Dilemas morales
Resulta extraño enfrentarse a una película como Reencarnación. Extraño, amén de por sus intenciones extremas o directamente provocativas, por poseer una puesta en escena insólita en el actual panorama cinematográfico estadounidense y por resultar una pieza de cámara, quizá irregular, aunque poderosamente atractiva. Vayamos por partes, Reencarnación tiene su base en cuatro pilares fundamentales capaces de sostener y dar credibilidad a una obra que, en otras manos, se hubiera encaminado hacia la más vergonzosa inverosimilitud: el guión, la dirección de Jonathan Glazer, el trabajo de los actores y la partitura musical de Alexandre Desplat.
La reunión de guionistas no puede ser más extrema ni más definitoria de los derroteros por los que se encamina el film: Milo Addica es el autor del guión de Monster´s Ball que, al igual que en Reencarnación, exhibía un cúmulo de personajes movidos por un constante dilema moral del que no se encuentran preparados para tomar una decisión. En el film de Marc Forster, la luctuosa relación entre un carcelero y la mujer del último reo por él ajusticiado, desmontaba toda la falsa moralidad y subrayaba las miserias internas de la sociedad estadounidense, sociedad poseída aún por el estigma del racismo. En Reencarnación, la incorrección política casi delictiva de una historia de obsesión entre un niño de diez años que dice ser la reencarnación del marido fallecido de una mujer adulta a punto de contraer segundas nupcias, hace añicos las bases morales de la civilización occidental, a la par que nos sitúa en un margen tan radical que convierte a Addica en uno de los guionistas más valientes del cine norteamericano. Aunque ello, todo hay que decirlo, con la inestimable colaboración de un Jean Claude Carrière, aún con plenas cualidades buñuelianas y del que se adivina su toque, tanto en el entramado argumental (1) como en el desarrollo de la relación entre Anna y Sean.
Por su parte, la puesta en escena de Glazer no puede ser más contundente. Glazer estiliza todas las propuestas temáticas esbozadas en el guión con una planificación enigmática, de sinuosos movimientos de cámara y crípticos primeros planos que saben extraer de los rostros de Nicole Kidman y Cameron Bright toda la carga de ambigüedad necesaria para que el film desprenda un halo de fascinación muy difícil de conseguir. Y el ejemplo perfecto de todo ello sería el primer plano, sostenido durante más de un minuto, de Nicole Kidman cuando es sabedora de la presunta reencarnación de Sean, o el travelling inicial. No es una dirección que persiga la crítica moral o la exposición objetiva del guión (en el que, por cierto, Glazer participa), si no la exteriorización de todo ello, el análisis sincrético de unos comportamientos al límite que el cineasta captura con el lazo de su cámara haciéndolos tan próximos al espectador que llegan a incomodar.
En el tercer flanco, e imposible no mencionarlo, se encuentra el contundente trabajo de un conjunto de actores sensacional. Comenzando por una espléndida, como siempre, Nicole Kidman a cuyos ojos Glazer saca todo el partido posible y un turbio Cameron Bright. La dirección de actores (uno de los fuertes del cineasta) tiene su base en la contención, en una austeridad absoluta que enfatiza el mínimo gesto y potencia la sobriedad antes que el exceso. La secuencia del baño entre Kidman y Bright expone de manera admirable los senderos por los que Glazer ha guiado a sus intérpretes que, en más de una ocasión, lo emparentan con el Bergman de Persona o El silencio.
Por último, la soberbia banda sonora compuesta por Alexandre Desplat redondea las más importantes características de Reencarnación. El tema que abre el film, de un cierto aire mendelssohniano muestra a un corredor seguido por un larguísimo travelling de espaldas que nunca varía su posición. Ello sienta las constantes de la inmensa importancia que la música tendrá a lo largo del film. Más allá de un mero acompañamiento sinfónico, los temas de Desplat añadirán un inmenso bagaje para la completa comprensión de los estados anímicos y las situaciones de absoluta incomodidad en que los personajes se encontrarán. Siempre manteniéndose a distancia, aunque descubriendo un sinfín de matices, que van más allá de la imagen o los recursos actorales, y que sólo la música es capaz de dejar de manifiesto.
Empero, y muy a pesar de todos los aciertos mencionados a lo largo de éste artículo, Reencarnación no es una obra perfecta. Su problema radica, estrictamente, en la racionalidad a la que el film se va encaminando en su bloque final. Racionalidad necesaria para hacer lógica la historia aunque, inevitablemente, desluzca los niveles de solidez y atrevimiento que la película había alcanzado hasta entonces. No obstante, si aceptamos esta discutible última media hora y entramos de lleno en el juego que nos lanzan sobre la mesa sus creadores, hallaremos en Reencarnación una excelente película.
(1) Además de colaborar con Buñuel en los guiones de, por ejemplo, Diario de una camarera o La vía láctea, Carrière es un excelente guionista muy diestro en las historias menos convencionales. Sirva como ejemplo, la bizarra Max, mon amour dirigida por Nagisha Oshima en 1986.
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| EEUU. 2004. TO: "Birth". Dirección: Jonathan Glazer. Producción: Lizie Gower, Nick Morris, Jean Louis Piel, Wang Wei. Guión: Milo Addica, Jean Claude Carrière, Jonathan Glazer. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Harris Savides. Montaje: Sam Sneade, Claus Wehlisch. Dirección Artística: Kevin Thompson, Jonathan Arkin, Ford Wheeler. Vestuario: John A. Dunn. Duración: 105 minutos. Intérpretes: Nicole Kidman (Anna), Cameron Bright (Sean), Danny Huston (Joseph), Lauren Bacall (Eleanor), Anne Heche (Clara), Alison Elliott (Laura), Arliss Howard (Bob). |
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