Depuración de estilos

Cinco años hacía que no sabíamos nada de Wes Craven. Ni de él, ni de su ya inseparable Kevin Williamson. Cinco años en los que el estilo de ambos parece haber madurado en apariencia, pero no en su interior. En efecto, el cosmos de Williamson ha adquirido un mayor grado de consistencia, construyendo sus tramas con un engranaje más calculado y menos impulsivo que el mostrado, por ejemplo, en la saga Scream. Sus personajes continúan careciendo de una psicología adulta, sin embargo el círculo que los envuelve es más complejo, más turbio, más inclinado a la ambigüedad y mucho menos exhibicionista que antaño. Ya no es, por decirlo de alguna manera, el deconstructor de tópicos que se sirve de los mismos como lanzadera iconoclasta, para romper con los mecanismos del género desde sus mismos fueros internos. Lo que La Maldición da a suponer es que Williamson está optando por una posición mucho más neutra: sus continuas citas y homenajes al terror clásico ya no tienen la compulsión espasmódica de sus anteriores guiones, sino una contención mucho más reflexiva; asimismo, la base argumental deja de ser una excusa perfectamente prescindible a la hora de plantear una obra para convertirse en un elemento necesario, mediador entre las pulsiones cinéfilas y la necesidad lúdica y socarrona propia de Williamson.

Por su parte, Craven también parece haber depurado su estilo a la hora de enfrentarse a la dirección de La Maldición. Uno de los mayores hándicap que han acompañado siempre a la figura del cineasta, es el de un cierto descuido formal (Shocker —1989—, podría ser un perfecto ejemplo de ello) y una evidente precipitación narrativa (Las colinas tienen ojos —1979) que ha provocado que su filmografía esté teñida de irregularidad y que incluso sus mejores películas (La última casa a la izquierda —1972—, Pesadilla en Elm Street —1984), posean baches preocupantes en la definición de su carácter. Sin embargo, en La Maldición el cineasta opta por la moderación y por la reducción de los elementos efectistas. El conjunto global del film resulta mucho más prudente, mucho más equilibrado y, sin duda, mejor construído que el del resto de su filmografía, con un ritmo narrativo preciso y mesurado y un contundente trabajo de dirección que tiene la particularidad de frenar los componentes artificiosos a los que tan aficionado resultaba Craven en sus anteriores películas.

La Maldición, por tanto, se presenta como la pieza más trabajada de todas cuantas componen la trayectoria fílmica de sus máximos responsables, Craven y Williamson, amén de resultar una muestra más que estimulante de un cine de terror fresco y desprejuiciado. Ello no quiere decir que la película no bosqueje interesantes puntos a tener en cuenta, tales como sus referencias al clasicismo de la Universal, simbolizado en la presencia del bastón de plata que remite directamente a la sensacional El Hombre Lobo (1941) de George Waggner; o la directa relación entre la atracción sexual y la propagación de la maldición, que queda perfectamente esbozado a lo largo del film (y, muy en particular, en la ambigua y espléndida secuencia final), que bebe casi directamente de los principios planteados por David Cronenberg en su ya imprescindible Rabia (1977). Empero, el gran acierto del film es no convertir estos factores en el eje fundamental de la película, sino diluirlos e integrarlos en su propia personalidad.

Ésta es, por consiguiente, la más acertada característica de una estupenda obra de terror que sitúa las terminales del género en el marco de un sardónico, aunque respetuoso, ejercicio de esparcimiento perfectamente disfrutable tanto para el gran público, como para el aficionado que acepte un estilo mucho más desarrollado al que nos tienen acostumbrados Craven y Williamson.

Por Joaquín Vallet R.
cartel
EEUU. 2005. T.O: Cursed. Dirección: Wes Craven. Producción: Marianne Maddalena, Kevin Williamson. Guión: Kevin Williamson. Música: Marco Beltrami. Fotografía: Robert McLachlan. Montaje: Patrick Lussier, Lisa Romaniw. Dirección artística: Chris Cornwell, Bruce Allan Miller. Vestuario: Alix Friedberg. Duración: 97 minutos. Intérpretes: Christina Ricci (Ellie), Jesse Eisenberg (Jimmy), Joshua Jackson (Jake), Judie Greer (Joanie), Portia de Rossi (Zela), Mya (Jenny), Shannon Elizabeth (Becky), Kristina Anapau (Brooke), Michael Rosenbaum (Kyle).