Fidelidad y espíritu

Para todos los que, de alguna manera, lo sepamos o no, somos hijos de André Bazin, Francois Truffaut fue una suerte de hermano mayor, un iniciado, un guardián de la liturgia cinéfila que nos despertó la ambición del conocimiento, la sed de verdad por saber qué era el cine. Truffaut se destacó en el sacerdocio de la pasión por el cine, legándonos una serie de ritos y enseñanzas para transformar nuestras vidas como espectadores, escritores y artistas. Pionero de la Nouvelle Vague, fue un oficiante de la crítica vivaz, a veces grandilocuente, ya para defenestrar, ya para vindicar.

Como toda revolución, la Nouvelle Vague tuvo sus principios, sus acólitos, sus detractores, y por supuesto, sus traidores. Truffaut encontró en ese movimiento el sentido de su vida, y es por eso, que sus escritos están tan llenos de ella. Su escritura es una suerte de concesión del espíritu, pareciera que escribía con un profundo humanismo sobre cuestiones que excedían la letra. Cuando Truffaut escribía lo hacía filosóficamente, es decir, transcribía sus saberes y experiencias en un formato universal, aún cuando las intuía intransferibles. Es por ello, que, hoy, su literatura es sencilla, fresca, contagiosa, libre, amena, erudita, memoriosa y profundamente analítica. Truffaut escribía sobre directores como si fuesen amigos, sobre escritores como si fueran padres, sobre actores como si fueran directores y sobre actrices como si fueran amantes, confidentes o hijas amadas y perdidas. Cuando Truffaut amaba a alguien se notaba, su escritura lo delataba en las primeras frases. Y es que para él, la crítica era una extensión de la vida, de aquella vida tan particular, tan fugaz y tan plena que vivió en apenas 40 años.

Bajo la paternal mirada de André Bazin, Francois Truffaut realizó sus primeros trabajos de crítica cinematográfica en 1950. Dotado de una inagotable pasión cinéfila, escribió siempre a partir de una clave sentimental con renovada candidez —una de las piedras de toque de toda cinefilia— ante el hecho cinematográfico, siendo su mayor cualidad el don de la relación. Como casi toda la Nouvelle Vague, Truffaut supo conferirle forma y significado a una escritura que nació militante y terminó limitada. La virtud del subjetivismo fue enarbolada en un discurso irreverente, hoy acusado de afectaciones y poses políticas, que traficó ideas y pensamientos colectivos en un corpus articulado y fascinantemente caprichoso. La ventaja de Truffaut y sus compañeros fue la de conocer fehacientemente el medio tratado.

Entre muchas otras cosas, fueron su mirada vivaracha y su rebeldía inocente las cualidades que le confirieron una voz inédita en la crítica francesa. También fueron virtudes que le salvaron del anquilosado entramado en que a veces la Nouvelle Vague lo sumergía, y que le permitía, por ejemplo, constituirse una y otra vez en bastión contra la banalización y el menosprecio del cine comercial por parte de la burguesía establecida. Si algo se le puede alabar a Truffaut es la claridad de su subjetivismo en contra de la industrialización de la escritura crítica.

Siempre decía que los mejores ensayos de Bazin eran los más largos. Queriendo subrayar el hecho de que hubieran sido impublicables en cualquier otro medio que no fuese el Cahiers. Esa libertad, que permitió transformar una pasión en un hecho artístico fue lo que diferenció a Truffaut —y a sus compañeros de Cahiers— del crítico no cinéfilo, y también del cinéfilo común. Es que Truffaut reinventó la cinefilia, la obsesión, la reflexión y la ética, poniendo en claro la morada y la moralidad de la contemplación. Cuando hablaba mal de alguien lo dejaba en claro mediante superlativos lapidarios y comparaciones crueles. El cine inglés, la crítica contemporánea y el cine francés pre-Renoir, estaban entre sus víctimas preferidas. También inventó, o supo hacer suyas, muchas formas de críticas y ensayos que aún hoy seguimos copiando: el reportaje crítico, la declaración de principios mediante ejemplos contrapuestos (fue famosa su puesta en contra de la presión de los productores utilizando ejemplos totalmente opuestos de Renoir y Bresson), la biografía introspectiva, el ensayo novelado, el acercamiento anecdótico a los artistas para levantar una teoría y una visión del mundo a partir de actitudes e incidentes que rodeaban al hecho estético, etc.

Para Truffaut el espectador debía dar gracias por las imágenes proyectadas como los fieles ante la Gracia de Dios. Truffaut también coleccionaba rencores y menosprecios porque escribía en contra del espectador apático, del crítico superficial y no comprometido, proponiendo en cada ensayo, en cada sentencia, una petición de principios cuya autoridad estaba dada por su fundamento.

