Mirar hacia otro lado
Las imágenes que abren y cierran El hundimiento, nos muestran el testimonio (extraído de un documental) de Traudl Junge, la que fuera secretaria personal de Adolf Hitler. Mientras la apertura de la película nos refleja a una anciana que afirma que no perdona a la joven que fue, a aquella que permaneció durante varios años al lado del Führer ajena a todo lo que sucedía un poquito más allá de ese presuntuoso centro del universo, la clausura nos enseña que el hecho de desconocer lo que sucede, el hecho de no responsabilizarnos de la barbarie que otros puedan cometer, no nos libra de la culpa. No es suficiente con mirar hacia otro lado para evitar que sobre uno recaiga la responsabilidad de cometer algo incorrecto. El mirar hacia otro lado no exime de culpas ya que la voluntariedad de hacerlo conlleva necesariamente la obligación de responder ante ciertos actos o errores. En los planos finales de la película Junge explica que, en aquellos tiempos, nunca oyó hablar del exterminio judío. Sin embargo, la anciana no escuda su posicionamiento en la inocencia de su juventud, ya que pese a sus 22 años de edad cree que tenía el deber de saber lo que sucedía.
Olivier Hirschbiegel, director de la muy interesante El experimento, deja bien a las claras sus intenciones. Apoyándose en el rigor histórico, rodando el film en clave realista, haciendo gala de una excelente capacidad de síntesis y apostando por la reflexión, desea dejar las cosas en su sitio. Gana de largo el ajuste de cuentas con la memoria y, de paso, nos obliga a abrir los ojos. Hirschbiegel retrata al Tercer Reich con el uso de un gran angular. Así, podemos ver a los monstruos nazis en toda su humanidad; o dicho de otro modo, nos enseña que la barbarie nazi fue concebida gracias a votos electorales como los nuestros y que fue llevada a cabo por hombres como nosotros. Las imágenes de El hundimiento no deben resultarnos extrañas o ajenas, aquello no nos queda tan lejos, no deberíamos mirar hacia otro lado.
Con el personaje de Traudl Junge como hilo conductor de la trama, El hundimiento nos expone lo absurdo de la atracción y el culto por el ideal nazi. La película narra los últimos doce días que pasó Hitler en el búnker de la Chancillería, en un Berlín asediado por el Ejército Rojo. Las escenas se van sucediendo y la sensación de irracionalidad va en aumento. Los civiles y soldados van cayendo por las, cada vez, más cercanas bombas soviéticas. El búnker en el que se encierra Hitler y el alto mando se transforma en un microcosmos caótico en el que las cenas de lujo comparten escenario con la desesperación de los oficiales. La atmósfera opresiva de sus pasillos va tomando corporeidad. La tensión y la sensación de caos se acrecienta.
Mientras tanto, Eva Braun organiza fiestas, en una especie de orgía dionisíaca con una más que evidente desconexión de la realidad. Más tarde, cuando la derrota es inminente, cuando se derrumbe el universo creado por el nacional-socialismo, el suicidio será la salida más digna para muchos. En este sentido, la escena más impresionante de la película es aquella en la que la esposa de Goebbels envenena a sus seis hijos de raza aria para acabar, posteriormente, con su vida y la de su marido. Goebbels que había dado suficientes muestras de enajenación y sinrazón observa los hechos desde un segundo plano, alucinado de los desbarres que las circunstancias les hacen cometer. La sensación de horror y perplejidad del personaje es compartida por el espectador.
Dejo para el final al personaje de Adolf Hitler. No debe resultar fácil dar vida a un personaje como éste sin caer en la parodia o sin dar rienda suelta a la alimaña satánica que todos imaginamos que pudo ser. Sin embargo, Bruno Ganz realiza un ejercicio de contención interpretativa extraordinario que nos permite ver a un Hitler en toda su dimensión humana. El trabajo de Bruno Ganz nos da a conocer a un Hitler capaz de mostrar los sentimientos más afectivos y tiernos al mismo tiempo que puede convertirse en un hombre caprichoso y encolerizado, más capaz de evidenciar su crueldad que su pericia política. El declive físico y mental del dictador resulta evidente con ese brazo que esconde en la espalda para ocultar los temblores del Parkinson. Hitler ríe y llora, acaricia a los niños de Goebbels y no siente compasión alguna por el pueblo alemán en el caso de que sea derrotado...
En estos días, El hundimiento comparte cartel con Hotel Rwanda. Si bien este segundo título no pasará a la historia del cine por sus logros artísticos y estéticos, sí que se convierte en un título necesario. El genocidio de Rwanda de 1994 no queda tan lejos. Las lecciones extraídas de lo acaecido en la Segunda Guerra Mundial parecen haber caído en saco roto. Hotel Rwanda nos demuestra que la monstruosidad humana sigue sentada a nuestro lado ya que forma parte de nuestra vida. Mirar hacia otro lado o verla venir de frente es una determinación que nos concierne a nosotros.
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