Ménage à trois
1959 fue el año de la Nouvelle Vague. Qué es exactamente éste movimiento, cuáles fueron sus constantes o qué tipo de reivindicaciones artísticas perseguía es algo que ni los mismos cineastas que siguen hoy en activo recuerdan. No obstante, haciendo algo de historia (prehistoria, deberíamos decir) y centrándonos en el mencionado año, vemos que el pistoletazo de salida de la Nouvelle Vague queda simbolizado en tres películas: Al final de la escapada de Godard, Hiroshima, mon amour de Resnais y Los cuatrocientos golpes de Truffaut. De todas ellas, sólo ésta última ha logrado soportar el paso del tiempo con serenidad y aplomo. El resto, se ha ido encaminando hacia un presunto impacto narrativo, en el fondo titubeante y autosuficiente, ya del todo superado (Hiroshima, mon amour) o a una extrema inconcreción formal y estilística, que pretende hacer pasar por revolución artística lo que no es más que pedantería y narcisismo (Al final de la escapada). ¿Por qué Los cuatrocientos golpes en particular y François Truffaut en general se mantienen a flote cuando los otros naufragan? Sencillamente, porque para Truffaut un travelling nunca ha sido una cuestión de moral, sino un movimiento de cámara. Y, si bien su filmografía contiene baches relativamente profundos y acabó desembocando en una evidente contradicción con lo expuesto en 1954 en su célebre artículo Una cierta tendencia del cine francés, su más que reconocido dominio de la narración clásica y su contagiosa pasión por el cine hacen que, incluso sus peores obras (veremos que Jules et Jim puede estar incluída en este grupo), estén arropadas de un inmediato y pocas veces decepcionante interés.
Asimismo, resulta curioso comprobar que las mejores películas de Truffaut o, como mínimo, las que mejor han soportado el transcurrir de los años pertenecen a, por llamarlo de alguna manera, su flanco más comercial. Farenheit 451, La sirena del Mississippi, Las dos inglesas y el amor o La noche americana se erigen en algunos de los títulos más logrados del cineasta, a pesar (o quizá por ello mismo) de apartarse de los dogmas cinematográficos con los que el movimiento había nacido y que, muy poco tiempo después de 1959, sólo Godard continuaba reivindicando. Ante ello, Jules et Jim se presenta, en la actualidad, como un título menor poseedor de todo el interés al que antes hacía referencia, aunque lamentablemente lastrado por un Truffaut excesivamente ecléctico.
Me explico. La película es una adaptación de la novela de Henri-Pierre Roché, con la que Truffaut sintetiza su discurso contra el cine "literario", que había sido uno de los más recurrentes temas en su artículo y que ya había esbozado con la natural inmediatez de Los cuatrocientos golpes. En efecto, Truffaut adapta a Roché pero no desde un prisma academicista o simplemente ilustrativo. Truffaut reconvierte a su estilo y manera de mirar el cine (al menos, la manera que tenía de mirarlo a comienzos de la década de los sesenta), las letras de su admirado escritor (1). Empero, el problema de Jules et Jim comienza cuando el cineasta acopla las formas de la película a una coyuntura determinada, haciéndola jugar a tres bandas.
Primero, Jules et Jimes hija directa de su tiempo, de un momento histórico y social determinado y de una forma de entender el cine mucho más dependiente de cuestiones ideológicas que cinematográficas. La temática de la obra responde al grito de rebeldía de una juventud inconformista y contestataria, que tendría su cenit en el mayo francés del 68 y que tan admirablemente supo exponer Bertolucci en su espléndida Soñadores hace un par de años. El triángulo formado por Jules, Jim y Catherine, sus constantes escarceos amorosos y la solidez de una amistad inquebrantable muy a pesar de su interdependencia, son directa proyección de los deseos de dicha juventud, en un marco que va desde una guerra en Vietnam que ya comenzaba a levantar ampollas (la referencia a la Primera Guerra Mundial que ocupa la parte central del film) a un concepto libérrimo de las relaciones humanas en el que nadie se superpone a nadie (la relación entre ambos amigos, de extrema cordialidad muy a pesar de las circunstancias). Una juventud liberada y liberadora que clamaba contra un sistema opresor y deshumanizado que, paulatina e inconscientemente, iría absorviéndolos e integrándolos en la maquinaria burguesa. Es quizá por ello que la valentía temática de la película ha quedado sepultada por la perspectiva que ofrecen los años, restándonos ahora los residuos de un período concreto al que la cinta de Truffaut está excesivamente pegado.
Segundo, de igual manera, el aspecto visual del film tiende a una peligrosa delimiticación temporal. Los elementos que en 1961 podrían causar sorpresa y admiración (la congelación de algunos fotogramas en momentos determinados, la cámara excesivamente móvil y siempre pegada al rostro de los actores,...) resultan hoy de todo punto superados, tanto por el abuso que de todos estos recursos hizo la Nouvelle Vague, como por la "apropiación" hecha por los cineastas del Free Cinema inglés. Ello conlleva a que éstas (llamémoslo así) licencias visuales, desplacen la atención del espectador hacia las características formales del film y, en más de una ocasión, dejemos de lado los avatares de los tres protagonistas. Por otra parte, la puesta en escena de Truffaut resulta desigual, oscilante entre un buen número de momentos deslumbrantes (el beso entre Jim y Catherine con la ventana de fondo; el suicidio final) y otros rayanos a la ramplonería (el encadenamiento de secuencias iniciales; la chapucera utilización de las imágenes de archivo).
Tercero, y muy a pesar de todo esto, Jules et Jim exhala un contundente halo de clasicismo que, en más de una ocasión, puede remitir al mismísimo Max Ophüls. Y este puede ser, sin ningún género de dudas, uno de las mayores problemas de la película de Truffaut: la imposibilidad de conjugar los parámetros transgresores de la Nouvelle Vague con la mirada puesta en el clasicismo. O, incluso, su inversa. Truffaut construye un puente entre la ortodoxia cinematográfica tradicional y la heterodoxia destructiva del movimiento francés. El resultado queda oscilante entre ambos, sin adherirse a ninguno de ellos, perjudicando el resultado de una pieza arriesgada pero no totalmente complaciente.
En definitiva, Jules et Jim es un compendio de las virtudes y defectos de Truffaut. Es posible (lo reconozco) que haya sido un error juzgar desde la mirada fija en el 2005 lo que impactó en 1961. Sin embargo, tengamos en cuenta que el valor de una obra de arte es, precisamente, su trascendencia y atemporalidad. El que una película haya sido estandarte o sinónimo de libertad en unas circunstancias y en unos momentos concretos, no le da validez eterna ni la exime de sus errores. Y Jules et Jim, aún a pesar de su evidente interés, lleva consigo el lastre de lo irregular.
|