Las cenizas del tiempo
«Era un placer quemar.
Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas.
Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón
que escupía un kerosene venenoso sobre el mundo, sintió
que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un
sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los
incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia»
Ray Bradbury
Si ha habido un nombre influyente en la cinefilia mundial
en el último medio siglo, ese ha sido el de François Truffaut.
Y esta aportación capital la hizo desde la sencillez, alejada de
los galimatías culteranos de otros colegas integrantes de la nouvelle
vague. Aunque quizás alguien pediría una matización
al respecto: ¿no sería más acertado invocar la figura
de André Bazin, mentor, protector y sucedáneo de la figura
paterna? Emparejados como Sócrates y Platón, maestro y discípulo
encarrilaron una nueva forma de ver y entender el cine, intercambio que
se vio truncado por la prematura muerte de André, el 11 de noviembre
de 1958.
Eso no quita que a lo largo de su vida le pillásemos
en fragantes renuncios, como acostumbra a sucederles a quienes opinan
de todo desde muy jóvenes. Sus avatares como crítico están
repletos de comentarios malévolos, de vehementes discursos que
algunos terminarían usando contra el Truffaut director. El se defendía
de esta manera: «ya sé que tengo todo el aire de contradecirme,
porque lo que nosotros hacíamos era muy apasionado, pero era normal
entonces, pues necesitábamos destruir ciertas cosas, hacer que
la gente se apasionara por otras, necesitábamos absolutamente hacer
ruido.» (1).
El hombre que prefería el reflejo de la vida a
la vida misma realizó esta su primera y última película
en inglés en respuesta a una de sus pasiones más longevas
y sentidas: los libros. «Films-libros, libros-films, tal es el
engranaje de mi vida puesto que mi amor gemelo por los libros y por los
films me ha llevado a rodar 'Jules et Jim', homenaje a un libro particular,
o también 'Farenheit 451' que los engloba a todos.»
La fantasía original salió de la privilegiada
testa de Ray Bradbury (Illinois, 1920), escritor especializado en la anticipación
científica pre-ciberpunk, ya saben: mundos infelices progresivamente
deshumanizados donde la tecnología se dedica a castrar emocionalmente
al individuo. Las ocupaciones de este narrador de pesadillas han sido
variopintas, desde que a los doce años decidiese que iba a escribir
cada día no menos de cuatro horas: el mundo del teatro, la escritura
de guiones cinematográficos, para la radio y televisión...
Yo estaría por recomendarles directamente sus poesías, pero
los que de esto entienden señalan como señeros (amén
de su Farenheit 451 (1953)), Crónicas marcianas (1950),
Leviatán 99 (1966) y Mucho después de la medianoche
(1977).
En un futuro no muy lejano, la especie humana ha dado
el salto evolutivo "definitivo": prescindir de los libros y
volcarse en la evasión desprejuiciada de la pantalla (algo impensable
en la actualidad, donde Negro sobre Blanco, Metrópolis o
Días de Cine copan los primeros puestos del share,
en detrimento de Salsa Rosa, Corazón, Corazón y demás
programas marginados por un público responsable y selectivo). Lo
más grande que le puede pasar a un habitante de este plató
donde el drama está vetado es tener sus quince minutos de gloria
catódicos, desarrollando algún papelito en el psico-reality
de turno... recuérdese que estoy hablando de una ficción
que se ha demostrado a todas luces exagerada, hiperbólica, casi
demencial.
Este auténtico paraíso de Chabelis y Pocholos
cuenta con una policía para velar por el analfabetismo colectivo.
Nada más y nada menos que el cuerpo de bomberos, reconvertido en
una expeditiva unidad que a golpe de llamarada y hoguera de campamento
da buena cuenta de revistas, volúmenes y demás ejemplares
capaces de deformar la mente de niños y adultos.
