Las miserias del héroe
Si el título que he puesto a este artículo les ha parecido recurrente, repetido y/o cansino, no piensen
que este crítico les ganará en antipatía, porque la verdad es que tienen razón. Buscando una
filosofía que proporcionara al texto un interés —inexistente en el film de Taylor Hackford—,
he pensado que una frase tan manida sencillota y mil veces leída se identificaba a la perfección con la
estética de este Ray que, como tantos otros biopics, no sólo es maniqueo, oportunista e interesado,
sino que, además, es tremendamente aburrido, ¡quien lo iba a decir! cuando este film hubiera funcionado
aunque sólo fuera a lo Trueba (Fernando), únicamente poniendo una tras otra cualquiera de las actuaciones
de ese genio de la música que fue Ray Charles. Así que puestos a hablar sobre lo tantas veces visto, uno
sigue sorprendiéndose de que estos films sigan suscitando tanto interés, teniendo en cuenta que el
subgénero del biopic es uno de los que peores películas ha dado a la historia del cine y que su director,
Taylor Hackford, es uno de los más mediocres de la misma historia. Maltratar la figura de Ray Charles, no
sólo por dejar a la postre la imagen de un yonki virtuoso del piano, sino por presentarlo además en una
película tan plana televisiva y estridente en términos melodramáticos, debería poder ser
enjuiciable por la ley (y seguimos tirando de tópicos). Para el rincón de las preguntas sin respuesta, la
incógnita —bastantes veces repetida, y que ya cansa— de por qué la moral norteamericana
prefiere ver a un icono de su tiempo como un heroinómano simpático, a reflejar sus tendencias
alcohólicas o su promiscuidad paterna. ¿Realmente interesa conocer la trastienda de los artistas?
Atractiva pregunta que debería contestar alguien más afín a los biopics, pues este descreído
crítico cree que es interesante reflejar la vida personal cuando ésta desemboca luego en lo
artístico, pero no confundamos las alcachofas con las granadas de mano, representar que Ray Charles
creó Hit the road, Jack mientras se peleaba con una de sus amantes o que su salida de las drogas fue
gracias a un sueño envuelto en papel celofán de lo más ridículo, pues ¿qué
queréis que os diga? Yo lo veo absurdo.
Empecemos por el principio, ahora que hemos recorrido cierto camino. No me gustan los biopics, ni totales ni parciales
¿lo dije ya? Creo que flaco favor se ha hecho a las figuras de Pablo Picasso, Che Guevara, Michael Collins,
Reynaldo Arenas, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Federico García Lorca, Richard Nixon, Howard Hughes,
Cassius Clay, Frida Kahlo, Basquiat, Andy Warhol, William Shakespeare, William S.Burroughs, The Beatles, Charles Chaplin,
Marylin Monroe, Sid Vicious, Huracán Carter, Tina Turner, Ramón Sampedro, Malcolm X, John Nash, Franz Kafka,
Ludwig Van Beethoven, Lucky Luciano, Wolfgang Amadeus Mozart, Marqués de Sade, Jackson Pollock y tantas otras,
llevando su vida al cine con un interés no mucho mayor al estrictamente mercantilístico. Por supuesto,
soy consciente de que ha habido grandes biopics filmados, básicamente aquellos que, más cercanos o lejanos
a la fidelidad del texto, han sabido congeniar la personalidad retratada, la plástica empleada y la ética
implicada, en un equilibrio, claro está, propio de los genios cinematográficos, algo de lo que se
beneficiaron a la postre figuras como las de Jake La Motta , Charlie Parker, Bob Crane, Jim Morrison, James Whale, Ed
Wood, Joe Orton, Yukio Mishima, o Andy Kauffman —tan o más interesantes son las biografías escondidas
o fakes de Django Reinhardt, William Randolph Hearst, Al Capone, John Holmes (o las más rebuscadas: John
Ford a través de Dexter Gordon en la magnífica Alrededor de la medianoche de Bertrand Tavernier, la
