El apogeo del anime
Si el último festival de Sitges fue especialmente satisfactorio, no sólo fue debido a la presencia de cineastas fenomenológicos como Ki-Duk, Chan-Wook, Weerakesathul, o Miike —que pusieron su buena dosis de espectáculo/arte para el disfrute de los espectadores—, puesto que el plato fuerte, o mejor dicho, por lo que recordaré dicho evento, fue por la impecable brillantez del cine de animación seleccionado. Mamoru Oshii, Hayao Miyazaki, Katsuhiro Otomo, Shinji Aramaki, Bill Plympton, Trey Parker y Anders Ronnow Klarlund (además de los cortometrajistas Phil Mulloy, Franck Dion, Simon Bogojevic-Narath y Marc Craste) dieron buena muestra de que la imaginación, en el mundo animado del 2-D, 3-D y mezcla de ambas, parece no poseer ningún límite predeterminado, y que el gran número de historias que aún quedan por contar son parejas a la riqueza de formas que se hayan tras el mundo del lápiz y el ordenador. Entre ellas se hallaba Steamboy, la producción más cara de la historia del anime, cuya realización ha tardado en materializarse cuatro años y que significa, entre otras cosas, el regreso a la primera línea de uno de los directores clave del formato: Katsuhiro Otomo. Y ahora, hago un flash-back.
En los años ochenta los espectadores occidentales no estaban preparados para recibir Akira (ídem, 1988). Hasta la fecha, la producción animada japonesa que nos llegaba, lejos de ser la del maestro Osamu Tezuka, eran series de televisión destinadas a los espectadores infantiles, para suerte o desgracia de ellos. Hablo de productos como Heidi de Atsuji Hayakawa, Masao Kuroda e Isao Takabata, basada en la novela de Johanna Spyri; Mazinger Z de Koichi Tsunoda basado en el personaje creado por Go Nagai o Campeones de Hiroyoshi Mitsurobu basado en el manga de Yoichi Takachashi, entre muchas otras. Las andanzas de Heidi, Oliver y Benji, Marco, Sherlock Holmes y derivados de todo tipo, que hoy tienen su reflejo en los Pikachus (no tengo ni idea de cómo se escribe), Doraemons (ídem) y Power Rangers varios, educaron la mirada del espectador infantil occidental confundiendo animación con infantilismo, por más que un francotirador como Ralph Bakshi consiguiera estrenar sus películas de manera casi subversiva creando alguna que otra catalepsia al espectador. La única esperanza habida entonces era la presencia de nuevas ficciones animadas que se abrían a un espectador menos infantil y más juvenil: hablo de Dr.Slump de Miroku Okazaki y Bola de dragón de Daisuke Nishio —ambas creadas por el gran Akira Toriyama—, recordemos, ambas en sus primeras temporadas destinadas a ser series cómicas o de aventuras, sin el rastro de la violencia desatada (y estilizada) de las Bolas Z, GT y demás, porque ya perdí la cuenta. Aún así, nadie estaba preparado para Otomo.

Dejadme empezar con una boutade: Akira no sólo no es ni de lejos la mejor obra de Otomo, sino que es un film que pierde mucho valor tanto si se conoce la serie manga de catorce volúmenes –simplemente magnífica– o si se vuelve a repasar tras los años pasados. Se descubre tras ella la intención de Otomo de condensar lo incondensable en 120 minutos de película que acaban estallando como el propio Tetsuo al término de la misma –una tontería: corre el rumor de que el final del film es una sugerencia de Alejandro Jodorowski, con quien Otomo posee una buena amistad. Eso no significa que Akira en su vertiente cinematográfica no sea un film brillante, sobre todo en la primera parte del mismo, pero como todo film icónico, sobretodo por lo que significó a la hora de abrir las puertas de occidente al imperio nipón de la imaginación, su sobrevalorización era tan lógica como esperada. La importancia de Akira es en este aspecto indiscutible, y su principal valor estético: el uso de la ultraviolencia en las manos de los jóvenes protagonistas en contra del poder militar establecido —argumento típico del manga—, mezclado con la más pura tendencia de la ciencia-ficción, casi es un precedente directo de la cyber-realidad que nos invade en la actualidad. El Neo-Tokyo postnuclear (¿no seria postAkira?) desalmado, sangriento y fantasmático de Akira prefigura el espacio habitado por los espíritus atormentados de buena parte del actual cine asiático.
Katsuhiro Otomo poseía un perfil gustoso por la destrucción que conlleva la maldad innata en los hombres. Su mejor manga, Domu —publicado aquí como Pesadillas—, claro precedente de Akira , estaba conformado por un cúmulo de humanos destinados a morir de la forma más abrupta posible donde las fuerzas de poder se equilibraban entre un anciano y una niña, acababa dibujando un paisaje de destrucción cotidiana que articulaba el terror dentro del hábito de vida de cualquiera de los habitantes de Tokyo. Con los años Otomo se fue suavizando: Rojin Z (ídem, 1991) y el brillante film episódico Memories (ídem , 1995) (basado que escribió en su totalidad pero del que sólo dirigiría el tercer capítulo, Cannon Fodder) seguían hondando en las relaciones entre el hombre y la máquina o la estupidez del poder establecido cuyas resoluciones siempre son por vía armamentística, cercano al Hayao Miyazaki de El castillo en el cielo (Tenku no shiro Rapyuta, 1986) o Porco Rosso (Kurenai no buta, 1992). Quizás por ello, Otomo, que tiene un principio ético encomiable: "No me importa lo que la gente piense de lo que yo haga", desde mi punto de vista, algo básico en un autor (buf, vaya palabra más peligrosa); haya decidido volverse más "europeo" y realizar un film "para todos los públicos" como Steamboy, una brillante película donde no queda huella de los ríos de sangre que corrían por el subsuelo de Neo-Tokyo, ¿una lástima?

Para empezar habría que decir que la acción de Steamboy se desarrolla en Londres, en plena revolución industrial, en las puertas de la Exposición Universal de 1851, y que toda ella versa alrededor de dos grupos diferentes interesados en conseguir una bomba de vapor, como no, para usarla como arma devastadora. Steamboy así no despunta por la complejidad de sus personajes o por la complejidad de la historia, reducidos a la mínima expresión, sino por la fuerza que destilan unas imágenes creadas para seducir la mirada de un espectador cuyos ojos + cerebro + corazón, por pura avalancha catódica, se hayan conservados en formol. Otomo así decide desbocarse en recrear pura ciencia-ficción sustituyendo la compleja tecnología del siglo XXI por las rudimentarias máquinas del siglo XIX, sin que por ello la espectacularidad de las imágenes pierda ni un ápice de interés. Trenes voladores, torres flotantes, una bomba de vapor de potencia infinita… piezas de una superproducción animada cuyo diseño artístico es apabullante, con un gusto por los detalles que no tiene nada que envidiar a la megalomanía de Stanley Kubrick. Cierto es que, siendo un film carente de la agresividad de la que hacía gala Otomo en sus obras anteriores, y cuyos personajes restan planos comparándolos con un Miyazaki o un Kon (este último colaborador de Otomo en Perfect blue [1997] y Memories), Steamboy acabe por poseer un sabor agridulce, en especial en ese estirado final destinado, como no, a que triunfen los buenos y reine la paz. Al fin y al cabo poco importa la nacionalidad, el dinero invertido o el formato empleado, la conexión del espectador con el cine debería ser, además de personal e intransferible, hermética a los ruidos contextuales, al menos, si lo que se pretende es disfrutar en una sala de exhibición.
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