La evolución personal y profesional de David Holmes coincide con la de muchos compañeros de generación británicos, cuyo retrato ya se encargó de plasmar de una manera soberbia Michael Winterbottom en 24 hour party people . Los pequeños detalles son los que configuran un estilo, la forma de asimilar unas influencias y descartar otras es lo que hace que New order, por ejemplo, esté hoy tan alejado de lo que fue Joy división, o que Morrisey sea la antítesis de este autor que nos ocupa.

«Primero —explica Holmes— tuve la influencia de mis nueve hermanos mayores, el punk de los Clash, Pistols, Ramones… Luego comencé a pinchar en bares y clubes de Belfast y empezó a interesarme progresivamente el jazz, el soul, el funk y otras músicas más abstractas. La explosión de acid house sucedió justo cuando me había comprado una caja de ritmos y un secuenciador de segunda mano. Como no era músico, me pareció la mejor manera de experimentar y ver lo que se podía hacer. Ha sido una progresión natural. Si no tuviera el 'background' y el instinto que te da ser Dj, no podría haber hecho nada» (1).

Los gustos musicales de Winterbottom quedan plasmados a la perfección en sus películas. Desde la primera hasta la última. El cineasta bucea en las corrientes que más le atraen para sacar el máximo partido posible a este elemento narrativo para convertirlo en un protagonista más de todas sus películas.

No pretendo con estos comentarios comenzar ahora un debate sobre algunas elecciones del director en sus películas, que por redundantes sobre la propia historia me parecen en algunas ocasiones desacertadas, sino situar dentro de un contexto global el encuentro de David Holmes con el creador de Blackburn.

La asociación (nunca mejor dicho, ya que firma el score de Code 46 con el nombre de su último grupo, The free association) del compositor nacido en Belfast y Winterbottom era algo lógico. Tenía que suceder más pronto que tarde, y de un modo natural el encuentro se produjo coincidiendo con la primera película futurista del autor de Jude.

Holmes, un precoz DJ (comenzó tal labor a los 15 años por su Irlanda natal), llegó al mundo del cine tras una constante e intensa transición desde el acid house hasta el techno. Consagrado como uno de los popes de un movimiento en el que, con manga ancha, se podrían encuadrar Howie B., Geoff Barrow (de Portishead), Barry Adamson y, a una cierta distancia, Goldie, Holmes debutó como autor de scores con Resurrection man , de Marc Evans, en 1998.

Esa película (Resurrection man) suponía también el debut de Revolution Films (productora fundada y regida por Michael Winterbottom y Andrew Eaton) con un director que no fuese el propio Winterbottom y, desde aquel ya lejano 1995, era de prever el encuentro entre cineasta y músico.

The free association está formado por el propio Holmes, el guitarrista, productor y colaborador habitual Steve Hilton, la vocalista de soul Petra Jean Philipson y un peculiar mc californiano, Sean Reveron (por sus rastas le reconoceréis). De todos modos, sólo los dos primeros son los artífices del score de Code 46, ya que la labor de la otra mitad del grupo no aparece por recoveco alguno de este trabajo.

El disco está muy lejos de otros trabajos de Holmes, como Ocean's eleven, Muere otro día o sus piezas para Moulin rouge. Aquí una atmósfera muy precisa y etérea sobrevuela cada pieza. La aportación musical es imprescindible para lograr que el relato de Winterbottom funcione, y pierde cierto sentido al alejarla de las imágenes que acompaña. Con ello no quiero poner en cuestión su capacidad evocadora, pero no deja de ser cierto que la música adquiere toda su significación tras haberla contemplado en la película.

El minimalismo es el principal rasgo del score. Un teclado lleva la voz cantante y sólo en contadas ocasiones la percusión o la guitarra eléctrica aparecen en segundo término para acentuar una sensación o una emoción.

