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El mes pasado en Argentina, se encontraron cineastas de renombre mundial e integrantes de la industria en general para celebrar el vigésimo Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Donde se pudieron ver alrededor de 360 películas, asistir a seminarios y clases abiertas, además de abrirse un mercado audiovisual para fomentar la producción entre Europa y Latinoamérica.

Nacido de la mano de cronistas cinematográficos en 1959 y con una discontinua trayectoria, debido a los problemas políticos y económicos sufridos por el país a lo largo de este tiempo, en esta última edición, el festival afianzó su carácter de ser una muestra de cine con un fuerte sello iberoamericano. “Queremos que se convierta de a poco en un lugar donde venir a ver el mejor cine latinoamericano, argentino y, por supuesto, del Mercosur” decía su presidente Miguel Pereira. De hecho, este festival se perfiló como un referente internacional de clara esencia latinoamericana para el único certamen internacional de clase A que se celebra en la región. De este modo, además de la sección oficial con 18 películas en competencia, las secciones estrella fueron Vitrina Argentina y América Latina XXI.

Vitrina Argentina, tuvo como objetivo para su programación abarcar todo lo que se produce fuera de la industria en este país. Cine realmente independiente y casi enteramente rodado en los soportes más económicos. Esta fue una sección muy buscada por los programadores de otros festivales, los cuales se llevaron varias de sus películas. Los distintos cortos, medios y largos que se pudieron encontrar allí dejaron ver la pluralidad de creaciones, formatos y estéticas que se realizan en este país. Destacándose la última película de Raúl Perrone, Pajaritos. Perrone fue el pionero en Argentina en estrenar películas en video en circuitos alternativos. Su cine suburbano ya es una marca registrada que esta fuera de cualquier moda y que ni siquiera copia sus propias fórmulas. Otros destacados fueron, Gastón Postiglione con Ipanema y Adrián Caetano con Después del Mar.

Por su parte, en América Latina XXI se proyectaron diecinueve películas de nueve países. Para la misma se programaron las realizaciones más recientes y con los más variados niveles de producción de la región que dejaron ver su propia diversidad cultural y planteamientos temáticos. Se encontraron films de directores debutantes, como el colombiano Ciro Guerra con La Sombra del Caminante, hasta lo último de realizadores de larga trayectoria como Cachimba de Silvio Caiozzi. Quien defiende la idea de que este cine no es nuevo, ya tiene un largo recorrido, sin embargo su gran desafío es insertarse en el mercado internacional.

Sin ir más lejos, fue un gran apoyo la implementación, por parte de los organizadores de este festival, del Mercado del Film del Mercosur, con el apoyo de Al-Invest, del programa Media de la Unión Europea y la Fundación Exportar, donde más de 240 empresas europeas y latinoamericanas estuvieron presentes. El objetivo fue establecer alianzas estratégicas entre empresas audiovisuales en áreas de inversiones conjuntas como co-producciones o compra y venta de derechos de distribución.

A lo largo de todo el festival quedo bien demostrada la apuesta al crecimiento del mismo por parte de los organizadores. Donde no solo se puso el énfasis en la cantidad de películas, la mayor presencia de espectadores y el abrirse a nuevos mercados, sino que también, se generó un espacio para la reflexión y el debate sobre las fronteras entre patrimonio cultural, expresión artística y la génesis industrial del cine.

Crecimiento Cinematográfico en América Latina

Dentro del marco del Festival de Cine de Mar del Plata, se organizaron diversos encuentros entre realizadores argentinos y latinoamericanos para abrir el dialogo a cuestiones relacionadas con la producción audiovisual en este continente.

El cine de Latinoamérica se encuentra en pleno florecimiento. El aumento en el número de las realizaciones cinematográficas, se debe en gran medida a la reducción de los costos que provocó el avance de los medios técnicos, a los sistemas de producción alternativos y a la creación de distintas leyes para fomentar el cine local.

Este incremento no sólo se produjo en países con una afianzada trayectoria cinematográfica como Argentina, Brasil o México; sino que hoy se pueden encontrar títulos de otras nacionalidades como Colombia, Chile, Cuba (y más recientemente Bolivia, Ecuador y Uruguay), con mayor frecuencia en diversos festivales y hasta algunos logran estrenos fuera de la región.

Este tipo de cine se caracteriza por su temática de raíz local, aunque últimamente se pueden encontrar películas de narrativas variadas e innovadoras. Sin embargo, la mayor preocupación de estos realizadores es conseguir los medios para filmar y poder posicionase comercialmente en los mercados internacionales. Aun hoy, este cine encuentra más aceptación en circuitos independientes que en grandes cadenas de exhibidores.

En estos encuentros se puso el énfasis en la necesidad de desarrollar estrategias para obtener financiación de los gobiernos nacionales como también se propusieron diversas alternativas para aumentar la comercialización de estas películas. En este sentido, el director Silvio Caiozzi remarcó que recién cuando el gobierno chileno entendió que el cine no sólo era patrimonio cultural de su pueblo pero también ayudaría a vender más vinos y sus lugares turísticos en el extranjero, promulgó la Ley de Fomento al Cine y el Audiovisual, tan esperada por sus colegas.

Otro de los temas que se trataron fue la necesidad de diseñar campañas publicitarias fuertes e impactantes y la posibilidad de hacer uso de los medios informativos para que los espectadores pierdan el prejuicio al cine local. Tal es el caso del director mexicano Sergio Arau, quien contó como antes del estreno empapeló California con carteles con sólo el nombre de su film Un Día sin mexicanos. Enseguida la gente se empezó a preguntar, que era eso de un día sin mexicanos, y si era una cuestión de discriminación chicana en ese estado. De este modo, Arau generó el interés de la prensa y la curiosidad en el público. Arau hizo uso de un tema controvertido para obtener publicidad gratis y que se hable de su película.

En otra línea, Esteban Ramírez de Costa Rica expresó que su búsqueda esta en contar historias siguiendo fundamentalmente la estructura narrativa norteamericana. Su película Caribe sigue la lógica industrial del cine de género. Además, Ramírez cree que el afiche cinematográfico también cumple un rol fundamental para la venta del film. Para él, el diseño gráfico del mismo debe ser extremadamente llamativo para que capte el interés del público, al punto que ya tiene diseñado el de su próximo film cuando aún no ha ni siquiera empezado con la pre-producción.

Sin embargo, para el director boliviano Marcos Loayza, los géneros son como recetas. Loayza se inclinó por la necesidad de llevar a la pantalla temas punzantes y de alto contenido local, con un estilo más de autor. En su film El Corazón de Jesús se inclinó por una dramaturgia brechtiana, una puesta más austera y un buen uso de la sátira. El director de Malaleche, León Errazuriz, apoyó el respeto de las temáticas locales y la prolijidad en la realización hasta en los modismos del habla. Para él, le sería imposible escuchar un film chileno hablado en un español neutro, sin las expresiones idiomáticas de Santiago.

Lo positivo de estos encuentros fue la posibilidad de la puesta en común de problemáticas similares. Todos coincidieron en la importancia de la sección América Latina XXI en el festival para tener un panorama de las nuevas corrientes y propuestas dentro de este continente. No caben dudas que el cine es una medio imprescindible para la proyección internacional de estas naciones.

Por Anabella Speziale
Cartel del festival