Las normas existen para romperse
A mí, que no estuve en Sitges, y que me gusta disponer sólo de la información indispensable antes de una película (a pesar del riesgo que conlleva —imaginemos a una puritana señora de ochenta años yendo a ver La pianista de Haneke porque le gusta mucho la música clásica—), el último trabajo de Michael Winterbottom en llegar a nuestras salas (aunque la fecha de producción es de 2003), se me presentaba a priori como un thriller futurista que podría haber parido perfectamente, el últimamente saqueado sin pudor por la industria cinematográfica, Philip K. Dick. Una historia del corte de Minority Report o Infiltrado, por ejemplo. Y en parte es lo que encontré, una serie de códigos que rigen a la humanidad casi a modo de mandamientos, la clonación instaurada en la sociedad como un elemento natural más. pero en parte ese futuro que nos muestra Winterbottom no me parece tan distante. Hay álbumes de recuerdos que en lugar de fotos contienen vídeos, sí, pero los coches todavía andan por el suelo y la gente sigue reuniéndose en los bares, al calor de la música, el alcohol y el humo que tanto nos gusta a los fumadores pasivos y que lamentablemente las autoridades competentes quieren eliminar.
Una vez vista la película, podemos encontrar también conexiones argumentales con otros filmes recientes como Old Boy, Paycheck (que también parte de K.Dick) u Olvídate de mí, que se erigen sobre relaciones incestuosas y/o borrados de memoria. Pero ni la historia es de K. Dick, ni es simplemente un thriller futurista o un drama demoledor. Tampoco hay sangre ni violencia física. ¿Qué es, exactamente, Código 46?
Con cada estreno del británico se habla hasta la saciedad de la gran variedad de géneros que aborda, prácticamente uno nuevo en cada película, y sin embargo este caso podría considerarse como la excepción que confirma plenamente la regla. Código 46 puede verse como un compendio de todo lo que ha hecho con anterioridad. En ella podemos encontrar diseminados retazos de la mayoría de sus últimas películas. El sexo (aunque menos cercano a lo pornográfico) y la música en directo de la reciente 9 Songs, los parajes desérticos, el cruce de culturas (reflejado perfectamente en el lenguaje que hablan los protagonistas, un inglés plagado de términos sueltos en multitud de lenguas como el español, el francés, el chino o el árabe) y las dificultades para conseguir visados de In This World, el diseño moderno de 24 Hour Party People a la que nos remite desde los propios títulos de crédito, el dramatismo de la historia de Wonderland... pero aquí menos esperanzador.
¿Y el género? Es algo tan difícil de definir. ¿Drama romántico? ¿Ciencia–Ficción? ¿Tragedia griega? El propio realizador admite haberse inspirado en el clásico mito de Edipo: «Nuestra historia se convirtió en una versión más abstracta y mítica de la idea que gira en torno al hecho de no poder evitar amar a quien amas (.) esa idea de que William pudiera enamorarse de alguien que genéticamente es idéntica a su madre, sin ser consciente del hecho». También reconoce la influencia de amores imposibles como el de Casablanca o Breve Encuentro. Y es que el final de la película es uno de esos. Sí, uno de esos en los que uno se queda hecho polvo, pero a la vez pensando que no podía ser de otra forma. Muchas veces no podemos elegir nuestro cruel destino. Se puede luchar contra las normas y contra los códigos 46, 47 y 48 millones, pero también se puede perder. William (Tim Robbins) y María (Samantha Morton) lo intentan, pero no lo consiguen.
¿Actuaríamos como lo hacemos si supiésemos las consecuencias últimas de cada una de nuestras acciones? Quizá no, y tal vez precisamente por eso tenemos la fortuna de no conocer nuestro futuro. Pero quizá sí, quizá no nos arrepentiríamos, pues a pesar del final, en el camino siempre se encuentran cosas agradables. ¿Quién no infringiría el código 46 con Samantha Morton (aunque yo preferiría infringirlo con Uma Thurman, ya puestos), aún yendo en contra del cuarto y/o el sexto mandamiento? Probablemente ni hasta el mismísimo artista anteriormente conocido como Joseph Ratzinger se hubiese resistido en sus años mozos. Pero, ¿Quién no ha sido revolucionario de joven? (perdón por la digresión, totalmente fuera de lugar, pero me ha salido de dentro —de fuera difícil, por otra parte—)
En cualquier caso, se dice que en la ignorancia se encuentra la felicidad, y en William tenemos una prueba más que evidente. Es interrogado en dos momentos clave de la película por su hijo para que adivine sus pensamientos. Momentos clave no por la pregunta o la respuesta en sí, sino por todo lo que se esconde detrás de eso, algo muy parecido a lo que le ocurría al protagonista de Pi, donde se utilizaba el mismo recurso: las preguntas de la niña en dos momentos diferentes (dos estados diferentes del protagonista), simbolizando su auge y su caída. Aquí, la primera vez, ayudado por el virus empático, William se adueña perfectamente de lo que ronda por la mente del chaval. Esta parte de la película es en la que se encuentra inmerso en un mar de preocupaciones precisamente por culpa de su don, y al final, cuando su hijo le pregunta y ya no sabe responder, borrados sus recuerdos y perdida su facultad empática vivirá en plena felicidad con su familia sin saber que María (sin siquiera saber quién es María), desde el desierto, le esta echando de menos: «I miss you» escuchamos ya con el telón negro que nos dice lo que más temíamos, y a la vez esperábamos impotentes.
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| EE.UU, 2003. T.O.: Code 46. Director: Michael Winterbottom. Producción:
Andrew Eaton. Guión:
Frank Cotrell Boyce. Fotografía:
Alwin H. Kuchler y Marcel Zyskind. Diseño de producción:
Mark Tildesley. Música:
The Free Association. Montaje:
Peter Christelis. Duración: 109 min. Intérpretes:
Tim Robbins (William), Samantha Morton (María), Om Puri (Backland), Jeanne Balibar (Sylvie), Emil Marwa (Mohan), Nina Fog (Wole), Bruno Lastra (Bikku), Christopher Simpson (Paul), David Fahm (Damian Alekan), Nina Sosanya (Anya). |
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