Aquí un amigo

A diferencia de multitud de personajes literarios o procedentes de cualquier otro medio que han visto trasladadas sus aventuras al mundo del celuloide, la creación y crecimiento de una personalidad a través de la pantalla siempre ha despertado un interés admirable a la par que mejores resultados que las puras traslaciones de cualquier personaje previamente conocido, ya sea por videojuegos, comics o libros.

De este modo el interés que ha suscitado el seguimiento de las hazañas de Indiana Jones o la familia Skywalker por parte de cineastas norteamericanos tiene su gran compañero en un pequeño lazarillo de tormes a la francesa que a lo largo de cuatro películas y un mediometraje ha crecido y madurado a los ojos de los espectadores de medio mundo durante dos décadas. Y es que el cine pocas veces ha brindado un personaje tan entrañable como Antoine Doinel.

Separándome voluntariamente del característico análisis crítico o repaso cinematográfico de su personaje, me decanto en este artículo por hacer una aproximación humana lo más sincera posible hacia la persona "real" escondida en los rasgos de un personaje cinematográfico. No hablaré de las películas que protagonizó ni de los valores cinematográficos que Truffaut imprimió en todas sus películas y que representan en su carrera ya que lo que pretendo es presentarles a un amigo, Antoine Doinel.

Simbiosis perfecta entre las personalidades del cineasta François Truffaut y el actor Jean-Pierre Leaud, el carácter de Doinel es fruto de la mezcla de ambas visiones y de su completa comunión. A pesar que fuera creado por el propio Truffaut, Doinel le debe lo mismo a su padre como al actor que le pone rostro porque cuando Doinel cobra vida, lo hace con el desparpajo y los gestos de Leaud pero rememorando la historia de Truffaut.

Semi autobográfico, el director de Jules y Jim (Jules et Jim, 1961) plasmó en su origen aspectos y momentos de su trágica infancia para que luego fuera Leaud quien le aportara sus movimientos y su propio vocabulario.

Neurótico, socarrón, rebelde y romántico, Antoine no se asemeja a cualquier joven de su edad, y es que en su esencia, Doinel fue creado para mostrar una etapa de la vida, la adolescencia que muchas veces es cruel y por la que uno se ha de abrir camino, despojada de toda la virtud y bambalinas con la que se nos muestra la infancia habitualmente en el cine, tal y como expresa el propio Truffaut en el Prefacio de las aventuras de Antoine Doinel, la génesis viene dada por al voluntad de mostrar la infancia como un mal necesario que todo el mundo ha de pasar. De ahí que haya que espabilarse y se den los cuatrocientos golpes (título del nacimiento cinematográfico del personaje) o mejor dicho, las mil y una.

En su primera andanza cinematográfica ya queda bien definida la atrayente personalidad del protagonista, un joven pillo, simpático aunque antisocial, egoísta pero entrañable que desconfía de la sociedad debido a su marcada infancia. El tremendo éxito de Los 400 golpes (Les quatre-cents coups, 1959) hizo que varios años más tarde Truffaut retomara el personaje haciéndole vivir experiencias comunes a todos los mortales pero singulares debido a la propia naturaleza del protagonista que las vive, y con él el espectador le acompaña en su desarrollo interior.

A la par que él, nosotros iremos descubriendo que Antoine es un veleta que deambula por la vida con mucha clase, cambia de trabajo constantemente y que busca encontrar su sitio en la vida. Poseedor de un mundo interior muy rico, Truffaut se esfuerza en dotar a sus películas de una historia abierta y mínima, ya que las películas de Doinel son películas de personajes cuya evolución avanza con el propio Antoine y que sobretodo a partir de Besos Robados (Baisers volées, 1968), la moralidad del personaje pertenece a partes iguales a Truffaut y a su actor ya que sin duda es Leaud quien le imprime todos y cada uno de los tics que el personaje ha ido acumulando desde niño pero que encuentra en Leaud la perfecta carcasa para dar rienda suelta a sus más naturales instintos.