Shnaghai es el tema elegido para abrir la película y marca a la perfección el tono del compacto. Notas aisladas, distintivos inequívocos de la soledad extrema que acosa a los protagonistas en un mundo deshumanizado, y prolongadas en el tiempo para subrayar una nostálgica melancolía de sus propias existencias. Esa evocación nostálgica repleta de extrañeza se repite en varias piezas, como Platfom o Dreaming on a train, evocando un espíritu sonoro muy similar al diseñado por Kevin Shields en sus excelentes aportaciones al score de Lost in translation .

La extrañeza gana presencia con las oscuras atonalidades de otros temas, desde More than a kiss, que posee un inequívoco aire enfermizo, al propio Mother, ambas reflejando una atmósfera tan romántica como turbia. En este grupo se podría incluir también Birthday party, una variante más distorsionada si cabe de la escasa melodía que protagoniza Mother.

También da cabida el álbum a auténticas sinfonías, odas a la superación, esforzados saltos espirituales de los protagonistas por alcanzar su propia libertad. Inside/outside refleja esas y más emociones con apenas una batería (la primera vez que irrumpe este instrumento) y un sintetizador.

Ruidos imperceptibles, paisajes sonoros tan desolados como el desierto emocional por el que transitan los protagonistas hacia su propia destrucción, son los que aparecen en aportaciones como The family, una construcción que crece a partir de ruidos, de contundentes tambores, de frases inconexas susurradas, de promesas probablemente incumplidas, lejanas, distantes, pero absolutamente incisivas y prologadas con mayor dramatismo e intensidad a continuación en Kocham cie. Están en el desierto y el desierto está en ellos, incluso dentro de sus refugios urbanos seguirían en el desierto. Fugazmente aparecen ecos de los temas románticos, casi imperceptibles, quebrados y dolorosos, mientras un distante coro femenino balbucea una melodía indescrifrable que parece bella, bella y siniestra.

Y así llegamos a Code 46 , la pieza que toma su título del propio film y que cierra el álbum ya que, como era de prever, el Warming sign de Colplay no está incluido (ya se sabe, el oscuro mundo de los derechos de autor). A pesar de tan lamentada ausencia, Code 46 mantiene el tipo, la canción que acompaña la última parte de los créditos finales mezcla resignación, esperanza y unas notas que se repiten cíclicamente de forma inexorable y hermosa, con sutiles variaciones en cada vuelta de tuerca, hasta acabar apagadas en su propio ritmo interno.

Y el disco acaba, cuando ni siquiera han transcurrido 32 minutos desde que lo pusimos en marcha. Exotismos, soledades, intensidad, minimalismos narrativos y emociones a flor de piel se han quedado por el camino para un disco que no permite que lo escuchen de fondo, sino prestándole toda la atención posible y que, sin duda, gana enteros cuando en el fondo de nuestra retina permanece, aunque sea años después, la trágica historia de William y María.

Incluso a mí me pilló por sorpresa el premio a la mejor banda sonora que este score consiguió en la última edición del Festival de Sitges. Más que nada porque no sabía que existiera tal distinción, debe ser el único festival de España que tiene un espacio para tal reconocimiento. Yo envío mi reconocimiento a quienes apuestan por este apartado, tan apasionante como minoritario, por desgracia, en nuestro país, por la gente de Sitges, por la gente de Commotion, que se ha atrevido a sacar al mercado algo tan marciano como esta pequeña delicia no apta para todos los públicos, o por los propios compañeros de Miradas que le brindan un hueco a nuestras divagaciones sobre un arte apasionante.

Por César Combarros
caratula

Música de Free Association. Edita: Commotion (GB., 2004). Duración: 31:59. Director: M. Winterbottom.

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1. Shanghai • 2. Platform 23 • 3. Dreaming on a Train • 4. More Than a Kiss • 5. Inside/Outside • 6. Mother • 7. Apathy Drugz • 8. What's the Attraction • 9. Family • 10. Kocham Cie • 11. Birthday Party • 12. Code 46