uno mismo que en parte simboliza, y eso, juega en contra. Si no se premió al Scorsese de Godfellas, por qué hacerlo por un film menor en su filmografía?
Million Dollar Baby en cambio, es una obra maestra, la que quizás haga Amenábar dentro de cuarenta años con más experiencia y menos ambiciones (y disculpen la comparación en "spoiler"). Eastwood ha encontrado la manera de decir lo que quiere y acompañado de un equipo de gente que lleva haciendo cine con él casi treinta años, se ha convertido en el mejor ejemplo de cine clásico, de ese cine clásico que Scorsese venera.
Es curioso que ambos directores hayan decidido centrar su discurso vital y cinematográfico en el tema de la redención, y es curioso que ambos hayan elegido formas tan diferentes de plasmarlo, Scorsese desde la ampulosidad, y Eastwood desde la sencillez que raya la perfección más absoluta.
Si Scorsese es el cineasta del texto (Greenaway una vez le llamó asesino de la imagen), Eastwood es el silencio, la mirada en penunmbras, lo sutil que sin embargo lleva implícita una carga emocional que agarra el corazón del espectador y lo retuerce para buscar la salvación del alma.
El cine de Scorsese, siendo magnífico, se queda sobre todo en este The Aviator y en alguna de sus más recientes obras, en la estampa, la ilustración; viva, pero ilustración. El cine de Eastwood, es VIDA, es un grito ensordecedor de dolor y un llanto sin ahogar, por los amigos que se pierden en la memoria de un río, por la hija asesinada o la hija a la que uno tiene que asesinar para que permanezca viva en el recuerdo.
Scorsese se ha puesto a hablar sobre el cine, rescatando fantasmas de épocas doradas que el anhela, mientras que Eastwood ha decidido hablar del mundo y de los seres humanos vivos, y mostrarnos su corazón. Son las dos versiones de un clasicismo por un lado dorado, por el otro inmaterial en su perfecto minimalismo.
La partida está perdida de antemano, independientemente de quien gane el Oscar al final. Martin, habla de cine…, Clint habla del mundo.
(1) El caso del republicanismo de Eastwood es sin duda chocante, puesto que en sus películas como director, no duda en defender aquello que esta opción política parece atacar continuamente. De esta manera, le hemos visto en estos últimos años, condenar la violencia contundentemente en Sin perdón y la pena de muerte en Ejecución inminente, o hacer apología del adulterio (Los puentes de Madison), el travestismo y la homosexualidad (Medianoche en el jardín…) y la eutanasia. En fin… ojalá todos los republicanos de América fueran así…
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| Jose L. Hurtado, cofundador de Miradas de Cine, es profesor de AA.Plásticas del IES Luis
G. Berlanga (Alacant) y responsable del programa "Educar a través del cine"
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