Elogio del amor
A pesar estar realizada justo después de la segunda aparición del entrañable Antoine Doinel en
Besos robados (Baisers volés, 1968), lo cierto es que la película que nos ocupa se asemeja
hasta tal punto que podría considerarse un sucedáneo del anterior largometraje de su director, La novia
vestida de negro (La mariée était en noir, 1968) al abarcar ambas un concepto abstracto y fatal
sobre el amor y los acontecimientos que puede generar éste llegando a cambiar o mejor dicho a obcecar a alguien a
actuar de manera aparentemente ilógica a causa de él.
Y es que ¿hay más ilógico que el amor?, seguramente el gran tema que ha hecho pensar, hablar y escribir a las más diversas mentes del planeta durante toda su humanidad y que el cine ha sido incapaz de dejar de lado dando multitud de muestras, mejores, peores, objetivas y subjetivas.
Quien mejor que François Truffaut, sin duda el más romántico de los cineastas y el que se ha atrevido a hablar acerca del amor en sus películas abarcando un sinfín de maneras de verlo y de sufrirlo. Su entera filmografía versa sobre ese desconocido acompañante maquillado en múltiples realidades. No es de extrañar que mucha gente afirme que el personaje principal de El amante del amor (L´homme qui ammait les femmes, 1977) sea una ficcionalización del propio cineasta por supuesto exagerado y moldeado para el largometraje pero no van muy desencaminados ya que si uno se fija, en el funeral del protagonista al que solo asisten mujeres, el único hombre que aparece en la calle es el propio Truffaut efectuando un cameo para nada gratuito.
Sin desviarme más del tema que nos ocupa con anécdotas cinéfilas, la comparación que establecía antes con La novia vestida de negro tampoco era gratuita. El impulso de venganza que siente una mujer a matar a todos aquellos que le arrebataron a su marido hace que el amor por su marido muerto sea su sustento, su empuje diario a aplacar la fuerte moral que impediría a cualquier ser humano a quitar una vida. En La sirena del Mississipi, el director francés estira más la cuerda ofreciéndonos un paso más en la que sin duda alguna es una de las historias de amor más tristes del cine y que sería una continuación no argumental sino moral de las andanzas de la novia. Aún cuando ambas películas no tienen nada que ver temáticamente ni los personajes son los mismos, la intencionalidad y sobretodo la sensación que deja al acabar es superior en La sirena... que en La novia...
Truffaut cambia los asesinatos de una mujer por una relación tormentosa, malsana y fatalista de una pareja CONDENADA a amarse. No es otra la cruz que arrastran, Louis y Julie están condenados a amarse a pesar que en un momento de la película él la sigue para matarla, y ella lo envenenará poco a poco, pero todos los esfuerzos son inútiles. Ambos viven en un círculo propio en el que solamente tienen cabida ellos dos y les guste o no ese es su destino.
Si la película se tuviera que definir en una frase, ésta sería la que pronuncia Louis: «No soy feliz con ella pero no puedo vivir sin ella». En esta frase radica el verdadero espíritu de la cinta. El amor es gozo, pero es también sufrimiento, un amor que duele y hace daño, un amor por el que Louis se deja envenenar porque no le importa nada, un amor por el que se ha dejado arrastrar pasando de su feliz estancia en la isla de Reunión disfrutando de su fortuna para seguir a la mujer que ha suplantado a la que debía casarse con él y que le roba empujándole a él a seguirla, a matar por protegerla, a dudar, a conocer en definitivaza la cara más amarga de la vida. A pesar de barnizarla con la capa de género negro, mezclado con el drama más pasional, lo que ofrece Truffaut es un viaje a través del lado más oscuro del amor y del dolor, de la humillación, de los celos y de la dependencia total de una persona de la que no puedes desprenderte a pesar de ser consciente de tu propia autodestrucción en su compañía. Cercana al cine de sospecha de Hitchcock, el amigo François del mismo modo que en películas del admirado cineasta británico como La sombra de una duda (The shadow of a doubt, 1943), Sospecha (Suspicion, 1941) o Encadenados (Notorious, 1946) por poner un par de ejemplos, siembra la película de constantes dudas acerca de las intenciones de ambos ya que durante todo el metraje a pesar de aparentemente ser él el que sufre las consecuencias, no se salva ninguno porque el cambio que experimentan ellos dos es inverso llegando a estar equiparados y equilibrados en el plano final.
Mientras que Louis es una persona normal que se ve arrastrado a un torrente de pasión y locura por ella, los instintos asesinos de Julie y su carácter de ladrona que se ha forjado desde la infancia, irán menguando cuando empieza a amar realmente a su marido a pesar que quiera matarlo hasta llegar ambos al punto sin retorno, el punto en que ambos son iguales y están condenados a amarse pues esa será su caída, su perdición, su fin.
