El juego de las pasiones humanas

A sus más de setenta años de edad y con cincuenta y cuatro films a sus espaldas, el que fuera uno de los miembros insignes de lo que constituyó una de las revoluciones cinematográficas más importantes de los últimos tiempos, la nouvelle vague, el risueño y bon vivant Claude Chabrol, sigue estando en perfecta forma, demostrando que todavía es uno de los pocos directores europeos capaces de aportar al alicaído panorama, algo de sensatez, inteligencia y calidad a través de cada una de las ficciones con las que nos acerca su particular sello de autoría personal.

Chabrol ha construido a lo largo de casi cincuenta años, una carrera extremadamente coherente, en la que podemos encontrar obras maestras como Les bonnes femmes (1960), La mujer infiel (1968), El carnicero (1969), Al anochecer (1971) o Un asunto de mujeres (1988). Su última gran película quizás haya sido La ceremonia (1995), lo cual no quiere decir que en estos diez años Chabrol no nos haya ofrecido estupendas películas, especialmente En el corazón de la mentira (1998), Gracias por el chocolate (2000) o su anterior aportación La flor del mal (2002). Lo cierto es que su cine es sinónimo de fiabilidad, ya que por una u otra razón nunca termina por decepcionar, siempre hay en la mirada del maestro, algún toque sorprendente que nos permite disfrutar de sus juguetonas ficciones. Probablemente sea ese encanto y frescura que en ellas permanece incólume después de tanto tiempo, esa sensación que se transmite de que quien se encuentra tras la cámara no pretende deslumbrar con su erudición cinematográfica, ni mostrar las capacidades a las que puede alcanzar gracias a su bien conocido oficio, sino que lo único a lo que aspira es al disfrute de un trabajo bien hecho, artesanal a su manera, impregnado de su espíritu, empapado de su esencia.

La dama de honor responde perfectamente a todos los parámetros temáticos y estilísticos con los que Chabrol ha edificado su filmografía. En primer lugar, la adaptación de un texto ajeno que sirva de base a sus intereses (como suele en él ser habitual; recordemos que ha llevado a la pantalla textos de George Simenon, Jean Patrick Manchette, Dominic Roulet, Standley Ellin, Patricia Highsmith, Ellery Queen...), y que en este caso se trata de una novela de Ruth Rendell (autora también de La ceremonia). A partir de esta base escrita, Chabrol se las apaña para poner de relevancia aquellas obsesiones que han caracterizado buena parte de sus relatos y que pueblan y son cimiento constitutivo de su universo personal, esto es, la disección de la clase burguesa desde el punto de vista de su hipocresía social y la meditación acerca de algunas de las lacras y miserias que asolan el alma del ser humano, que están ahí, escondidas y agazapadas, pero esperando salir a flote en el momento más inesperado.

Nos introducimos en el seno de una familia acomodada, carente de figura paterna: la madre, se encuentra deprimida ante las sucesivas decepciones amorosas que han jalonado su vida sentimental, de las hijas, una se muestra particularmente rebelde y problemática, mientras que la otra, de aspecto y formas más convencionales, está a punto de contraer matrimonio; el hijo mayor, Philippe (personaje que constituirá la mirada del espectador en el film, ya que el relato se halla estructurado desde su perspectiva) trabaja en una empresa de sanitarios. Este pequeño grupo, o microcosmos reducido, a pesar de desprender una aparente normalidad, parece que oculta algún secreto misterio del que somos incapaces de conocer su procedencia, pero sí de palpar su resonancia, (por ejemplo la importancia que Philippe concede a la escultura que se encontraba en su jardín, y que convierte en objeto de necesidad y deseo), pues queda impregnado en el ambiente, enrarecido, en la atmósfera de desconfianza, de celo, de curiosidad mal reprimida que los comportamientos de unos despiertan en los otros. Es decir, que Chabrol es capaz de extraer del devenir cotidiano de la típica familia de clase media, todo un mosaico de actitudes sospechosas y maliciosas que parecen querer abocar al espectador a contemplar lo que está ocurriendo en la pantalla desde la desconfianza y el cuestionamiento. En realidad, lo que Chabrol sabe hacer con extrema maestría, es colocar a sus personajes en situaciones límite de las que no pueden escapar, de las que se encuentran presos y por las que han de actuar de una manera que hace aflorar la dicotomía moral y existencial que guardan en sus interiores.

En este caso, Philippe conocerá en la boda de su hermana a una de las damas de honor, Senta (Laura Smet), una joven enigmática y perturbadora por la que inmediatamente se sentirá atraído. Pronto comienzan los encuentros sexuales entre la pareja, con la incertidumbre inmediata que nos asalta ante la convicción de que la joven esconde una personalidad desequilibrada, destructiva, manipuladora y muy absorbente. Enseguida, el pobre infeliz de Philippe cae en su hechizo y queda obsesionado, atrapado en la tela de araña posesiva que va tejiendo a su alrededor, entrando a su vez en un peligroso juego que entrelaza la muerte, el amor loco y la autodestrucción.

De nuevo, Chabrol utiliza las claves del thriller, del género negro policíaco para introducir su afilado bisturí en las conductas aberrantes que se esconden tras las máscaras de las pulidas formas sociales, aportando su característico humor, socarronería y acidez a la hora de esbozar una intriga macabra, un juego de veladas sugerencias dotado de una fuerte dimensión moral. Chabrol establece una serie de lúcidas dicotomías entre lo que supone el crimen y el castigo, la inocencia y la culpabilidad, el poder y el sometimiento, la sinceridad y la hipocresía, la diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, la realidad verdadera y las apariencias... todo un conjunto de implicaciones que determinan las reflexiones y los condicionamientos sociológicos sobre los que se asienta el tejido narrativo.

Inconstantes, caprichosos, confundidos, los personajes que muestra Chabrol en La dama de honor son un claro reflejo de nuestro tiempo. Gente que apenas puede disimular su insatisfacción pues se encuentra instalada en la monotonía de una vida rutinaria y que por ello está necesitada de pasiones, aunque sean destructivas, para salir del ensimismamiento, para enfrentarse a quién son en realidad y qué son capaces de llegar a hacer.

Película sobre las apariencias, sobre la rigidez de los corsés sociales, sobre la infelicidad en un mundo que parece ofrecer escasos incentivos o alicientes, sobre la locura de amar y sus consecuencias, sobre el desequilibrio que se deriva del desarraigo y la soledad.

Por Beatriz Martínez
cartel
Francia y Alemania. 2004. T.O: La demoiselle d'honneur. Dirección: Claude Chabrol. Producción: Antonio Passalia, Patrick Godeau y Alfred Hürmer. Guión: Pierre Leccia y Claude Chabrol; basado en la novela de Ruth Rendell. Música: Matthieu Chabrol. Fotografía: Eduardo Serra. Montaje: Monique Fardoulis. Dirección artística: Françoise Benoît-Fresco. Vestuario: Mic Cheminal. Duración: 110 minutos. Intérpretes: Benoît Magimel (Philippe), Laura Smet (Senta), Aurore Clément (Christine), Bernard Le Coq (Gérard), Solène Bouton (Sophie), Anna Mihalcea (Patricia), Michel Duchaussoy (Vagabundo), Suzanne Flon (Sra. Crespin), Eric Seigne (Jacky), Pierre-François Dumeniaud (Nadeau).