Vivir su vida

Antoine Doinel se ha hecho mayor. Han pasado más de tres mil días desde que sólo (como si eso fuese poco) era un niño despierto y algo problématico, aquel entrañable niño viejo que hacía de las suyas en Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), y ya no tanto desde aquellos tiempos de su adolescencia en que no tenía mayor preocupación que la de cortejar a la joven Colette —El amor a los veinte años (Antoine et Colette, 1962)—. Ha transcurrido el tiempo suficiente para que haya podido entrar a formar parte del ejército, ése que se encarga de convertirnos en hombres, y también de abandonarlo, expulsado. Ahora, en 1968, se encuentra precisamente en ese momento de su vida en el que se le abren demasiadas puertas como para poder decidirse por una a la ligera. Todo un mundo lleno de posibilidades en el que, como todos nosotros, deberá abrirse su propio camino de la única forma que puede hacerlo, esto es, viviendo su vida. Se aleja de la muerte, como le recuerda uno de los personajes con los que se encuentra, practicando el sexo con prostitutas a las que frecuenta habitualmente, como aquella que también vivía su vida en la película de Godard. Todo esto mientras trata de robarle algún que otro beso a la difícil Christine y deambula de trabajo en trabajo, con la ayuda de cierto carisma y una bondadosa predisposición que le ayudan en más de una ocasión a contrarrestar cierta torpeza natural en él. No hay más que ver su encuentro con el detective veterano mientras ejerce de conserje, o su primera incursión de espionaje, ya siendo él mismo un sabueso, en la que es denunciado ante un gendarme por acoso. Afortunadamente su juventud también le proporciona unas buenas piernas para la huida. Tiempo habrá para la rutina, las desilusiones y las rupturas —como se verá en Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970) y Amor en fuga (L'ámour en fuite , 1978)—. Ahora es el momento de las ilusiones, las uniones y la incertidumbre, o lo que es lo mismo, la esperanza.

Los años tampoco han pasado en balde para un Jean-Pierre Léaud en el que a pesar de todo reconocemos fácilmente a aquel Doinel más joven que traficaba con máquinas de escribir robadas nueve años antes y al que Truffaut quiso conceder una vida (que en el fondo no es otra que la del propio director) después del impagable, melancólico y (des)esperanzador final de Los cuatrocientos golpes.

Como todo aquel que a quien no disgusta su trabajo, pero que tampoco lo disfruta especialmente (1), siempre he querido tener mi propio negocio, si se me permite el parentésis, que viene al caso. Y por encima de la clásica academia, el bar o el lupanar (sin duda el más próspero de todos), que también, mi mayor ilusión es la de montar algún día una agencia de detectives. ¿Un sueño quimérico? Puede ser, pero es el que tengo hace mucho y me da pereza cambiarlo, aparte de que me encantaría. Y una de las cosas por las que esta película me gusta especialmente es porque me veo reflejado en Doinel (más bien un reflejo de lo que me gustaría ser), y a la vez envidio sanamente la facilidad que tiene para conseguir ese trabajo (él es una de esas personas que siempre tiene el santo de cara, junto a ese carisma del que hablaba antes).

Sin necesidad de complicadas y enrevesadas tramas como aquellas en que se veían envueltos detectives como Jack Gittes o Philip Marlowe, la profesión le permite salpicar su vida con ciertas dosis de emoción y misterio que sin embargo, no terminan de devolverle la plenitud que pudiese sentir de pequeño cuando giraba en la noria, exento de preocupaciones. Le sigue faltando el elemento de cohesión, ese amor que las prostitutas no pueden proporcionarle, y que le cuesta obtener de Christine de la misma forma en que le costó obtenerlo de Colette en su día. Pero la vida nos enseña que hay que perseverar, y Doinel, como todo lo demás, eso lo aprende muy deprisa.

Como ocurre con casi todo el cine de Truffaut, y si digo casi es porque no lo he visto todo, no porque encuentre alguna excepción, Besos robados es una película tremendamente comercial, sin ínfulas de ninguna clase, siendo lo más pretencioso que puede encontrarse el hecho de querer prolongar la vida de un personaje perteneciente a un filme nueve años anterior, con el mismo actor representando el papel. Situaciones, personajes, diálogos, todo al alcance de cualquier tipo de público, quizá, y sólo quizá, en el polo opuesto al de otro (el otro) de los grandes buques insignia de la nouvelle vague, el señor Godard. Tan cercanos y tan distantes.

Y cinematográficamente hablando, tampoco encontramos demasiados alardes, poco más que el viaje de una carta hacia su destino a través de los subterráneos se escapa de una sobria puesta en escena que centra su atención en el magnetismo del personaje, siendo precisamente esto y la carencia de una historia pretenciosa los principales factores que contribuyen al buen sabor de boca que daja al acabar esta película episódica, sin un principio y un fin, sino solo vueltas y más vueltas a una noria (sí, otra vez la noria), esta vez más grande que la de Los cuatrocientos golpes , y de la que no podemos, no queremos bajarnos, ocupados en vivir nuestra vida como estamos.

(1) Truffaut escribió a los diecisiete años: «Considero al trabajo como una mera necesidad y a aquellos que no aman su trabajo como quienes no saben vivir.» Por eso mismo Doinel-Truffaut va itinerando de trabajo en trabajo. Cuando se desencanta con uno, busca otro.

Por Sergio Vargas
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