Porque Truffaut, muy hábilmente se esconde los ases en la manga dejándolos caer sutilmente como hacen los verdaderos maestros. Lo verdaderamente importante siempre es la información que subyace, aquella que está enterrada pero que acaba saliendo a la luz si se le busca. Mediante la excusa del amor, Truffaut elabora una película que versa realmente sobre la manipulación humana. El amor no es nada más que un medio para conseguir sus propósitos. Y Julie se aprovecha de ello, toda la película no es más que una muestra tras otra del poder que puede ejercer una persona en otra manipulándola a su antojo, desde el punto de vista económico (Louis le da firma en sus dos cuentas), físico (Julie no siempre está dispuesta a acostarse con su marido y muchas veces le rechaza) y moral (Louis acabará matando por ella aunque no se lo pida), si bien la propia Julie no podrá escapar de la manipulación que ejerce sobre ella su marido ya que al final cuando lo envenena ella siente remordimientos al comprobar que él es consciente de su situación y se deja matar poco a poco por amor, siendo ella la que lo cuidará a partir de entonces.
Con la inestimable ayuda de su pareja protagonista, Truffaut moldea unos personajes ricos en matices que sus actores encajan a la perfección. Catherine Deneuve crea una mujer fatal fría, bellísima, distante pero a la vez torturada por su pasado y por sus remordimientos hacia su marido más cercana al tipo de mujer que encarnó Barbra Stanwyck en Perdición (Double Indemnity, 1944) o a Marlene Dietrich por su fuerza que a mujeres fatales características por sus "baby faces" que nunca han roto un plato como la Jean Simmons de la película de mismo título de Otto Preminger. Su contrapunto, Jean-Paul Belmondo es un hombre aparentemente normal que se va transformando en un ser cada vez más frío, y que como ella afirma en un momento de la película "Ya no me tratas igual de bien que antes" Su pasión se va convirtiendo en dependencia y su ética va cambiando hasta llegar a ser un fugitivo y un asesino, siempre huyendo de la típica imagen dura que se tiene de los asesinos. Louis no es más que un hombre corriente atrapado en unos propios sentimientos que desconocía hasta que Julie entró en su vida.
El director basa toda su puesta en escena en función a sus protagonistas siendo ellos los que hacen avanzar la acción con grandes momentos como aquel en que Louis conduce desesperado hacia el banco mientras oímos en off lo que sucederá que es el comprobar que ella se ha marchado con todo su dinero. El rostro de Belmondo imaginándose lo que le espera mientras nosotros oímos lo que sucederá es impagable del mismo modo en que Truffaut iguala a los dos personajes mediante una simple panorámica. Cada vez que uno de ellos se sincera explicando su verdadera naturaleza, Truffaut lo encuadra en primer plano panoramizando mientras se mueve por el decorado. Los iguala en encuadre pero los separa por espacio, acentuando esa dualidad de "ni con ella ni sin ella". Julie confiesa su pasado en la habitación de hotel mientras la cámara le sigue en un primer plano mientras que él lo hará en una terraza al aire libre encuadrado de la misma manera. Pero sin duda el momento más bello es el plano final, ellos dos desapareciendo en la nieve juntos, abrazados, caminando hacia su destino que parecen haber aceptado. Y es que Truffaut compone un juego de escenarios muy acorde con los sentimientos de los personajes creando una progresión espacial a través de las localizaciones que son cada vez más frías a la par que sus corazones. Del principio en la paradisíaca isla de Reunión donde se conocen al sur de Francia cuando se reencuentran y empiezan su relación sin mentiras para introducir un plano de Louis en un overcraft, lloviendo cuando se produce el cambio de la felicidad a la sospecha y la toma de conciencia que no tiene vuelta atrás que es cuando vuelve a la isla para vender su fábrica y conseguir dinero para huir con ella. Ahí comienza el principio del fin, para terminar en el paisaje nevado de la frontera francesa con Suiza donde los dejamos, donde sus sentimientos son fríos porque ellos dos son fríos, la nieve no es más que la extrapolación de sus corazones, de lo que el amor ha hecho con ellos.
Como no podía ser menos en las películas de Truffaut y en muchas de los cineastas de la Nouvelle Vague, los pequeños guiños cinéfilos inevitables en sus juegos que cuelan película tras película, adquiere seguramente consciente una doble broma cuyo protagonista es Jean-Paul Belmondo. En una secuencia, la pareja protagonista sale del cine de ver Johnny Guitarr, y Catherine Deneuve comenta que efectivamente como él le había dicho, la película es excelente. La doble broma se debe a que en Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965) de Godard, Belmonfo también recomienda a alguien ir a ver Johnny Guitarr ya que la están poniendo en el cine porque «No es una película cualquiera, es Johnny Guitarr!!!».
La película conoció un más bien desastroso remake hace un par de años dirigido por Michael Cristofer (Original sin, 2001) protagonizado por Antonio Banderas y Angelina Jolie basado en la misma novela de Cornell Woolrich en la que se basó Truffaut que se quedó tan solo en un par de apuntes acerca de la pasión obviando toda la carga psicológica y autodestructiva de la visión más fatalista que le imprimió Truffaut, aunque también es cierto que las necesidades e imposiciones de Hollywood simplifican por sistema cualquier intento de profundizar en un tema que daba mucho más de si en aras de una sucesión de localizaciones exóticas, una pareja protagonista sexualmente atrayente y una trama más cercana al thriller puro con asesinatos incluidos que en la reconstrucción moral de una pareja humana.
Como suele ocurrir, por suerte nos queda la original sirena del Mississippi para nuestro deleite y comprobar una vez más que para hablar acerca del amor, pocos cineastas lo hicieron tan humanamente como el señor François.
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