Tributo sincero y suficientemente logrado
Que Truffaut sentía más que admiración por el maestro de maestros Alfred Hitchcock es historia del cine. Su libro de entrevistas con el genio pasa por ser la biblia de la cinefilia (o al menos de algunos que nos creemos lo suficientemente entaradillos para hablar de cine). Esa admiración le llevó incluso a hacer con esta película un más que sentido homenaje, lamentado en realidad por algunos, pero que sin llegar al nivel del dios inglés (¿alguien ha llegado?), se deja ver más que de sobra bien.
Truffaut nos presenta a una mujer desquiciada y suicida a la cual tan sólo mantiene viva el deseo de matar. Al principio sólo vemos lo que hace, pero no sabemos por qué. Lo cierto es que cuando lo sabemos, nos parece lo de menos. Pero la mala baba y buen hacer (en algunos de los casos, porque lo del primero no se lo tragan ni los hooligans de la nouvelle vague) de la psicópata, y sobre todo la espléndida parte final tras un comienzo un tanto dubitativo y muy inverosímil, la convierten en una obra a tener muy en cuenta; que se lo digan si no a Quentin Tarantino y a su novia carnicera.
Sin embargo el francés no es un simple imitador del maestro. Al contrario que aquel, Truffaut abandona a su suerte a las subtramas, de la película. Cada vez que intenta seguir una (en la práctica sólo lo intenta con una), o resulta demasiado simple o directamente la desecha al poco tiempo. Los poco perfilados personajes secundarios no le interesan en absoluto, y cuando les presta un poco más de atención en general no pasan de ser meros caracteres de relleno sin profundidad ni interés. El director presta atención exclusiva a la novia (que no, que no me he confundido de película ni hablo de Uma Thurman), una Jeanne Moreau retratada esplendorosa, que acapara la práctica totalidad de los planos de la película con su gesto adusto y gélido. Descaradamente, al igual que el maestro, Truffaut nos hace simpatizar con ella, desear el éxito de su macabra misión, enamorarnos de la cruel asesina. Por lo tanto la construcción de los personajes no es casual, y aunque Hitch les daba una mayor entidad, tenía más interés en ellos, al menos en cuanto a la indefinición moral, esta película es equivalente a casi todas las del director inglés.
Por cierto, que el tener a Bernard Herrmann, el autor de las mejores partituras de las mejores películas de Hitchcock, componiendo la banda sonora, y además muy del estilo a las que componía para el maestro, colabora en la identificación del estilo del film con aquellos de los que bebe.
Por lo tanto se puede decir que tampoco se trata de una película muy Truffaut. Visualmente sí responde a su estilo, un tanto desfasado en la actualidad, pero de gran aceptación en su época. Quizá posea también un aire retro (o así se consideraría hoy en día), no sólo en lo que se refiere a vestuario y ambientación —los modelitos de Jeanne Moreau harían furor hoy por la calle...—, sino a la realización más clásica que le imprime Truffaut, no en el sentido del cine clásico americano propiamente dicho, pero sí respecto a las ideas de la nouvelle vague o del free cinema. En ese sentido quizá sea una de sus películas, entre las que yo he visto, menos personales, puesto que temática y estilísticamente dista mucho del corpus principal de la primera parte de su filmografía (la segunda parte de su obra fue variando mucho su estilo hasta resultar, no tanto como irreconocible, pero sí mucho menos personal, siendo más deudora de la cinefilia de Truffaut que de sus primeros deseos de renovación del cine).
François Truffaut es un icono de la cultura cinematográfica europea e incluso mundial. Uno de esos iconos que no comprendo muy bien cómo han llegado a donde están, pues si bien es un cineasta representativo de un tiempo y una visión del cine, además de autor de unas pocas grandes películas, la mayor parte de su producción ha envejecido muy mal y está ciertamente sobrevalorada.
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