El bueno de Francois no gustaba de las medias tintas, sus críticas pueden casi separarse entre generosos homenajes y virulentas embestidas. Entre los homenajeados había figuritas repetidas como Renoir, Hitchcock, Ophuls, Rossellinni, Bazin, Sacha Guitry, Jean Cocteau, Henri Langlois, Jean Pierre Aumont, Welles, y muchísimos más. Y por supuesto las mujeres. Para Truffaut las mejores historias eran las historias de amor, y las mejores críticas eran las que podían extender su amor por las mujeres: Ingrid Bergman, Julie Christie, Fanny Ardant, Brigitte Bardot, Lillian Gish, Jeanne Moreau, Marie Dubois, Isabelle Adjani, etc.

Las historias familiares, los relatos de amistades se hacen presentes en sus ensayos, y constituyen lo mejor de su escritura. Es allí donde leemos el mejor Truffaut, el del ánimo distendido, que se confiesa más armonioso, más reflexivo e involuntariamente poético. En los años en que se dedicó a la dirección, no dejó de escribir aunque sí de publicar con cierta periodicidad. En esos años escribió muchos ensayos que parecen cartas de amor al cine, la mayoría del las cuales dejan traslucir un sentido agradecimiento por lo que el cine le dio a su vida.

Truffaut fue mejor crítico que cineasta, y mejor cinéfilo que crítico. No teniendo el talento de Godard ni el genio de Rohmer, su cualidad era más terrenal: capacidad de pensar en términos de cine el discurso crítico, y además, escribir siempre a partir de una creencia. Porque la Nouvelle Vague fue, de alguna manera, el sustituto religioso necesario para buscar un orden, un nuevo orden, para dotar de sentido al pensamiento cinéfilo: como si hubiesen querido crear un dogma sin saber cómo, con principios pero sin restricciones formales.

Truffaut escribió siempre con melancolía, con sensibilidad y a veces con sentimentalismo. Se dio cuenta que escribir sobre cine era la consecución de un pacto con la obra contemplada: completar la visión, la teoría y la confrontación a partir de las ideas de un autor/director.

Fue también un juicioso visionario. Culpó a la generalización del periodismo por la creación de la Nouvelle Vague, y fue el primero en reírse cuando vaticinaron su desintegración. Nombró con nombre y apellido a quienes serían los primeros artistas que descollarían surgidos en la nueva ola: Chabrol, Resnais, Edouard Molinaro, Rivette, Agnes Varda, Georges Franju, Michel Drach, Jacques Baratier, Marcel Hanoun, etc.

También pronosticó una "nueva" Nouvelle Vague y hasta una "post- Nouvelle Vague" estilística de la mano de nuevos realizadores como Ado Kyrou, Jacques Demy, Francois Reichenbach, Alain Jessua y Claude Sautet, entre otros. Reconociendo en todos ellos diversidad, conciencia, personalidad, pureza, ambición y la angustia necesaria para evolucionar.

Las críticas de Truffaut cumplen con creces, con lo mínimo que debe exigírsele a un escritor de cine: sugestión, erudición, visión, información y buen gusto. A partir de allí, el resto es solamente la distancia entre un escritor moderado y un gran escritor. Truffaut esgrimió la posibilidad de seguir ese camino, pero optó, sanamente, por la completud en el mundo fáctico. No le fue tan bien pero mantuvo intacta su humanidad.

Lo más valioso de Truffaut como crítico es, sin duda, su libro sobre Hitchcock. No porque sea el mejor escrito, de hecho, hay artículos de Cahiers que lo superan ampliamente en su faz literaria, sino porque es el más fiel al estilo, a la visión del mundo de Truffaut. Además porque es quizás la pieza escrita con mayor amor y respeto por la pasión de la cinefilia. Pocas veces un libro nos contagió tanta necesidad de ver, entender y crear cine, ¡Cuantas veces quisimos ser Truffaut a medida que dábamos vuelta aquellas queridas páginas!

Lo más genial de ese trabajo fue que Truffaut, quizás sin saberlo —o siendo plenamente consciente y prestándose al juego (he aquí la incertidumbre genial)— se convirtió en un actor más de Hitchcock, en un partenaire de lujo que estaba en el momento justo para que la estrella rematara cada chiste, cada recuerdo u ocurrencia con la frase más feliz.

Se lucía Hitchcock en cada capítulo y hoy entendemos que también lo hacía Truffaut con una sonrisa de oreja a oreja.

Por Juan E. Lagorio
tapa cahiers