17 de marzo de 2011
Apreciada Sra. Dunn,
Ha llovido mucho desde mi primera y última carta enviada a estas señas. Desde aquel entonces, he recibido dos escuetas misivas suyas, más próximas al telegrama que a este género epistolar del que los dos demostramos ser tan poco entusiastas. Una en la que dejaba cumplida constancia de su inminente boda (si, olvidé el nombre completo de su marido, por eso continúo utilizando su apellido de soltera) y una segunda —poco más extensa— donde supe del nacimiento de su hija Maggie, con fotografía incluida de esa morena en miniatura que me mira sorprendida desde la pared que limita dos de los lados de este escritorio.
La nuestra es, huelga decirlo, una correspondencia poco fructífera y escasamente abonada a las confidencias, en tanto y cuanto viene motivada por un extraño sentimiento de culpa compartido por ambos. Y no haga que no con la cabeza. Espero, con todo, que siga usted por ahí, pues existen pocas cosas más frustrantes que recibir de vuelta sobres repletos de amargura que nadie ha leído. Pero qué sabrá usted de eso…
Tampoco sé si habrá tenido tiempo para reflexionar sobre la clase de hombre que era su padre. Le seré sincero: me es del todo indiferente. Por mi parte, aprendí —no sin esfuerzo— a perdonar las miserias de mis semejantes: padres que un buen día huyen para siempre de hogares malsanos, hijas que nunca olvidan, mujeres a las que tanto les da.
Pero en primer lugar, presumo que querrá saber algo más de mí. Quizás se trate de esa maldita necesidad que tengo de lanzar monólogos en la penumbra de los vestuarios. Da igual: no pienso desperdiciar la ocasión.
Definitivamente, aquello ya no daba más de sí. La espantada de su señor padre —aunque deba de reconocer que no se llevó nada que no le perteneciese— y el escaso número de abonados, hizo que la situación en el gimnasio se tornase insostenible. Cierto que había conocido tiempos peores, pero hasta entonces no había tenido que ser yo el que cuadrase las cuentas.
De la noche a la mañana me encontré sumando cifras que jamás tenían tres ceros, transformado en un cicatero que controlaba la cantidad de desinfectante malgastado en los inodoros, los gramos de matarratas y las costuras de los sacos. Seguro que Frankie hubiese disfrutado viéndome desde lo alto, con aquella sonrisa de hijoputa suya (perdone mi vocabulario: aunque siga asistiendo a clases nocturnas nunca he creído que hablar bien sea signo inequívoco de buena educación). Un ridículo intercambio de papeles donde el mendigo ha pasado a ser el príncipe… de un lodazal inmundo, cierto es.
La reaparición de Peligro me sirvió durante una temporada para sobrellevar la ausencia de su padre. Y eso que nunca pensé que podría extrañarle: Frankie no era ni mucho menos del tipo hablador; tampoco yo un fabulador amable de esos que despiertan simpatía con un guiño, una palmadita en el hombro o una invitación inesperada.
Cualquiera puede perder una pelea. Eso fue lo que le dije a Peligro , movido por la conmiseración, alentado por la lástima. En esas circunstancias somos capaces de hacer y de decir las mayores sandeces. Y Peligro era lo suficientemente idiota como para creer cualquier cosa, por inverosímil que esta fuese, mucho más allá del instinto de conservación… es decir: una víctima ideal de chanzas y dislates, el sparring preferido de medio gimnasio.
No, no hay ninguna magia en prolongar una batalla más allá de la propia resistencia.
Peligro disputó tres peleas en el circuito amateur. Su peso indefinido hizo imposible encuadrarle en ninguna categoría contundente, así que sus tres palizas fueron discretas y bastante llevaderas, de esas que uno puede encajar un sábado por la noche si se adentra por la calle equivocada en el barrio donde vivo. Luego… luego se mudó junto a su madre y su padrastro a un nueva madriguera donde empezar de cero, en pos de una nueva lona donde caer maltrecho, vencido por los golpes bajos de la vida.
¿Le he hablado alguna vez del padre Horvak? No sé si conocía las veleidades religiosas de su progenitor… yo tampoco lo hubiese definido nunca como un hombre de férreas creencias, pues el fracaso continuado termina por inutilizar cualquier paracaídas religioso que uno, torpemente, trate de ceñirse a la espalda.