A pesar de poder definirle como buena persona, Doinel no es perfecto ni mucho menos y ahí es donde reside toda su fuerza. Posee mucho encanto pero es tremendamente egoísta y testarudo, sus logros se cuentan con los dedos mientras que sus pifias por docenas y su vida se rige por un solo motor: Las mujeres

Ese es el gran cambio que Truffaut imprime al personaje y que lo diferencia de su primitiva etapa. Cuando es niño Doinel no conoce mucho a las mujeres y el ejemplo de su madre no lo ayuda en este sentido, por lo tanto es lógico que cuando crezca, tal y como su creador ha manifestado en su vida real, sean las mujeres las que dictaminen sus pasos, sobretodo las de buena familia. Porque Antoine Doinel se enamora de las mujeres por su familia, buscando ese cariño familiar que él nunca tuvo, cree encontrar en la familia de sus mujeres la que él desea pero por supuesto eso no puede prosperar no como los desengaños, mentiras y líos que provoca en sus continuas peripecias amorosas. Doinel experimenta (seguramente como el mismo Truffaut) las novias, las putas, el matrimonio y el divorcio amistoso, los reencuentros, los desengaños, las infidelidades y las mentiras además de su complemento femenino, Christine la única que a llegado a ser su mujer y que le proporciona la mayor estabilidad posible además de un hijo y que sabiamente Truffaut hace desaparecer de su lado porque no puede prosperar. A pesar de los años juntos, Doinel no puede estar eternamente con la misma mujer porque si no tiene estabilidad emocional propia no la encontrará en ninguna y tal y como confiesa en una excelente secuencia de Domicilio conyugal (Domicilie conjugal, 1970), él ve en Christine a su hermana, su hija, su madre, su amiga….pero no a su mujer le recrimina ella.

No existe una sola mujer capaz de satisfacer emocionalmente a Antoine, de hecho, una de las películas más personales de su autor, El amante del amor (L'homme qui ammait les femmes, 1977) cuyo principal protagonista es un claro alter-ego del cineasta francés lo es a su vez de Doinel quien podría haber perfectamente conducido esa historia.

Paradigma perfecto de un vividor en el mejor sentido de la palabra, una persona que ama la vida quien a pesar de su buena voluntad, no siempre hace las cosas correctamente por mucho que lo intente, y ahí es donde radica la gran fuerza de su personaje, el verismo, un verismo que lo imprime con tanta energía Jean-Pierre Leaud que convirtió a Doinel en su golpe de suerte y su lacra puesto que a pesar que dio vida a un personaje histórico, su sombra no se la ha podido sacar de encima a pesar de sus demás interpretaciones, del mismo modo que Harrison Ford y su Indy o Mark Hamill y su Luke Skywalker, por poner ejemplos de otros personajes míticos nacidos en la pantalla, Leaud siempre será Antoine Doinel.

Para finalizar este artículo-homenaje (no he podido concebirlo de otro modo) me gustaría parafrasear a su máximo creador donde en su libro El placer de la mirada termina su artículo sobre el personaje afirmando que «Lo he dicho todo y no he dicho nada». Yo me siento igual, no puedo hablar mucho sobre Doinel porque yo no lo he creado, pero sí lo he conocido y sin duda alguna el mejor halago que se le puede hacer a Truffaut es resaltar que ha sabido crear una persona que ha evolucionado a lo largo de toda una vida sobra la cual han pasado y pesado todos los problemas y situaciones, buenas y malas que TODA persona ha experimentado alguna vez, no necesariamente del mismo modo que Antoine pero éste sin duda es un ser humano capaz de reconocerlo en la calle o tenerlo sentado en el cine en la butaca de al lado.

Antoine Doinel protagonizó cuatro películas: Los cuatrocientos golpes, Besos robados, Domicilio conyugal y El amor en fuga (L'amour en fuite, 1979) más un mediometraje El amor a los veinte años (L'amour à vingt ans, 1965).

Ya saben donde encontrarlo si quieren conocerlo.

Por Emilio Mtez.-Borso
Besos robados (1968)