Invisibles lágrimas sobre tarta de limón
Habiendo adquirido ya el hábito de ser un perdedor, lo que antes se me antojaba una suerte insoportable, me concede ciertos privilegios, como es el no esperar ya demasiado de la vida. Se puede decir, que me he ganado cierta inmunidad a las decepciones. He estado cerca de tantas y tantas personas que al final no han alcanzado sus sueños, por mi debilidad o por las suyas, que me he acostumbrado a calcular milimétricamente e incluso a disfrutar midiendo los centímetros en algunos casos, metros en otros, que pueden separarnos de la felicidad en cada ocasión.
Quizas la felicidad no sea sino precisamente disfrutar con una rutina, o saborear tus limitaciones y lanzarlas una sonrisa en lugar de tratar de escupirlas a la cara. Sin embargo, siento que el peso de esa infelicidad sigue estando en mi, incapaz de perdonar al amigo que tomó una mala decisión y por la cual lo perdió todo, incapaz de perdonar del todo, a aquellos a los que yo doté de alas, y que prefieren finalmente volar lejos de mí. Darles vida, para que vivan su vida sin ti…
Cuando conocí a Maggie, sentí una alegría y una tristeza dificil de definir; una alegría que sólo producen aquellas personas importantes que un determinado día se cruzan en tu vida; supongo que algo remotamente programado se pone en funcionamiento y el corazón lo siente. Y sentí tambien tristeza, muchas veces la de ver a personas que lo merecen todo y jamás han tenido nada, y que aun así pueden seguir sonriendo como sólo ella hacía. Supongo que esa sonrisa es la de alguien que sabe que de nada le serviría llorar, y que de alguna manera está dispuesto a dejarse la piel por algo de aquello que la vida le ha negado.
Supongo también que la voluntad en grado extremo de un ser humano, despierta algo en el corazón de otro, y creo que eso es lo que hace en un determinado momento que te decidas a respetarlos y a ayudarlos. Yo, no creía en Maggie; había dejado ya de creer en casi todo lo que una persona puede creer, y ella no iba a ser una excepción. Siempre he creído que la mala suerte es un halo que dura toda la vida, y supe que ella que luchaba por salir del abismo a base de patadas, volvería mas tarde o mas temprano a él. Lo que nunca llegué a adivinar, es que me llevaría a mí con ella.
No existe mayor horror en el mundo que ver una flor pisoteada teniendo presente en tu cabeza la perfección y armonía que poseía en su esplendor. No existe mayor horror que mirar a los ojos de alguien sin futuro, de alguien a quien lo mejor que le puede pasar ya en su existencia, es terminarla, y quizás, no exista mayor horror en el mundo que acabar con aquello a lo que más amas.
Siempre tuve miedo a los silencios. La ausencia de sonido, de ruidos, de comunicación, me recuerdan lo peor de mí mismo; me hacen sentir, me recuerdan lo sólo que estoy en el mundo. Una vez dejé de estar sólo, porque la tenía a ella. Ahora estoy frente a ella, y el silencio es más terrorífico que nunca. Sus ojos me piden lo que ningun ser humano le puede pedir a otro, y yo no puedo ya acallar mis gritos de dolor. Nadie puede ayudarme, y la opinión y las reglas que los demas han inventado para estos casos, ni a Maggie ni a mi nos sirven.
¿Seré capaz de dar a esa persona lo que me pide? A esa criatura maravillosa a la que jamás nadie le ha dado nunca nada… Cada segundo que vivo (muchos junta a ella) desde aquel día, se me parte más y más el alma, de tal forma que creo que ya la he perdido. Soy un fantasma junto a otro fantasma, sufriendo por toda una eternidad. Qué fácil es hablar de las cuestiones morales y de las leyes divinas cuando no sientes como yo, cómo se te desgarra la conciencia, cuando no sientes como yo, que el amor y el dolor son una misma cosa y tienen medida de infinito.
Cumpliré la voluntad de Maggie, aunque sólo sea para demostrarla que una vez una persona la quiso, aunque sólo sea por esperar que en otra parte esa flor pueda recobrar su belleza. Sé que para algunos mereceré el infierno en vida, aquellos que no saben que desde aquel día, ya estoy en él.
Iré al lugar donde los árboles aún la recuerdan como niña, al lugar donde ella debió ser feliz, y la imaginaré; le imaginaré una vida nueva, una vida donde ella tenga un familia que le diga que la quiere, donde pueda encontrar un chico que le haga sentirse especial, para quizás no tener que pasarse su existencia sirviendo mesas, para no tener que boxear como única forma de sentirse viva.
Y así fue.
Cada noche, a la misma hora voy al mismo lugar; al lugar que ella me enseñó en nuestro viaje, a esa parada de autobús entre dos mundos, en la cual mientras esperas, puedes recordar y soñar. Cuento los dias, los minutos y los segundos que me faltan para ese momento especial, el momento en que me reuniré con ella en el infierno, o donde nos hayan reservado un espacio a los que sólo aprendimos a perder en esta vida.
Entonces será el momento, allí estará ella con esa desbordante sonrisa suya, brillando de nuevo. No hará falta decir nada, no hará falta abrazarse, porque le dí el mayor regalo que una persona le puede hacer a otra, yo le dí la vida. Una vida nueva, una vida a pesar de mí, a pesar de los demás, la vida que ella quería. Y ella sabe que al dársela, me convertí en la persona que más la quiere de todos los mundos.
Ya casi la veo, ya casi siento sus ojos sobre mí, que cerca está el momento… y mientras, mientras espero, derramo lágrimas invisibles sobre la tarta de limón.
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