figura de cualquier político republicano de Tim Robbins, los ejercicios de Truffaut con Jean Pierre Leaud o de
Woody Allen con Woody Allen)—. Ya sea porque la mayoría de estas historias se adaptan a un formato televisivo,
o porque cuando intentan alcanzar algún logro plástico éste resulta insultantemente fallido,
la verdad es que un realizador tan irrelevante como Taylor Hackford poseía el perfil preferido por los productores
para llevar a buen término un film de las características de Ray . Aunque el propio director de
Oficial y caballero era el impulsor de la realización del film, éste parece en todo momento un
trabajo de encargo, pues no cabe en la cabeza de nadie quien puede tener pasión por retratar tan mal escenas
como cuando Charles se inyecta por primera vez heroína o aquella en la que la prensa le fotografía tras su
detención. Es cierto que no he visto el documental Hail! Hail! Rock n'roll sobre la vida de Chuck Berry,
así que a falta de cubrir mi ignorancia, dado que no persigo una política de los autores al modo
de los primeros Cahiers du Cinema, no pienso negar los halagos a Cuando éramos reyes lo único
realmente interesante que le he visto al realizador de insensateces fílmicas como Cuando me enamoro,
Dolores Claiborne. Eclipse Total, Pactar con el diablo o Prueba de vida . No niego tampoco que
Hackford sienta pasión por el jazz, el blues, el rock n'roll, el gospel o el country, de hecho, lo único
atractivo que se le puede ver al film son momentos aislados durante las actuaciones/grabaciones de Charles, a
señalar: (i) el plano que sigue al corte del ensayo de Mess around con un Jaime Foxx desbocado (ii)
la falsa improvisación del What I'd say y (iii) los coros femeninos de Right time.
Por lo demás toda la crítica se ha esforzado en resaltar la brillante composición de Jaime
Foxx —no olvidemos, un actor en su momento dulce, tras su participación en Collateral—,
nada que objetar, los biopics siempre tienden a llamar la atención por las caracterizaciones de sus
intérpretes. Los mayores logros, histriónicos o no, de actores como Anthony Hopkins, Val Kilmer,
Denzel Washington, Richard Dreyfuss, Ed Harris, Javier Bardem o Gary Oldman, casi siempre han venido de la mano de
films de estas características. Foxx así no sólo no desentona, sino que se hace suyo el personaje de
Charles hasta el punto de colmar la metamorfosis, que el contexto luego ridiculice su esfuerzo desde luego no es culpa
suya. Un jugoso papel para Foxx, puesto que si los miembros de la academia de Hollywood suelen premiar los personajes
difíciles, tullidos o drogodependientes… ¡Ray lo tiene todo!, vaya, carne de éxito, seguro.
En fin, este quizás innecesario camino crítico, habría de servir para llevar al lector a una
conclusión que se puede resumir en dos líneas (y quizás es lo único que tendría que
haber hecho en este artículo): si realmente desea disfrutar de la música de Ray Charles, quédese en
casa escuchando cualquiera de sus discos, y esto, que conste, lo dice un yonki del cine.
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EE.UU., 2004. T.O.: "Ray". Director: Taylor Hackford. Productores: Taylor Hackford,
Stuart Benjamin, Howard Baldwin y Karen Baldwin. Guión: James L. White; basado en un argumento de Taylor
Hackford y James L. White. Fotografía: Pawel Edelman, en color. Diseño de producción:
Stephen Altman. Música: Craig Armstrong. Montaje: Paul Hirsch. Duración: 152 min.
Intérpretes: Jamie Foxx (Ray Charles), Kerry Washington (Della Bea Charles), Clifton Powell (Jeff Brown),
Harry Lennix (Joe Adams), Terrence Dashon Howard (Gossie McKee), Larenz Tate (Quincy Jones), Richard Schiff
(Jerry Wexler), Aunjanue Ellis (Mary Ann Fisher), Regina King (Margie Hendricks), Bokeem Woodbine (David), Sharon
Warren (Aretha Ertegun)
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