¡Si es que es verdad! Con lo difícil que
ha sido la conquista de la felicidad masiva, como para que la gente vaya
por ahí devorando historias poco edificantes, dándole vueltas
al tarro y elucubrando sobre la condición humana, por culpa de
cuatro plumillas de tres al cuarto. Una aberración, vamos. Menos
mal que nuestro sapientísimo Estado ha sabido tomar las medidas
adecuadas... (por cierto, si le echan un vistazo al plan de estudios de
sus hijos quizás lleguen a la conclusión de que la conspiración
hace tiempo que comenzó. Por si acaso, vayan poniendo a buen recaudo
lo más selecto de sus bibliotecas en el falso techo).
Existen, con todo, pequeños núcleos resistentes
dispersos por la gran ciudad. La gente se las apaña para esconder
el perverso material en los lugares más insospechados, tratando
de burlar los exhaustivos registros de los bomberos pirómanos.
Pocas veces lo consiguen, porque en sus filas hay gente muy profesional,
verdaderos amantes de su oficio...
Es el caso de Montag, que se complica la vida trabando
conocimiento con una lectora dispuesta a contagiarle tamaño vicio.
Su horrorizada esposa verá como el muy insensato comienza a devorar
libros, sin dejar de preguntarse qué habrá hecho ella para
tener que cargar con semejante cruz. ¿No podría haberle
salido borracho, como el vecino del tercero?
Imagínense la esquizofrenia que provoca tener que
seguir quemando los libros que ahora uno venera. El doble juego no durará
mucho: no tardará en recibir la cordial visita de sus compañeros
de trabajo, dispuestos a montar una fiesta de las buenas en su casa, con
la garrafa de gasolina y unas cuantas cerillas. Nuestro héroe apenas
tiene tiempo de huir despavorido, vagando entre la nieve.
En el exilio helado, Montag conocerá a hombres
dedicados a la perpetuación del recuerdo, a evitar que caiga en
el olvido el conocimiento acumulado en siglos de caligrafía e impresión.
En un retorno al medioevo -elemento común a tantas y tantas vitriólicas
aproximaciones al futuro por parte de la ciencia-ficción-, la transmisión
del saber vuelve a hacerse de forma oral, memorizando novelas que a su
vez serán aprendidas por aplicados pupilos en la hora en que a
uno le toque morir (y junto a uno, la posibilidad de que perezca un libro,
un mundo entero).
Fahrenheit 451 no es solamente la temperatura a
la que arde el papel de los libros. Es también una de las películas
por las que más palos le llovieron a su director, embarcado en
una aventura que le llevo cuatro años, con continuas reescrituras
del guión. Cuentan que el protagonista (el Oscar Werner de Dos
hombres y una mujer (Jules et Jim, 1961) en substitución de
Paul Newman, primera de las opciones barajadas (2)), no se llevaba
precisamente bien con su parternaire...
Algunas de las dificultades con las que se encontró
rallaban directamente en lo absurdo. "Los abogados hollywoodenses
de la Universal querían que no se quemaran los libros de Faulkner,
Sartre, Proust, Genet, Salinger, Audiberti...: "Limítese a
los libros que pertenezcan al dominio público", decían
por temor a eventuales demandas". Súmese a esto que el
tiempo ha hecho mella en algunas soluciones formales adoptadas por su
director, quedando ciertamente kitsch determinados efectos especiales.
Pero quedémonos con lo bueno. Esos títulos
de crédito leídos en voz alta (¿para ese espectador
del futuro que ya no sabrá leer?), la música de Bernard
Hermann, el desdoblamiento de una impecable Julie Christie y, en definitiva,
el rotundo homenaje a la literatura de un hombre que amaba a los libros...
casi tanto como a las mujeres.
«La sola sospecha de que en el futuro el arte
resultará devorado por la ciencia me angustia. Todos los días
topamos con personas que desean la destrucción de la sabiduría
humanista recogida por los hombres para poder manejar a éstos como
máquinas. Hitler, sin ir mas lejos. El tema de Fahrenheit 451 surgió
de esta obsesión y del descubrimiento de un documento de 1790 que
exigía a los bomberos norteamericanos la quema de cualquier libro
de influencia británica en las colonias. El firmante de esa orden
era nada menos que Benjamín Franklin».
Ray Bradbury (3)
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