El caso es que mi ex—jefe amanecía todos los días rodeado de viejas y pecadores exhibicionistas, sentado en el penúltimo banco de esa parroquia desangelada que se alzaba cerca del Astoria, antes de que la tirasen abajo para erigir un mall asimétrico coronado por una hamburguesa de cartón piedra. Traté de dar con el dichoso sacerdote para que se ocupase de las exequias de su padre, pero en la archidiócesis no me supieron dar más señas de él… sospecho que colgó los hábitos, vencido por K.O. técnico a manos de un feligrés insufrible, un fajador nato llamado Frankie Dunn. Para variar, es bueno saber de alguien que tira la toalla a tiempo.
Al comenzar la carta no sabía muy bien cómo decírselo. Aunque usted debió de adivinar de inmediato el motivo: a fin de cuentas, los ausentes sólo se manifiestan para dejar constancia de decesos y catástrofes varias. ¿Me ha faltado delicadeza? Perdóneme: podemos achacarlo a un claro caso de deformación profesional. Cuando uno ha recibido tantos golpes olvida que existen otras formas de contacto humano… que no implican forzosamente un gancho de izquierdas.
Sí, Frankie murió hará unas dos semanas, con el invierno. Recibí una llamada a cobro revertido, desde un recóndito villorrio cercano a Theodosia. Me costó localizarlo en el mapa de carreteras —quizás tuviese algo que ver que sólo cuente con una vieja guía de la GM editada en el año 72— y emprendí un trasiego de 10 horas de autobús en autobús hasta una apartada casucha de madera, situada en uno de los márgenes de la carretera.
Allí estaba. Rígido y reseco, agrietado por el peso de la culpa. Una culpa en la que todos —incluida usted— debemos de tener participaciones. Me senté a su lado, alentado por el gesto de una matrona oronda que debió de hacer más llevadera la vejez de Frankie.
No he conocido a ningún moribundo locuaz. Si hay una situación en la que las palabras estén de más, esta debe de ser la muerte y sus preliminares. ¿Qué decir, de qué hablar? ¿Correr el riesgo de ser recordado por una frase dicha a destiempo, algún ripio consecuencia del aburrimiento de tan larga espera?
No, Frankie no tuvo el mal gusto de hablarme de sus últimos años. Pude imaginármelos perfectamente, recorriendo con mi ojo los recortes de periódico con que tenía empapelada su habitación. Hablaban de un pasado no tan remoto: de peleas a muchos asaltos, de un púgil negro que prometía y se quedó en encerador de suelos, de otra Maggie a la que rebautizó ‘mo cuishle' … hay gente que se queda atontada sobre el ring, incapaz de sortear las cuerdas y abandonar el cuadrilátero, sin la menor posibilidad de adivinar la dirección de la que provendrá el siguiente guantazo, en espera de un árbitro conmiserativo que ponga punto y final a un combate siempre amañado.
Sí, Frankie era único deteniendo hemorragias, poniendo barreras a la sangre ajena, evitando que el show quedase deslucido al quedar salpicados los espectadores de las primeras filas. Y cuando alguien le preguntaba por sus heridas, él nunca contestaba (o lo hacía en gaélico, otra forma como otra cualquiera de salirse por la tangente). Fue así como se desangró delante de mí sin darme cuenta, sin prestar atención a aquél goteo constante que dejaba siempre tras de sí.
Repartámonos, pues, la culpa. Yo podría aducir ceguera (y tampoco mentiría en demasía, pues hace tiempo que todo lo veo turbio, empañado por un velo cada vez más denso) y a usted… ¿qué eximentes se le ocurren? Le puedo dar alguna idea, si en verdad cree que podemos escapar de ciertos juicios: mezquindad, resentimiento, cobardía. Son males bastante comunes, así que creo que Él se mostrará benévolo con usted.
En cuanto a mí, no espere perdones. Estoy en mi derecho, como amigo —o algo así— de Frankie. Deseo francamente que su hija crezca sana de espíritu, ajena al enfermizo orgullo materno que le impidió llegar a conocer a su abuelo. Hágame un favor y engáñela: edúquela en la creencia de que los hombres perdonan y a veces hasta olvidan. O por el contrario, sea sincera: después de todo, está legitimizada para odiar por la inexplicable ausencia de un padre cuyas razones jamás se esforzó por comprender.
Suya es la elección.
Atentamente,
Eddie Dupris
|