Desvalijando Neverland
La emoción, qué duda cabe, es una cuestión de sensibilidades. Sin ir más lejos, tenía una tía solterona que dividía las películas en bonitas (y eso implicaba, invariablemente, alguna lágrima derramada en los últimos diez minutos de función) y feas (sangre, muertos o situaciones desagradables, fuera de lugar, demasiado parecidas a la... ¿realidad?). El criterio era realmente inflexible, pero le permitía clasificar sin ningún género de duda la producción de todo el año y a mí... el gusto de mi señora tía.
Sí, la emoción es algo personal e intransferible. He visto cosas que ustedes no creerían: gente riendo cuando le ceñían la soga al cuello a Selma en Bailar en la oscuridad, silbidos en mitad de una proyección de El nacimiento de una nación y en infinidad de ocasiones lágrimas, inexplicables lágrimas a mi alrededor, mientras trataba de mimetizarme tras la butaca, sobrepasado por la vergüenza ajena.
Finding Neverland gustará. Está hecha para que así sea: toda la familia sonándose y moqueando un domingo por la mañana con las castas peripecias de Kate Winslet y Johnny Depp. Reúne el trinomio maldito de Hitchcock: perro, niños y rubias (sólo falta Charles Laughton) y narra, además, la vida de un respetable y reputado autor, bastante leído en los países anglosajones.
Si uno hace un breve repaso de cómo ha tratado la Industria a los grandes escritores, podría llegar a pensar que los guionistas de Los Ángeles y alrededores jamás han escrito ellos mismos más de cinco folios seguidos. Y es que no han dejado títere con cabeza: de Joyce lo único que les interesó fue su pasión por Nora, de Shakespeare, los polvetes equívocos que tanto le "inspiraron", de Kafka, lo ideal de la muerte que era su retorcido oasis literario para hacer angulaciones con la cámara y de Lorca... bueno, Lorca... ah, no, que ese era "raro" y eso no se puede contar... bah, a Lorca vamos a retratarlo esperando la muerte en su celda y recitando en voz alta sus propios poemas, como si de un esforzado alumno de la E.S.O. se tratase. ¿Quién será el próximo en ser profanado? ¡Temblad Goethe, Esquilo, Twain! ¡No quedará tumba sin saquear!
Cuando el cine ha tratado, por añadidura, de hacernos partícipes del proceso creativo de los artistas, la cosa ha sido todavía mucho peor. Temblores, levitaciones, trances, todo es válido para mostrar el momento supremo de la revelación, el alumbramiento, la videncia a lo Rimbaud versión cataléptica. Para ser un autor de los de verdad hay que ser un tipo muy inestable, peligroso, ingresable sin posibilidades de alta médica, con trauma justificativo o adicción inspiradora y destructiva (les remito a la crítica de Ray escrita en este mismo medio por Alejandro G. Calvo).
J.M. Barrie, el hacedor de Peter Pan, fue más comedido: tan solo utilizó a la familia de una viuda para conformar su fantasioso mundo de Nunca Jamás, imaginativo reducto de libertad en una sociedad eternamente victoriana.
Los cuatro hijos de esta damisela nada aficionada al luto, campan a sus anchas por praderas y riscos, viendo espoleada su imaginación por Barrie, en plena crisis de ideas tras el rotundo fracaso de su última pieza teatral (recuerden: antes de una obra maestra, el héroe debe de estar cerca del fondo, enfangado a más no poder).
La trivialización de Neverland —el asalto a ese mundo estrictamente literario y su afinado para consumo familiar— se realiza a muy diversos niveles, como los diferentes procesos por los que debe de atravesar una preciada materia prima antes de estar disponible en los estantes de nuestros supermercados. Personalmente, se me antoja del todo ridículo pretender que un escritor encontró, uno tras otro, paralelismos directos entre su vida y la gente que le circundaba y la materia literaria que constituyó su obra cumbre. Que el público al que se dirigiese fuese infantil —un tópico que detesto y que hace que todavía mucha gente crea que Alicia en el país de las maravillas es un libro para niños— no implica que sus soluciones formales tuviesen que ser también infantiles.
No, explicar a una mayoría adulta algo así no resultaría tan alentador y a fin de cuentas la productora espera tener Peter Pan para rato (ya se habla de hacer un gran musical teatral de la película). Imprimamos la leyenda y contentémonos con retratar a un hombre incapaz de salvar su matrimonio —justificación: su mujer es aburrida—, incomprendido por sus contemporáneos —explicación: era un avanzado a su época incapaz de ser digerido por una oligarquía reaccionaria—, sin ninguna arista, bondadoso, tierno... dejémonos de sutilezas, «¡un genio!» como afirma el mismísimo Dustin Hoffman, por si acaso queda todavía algún incrédulo en la platea.
También hay que dejar de banda los asuntos espinosos, cualquier atisbo de grieta que amenace con perjudicar al mito. Entonces, ¿por qué esa manía de arrancar este tipo de filmes con el aterrador "basado en una historia real"? ¡¿Qué puñetera historia real?! ¿Y qué hay de las sospechas de que el tal Barrie estimaba a los niños... quizás en demasía? El propio Foster se delata: «Lo he leído todo sobre él porque nunca hubiera hecho un filme sobre un pederasta» (1) ¿No? ¿Y por qué? ¿Restringe las posibilidades de ser nominado al Oscar?
Finding Neverland no encuentra Nunca Jamás. Porque Nunca Jamás, efectivamente, no es un lugar tangible. Y este caramelo elaborado de forma cansina a base de ingredientes mil veces saboreados (verbigracia: esas puertas que se cierran aquí y se abren en la siguiente escena, el desbarajuste emocional del niño tras ver frustrada la representación de su opera prima, incluyendo la inevitable cámara en mano o la filmación aleatoria de las conversaciones entre la pareja protagonista desde dentro de la misma habitación y a través de la ventana sin solución de continuidad) pone más énfasis en el colorido del envoltorio que en la calidad de los azúcares mezclados.
De nada sirve invocar a la imaginación para salvar a hadas moribundas si lo único que importa es el celofán. Descubriendo Nunca Jamás es cine "ya visto", emoción concentrada y envasada al vacío —¡al terrible vacío!—, baratija revestida de refulgentes dorados.
Maldita sea, mi tía lo hubiese tenido claro: «ah, ¡qué bonita!»
(1) Juan Pando para "La luna de Metrópoli", nº 41, del 11 al 17 de febrero de 2005.
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