Sin la sombra de las torres

¿Recuerdan a Wim Wenders? Sí, aquel que fue el estandarte de un nuevo cine alemán, de un cine postvanguardista, de un cine postmoderno… El que fue el nombre más destacado de la escuela de Munich y que recogió, de manos de Fassbinder, la antorcha de un cine alemán que a la vez significaba calidad y fama, padeció un rise and fall a manos de la crítica y las audiencias de todo el mundo. Tras ser ensalzado por su obra en la segunda mitad de los setenta, Relámpago sobre el agua (1980) es etiquetada de pornográfica (muchos le acusaron de vampirismo por utilizar a Nicholas Ray para filmar su agonía ignorando que el propio Ray era un personaje que vivía el cine y por el cine) y se recibe con alborozo el traspiés que significó Hammett (1982) (¿fueron quizás los mismos que lamentaban cómo el propio Coppola como director sufría la presión de los productores?). Y si bien París, Texas (1984) significó el punto más alto de su carrera comercial (y con bastante consenso a nivel crítico), dio la impresión que su carrera en los noventa se perdía en curiosos meandros hasta precipitarse al vacío en Million Dollar Hotel (2000).

Hay que convenir que Land of Plenty puede significar un regreso a una buena línea creativa por parte de Wenders. No porque se trate de una obra especialmente original ni porque implique un cambio estilístico importante, sino tanto en cuanto se intuye un interés real del Wenders intelectual en expresar sus ideas con las habilidades del Wenders cinematográfico. Esta Tierra de abundancia no es rica en imágenes pero sí es rica en ideas y permite adivinar un Wenders que de nuevo está on the road. Me explico. Wenders no ha sido nunca un gran narrador. Incluso sus mejores obras (En el curso del tiempo, El amigo americano) han arrastrado lapsos narrativos importantes. El mérito real de Wenders es su captación de las relaciones humanas y su plasmación en imágenes. En Land of Plenty, Wenders retrata con precisión dos personajes que, en realidad, son los iconos de dos Américas, de las dos caras de América. Una, los USA posesivos, imperialistas, belicistas y paranoicos hasta la médula. La otra, un país inocente, perdido y desorientado, pero con ganas de crecer y capacidad de ayudar a los necesitados. Ambas, con escasa capacidad empática y desconocimiento casi absoluto de las ideas, creencias y valores del resto del mundo. No están, pues, tan lejos uno del otro los personajes recogidos en imágenes por el amigo Wim. Ni Paul, el veterano paranoico que patrulla en solitario los fantasmagóricos espacios de L.A. (uno de los méritos de esta película es, precisamente, mirar los USA por la puerta de atrás, que aparecen captados en los desolados parajes urbanos con la ayuda de cámaras digitales), ni Lana, la adolescente antisionista que ha crecido en Israel aprendiendo a ayudar al necesitado, entienden por qué el mundo no quiere a su América. Paul vio con estupefacción cómo se hundían las torres, Lana asistió asombrada a los gritos de júbilo de los asistentes de un café ante las ahora míticas imágenes que por primera vez aparecían en directo televisivo. Ahora él patrulla su paranoia por calles fantasmagóricas (con la culminación de su irrupción en forma de comando en la habitación de una enferma condenada a ver eternamente la imagen televisiva de Bush, padre de la paranoia fascista) y ella colabora en una misión que ofrece alimento y refugio a los ciudadanos desvalidos que la opulencia yanqui pretende ignorar y/o ocultar. Wenders da lo mejor de sí mismo en el retrato de estos espacios moralmente arrasados y en su correspondencia con las almas perdidas de los personajes.

Art Spiegelman, autor del excelente y multipremiado Maus, elaboró el pasado año una impresionante nueva novela gráfica: In the Shadow of No Towers, en la que analizaba de manera brillante e incisiva, recurriendo a diversos estilos gráficos deudores de los primeros cómic americanos, la paranoia y el desconcierto de los políticos y ciudadanos yanquis. Pocos autores de esa nacionalidad han sido capaces de reflejar la situación actual de los USA. Wenders, europeo de filiación y fascinación hollywoodiense, ha sido el primero en trabajar con certeza en el agujero negro de la falta de derechos de los ciudadanos estadounidenses y en denunciar unos desequilibrios sociales (hambre, falta de vivienda y de seguros sociales, mala cobertura sanitaria) que sólo destacaban en la filmografía de otro outsider, John Sayles. Le sigue faltando a Wenders el pulso de sus mejores trabajos pero aún cabe la esperanza. Numerosos detalles permiten pensar que Land of Plenty no es una película coyuntural sino una obra de compromiso integrada en el conjunto de su obra: la relación de Paul y Lana remite a la del fotógrafo y Alicia en Alicia en las ciudades o a la de Travis y su hijo en París, Texas; en el skyline de un L.A. desquiciado y peligroso destaca el logo del Nuevo Hotel del Millón de Dólares, y la denuncia de los desequilibrios sociales ya estaba presente en El cielo sobre Berlín, Hasta el fin del mundo, y ¡Tan lejos, tan cerca! Por otra parte, la falta de intimidad, el abuso de poder y el control fascista eran uno de los ejes de la interesante pero confusa El fin de la violencia. Confiemos en que el nuevo siglo nos devuelva a un Wenders en plenitud.

Por Antoni Peris Grao
cartel
EE.UU. y Alemania, 2004. Dirección: Wim Wenders. Guión: Michael Meredith y Wim Wenders; basado en un argumento de Wim Wenders y Scott Derrikson. Producción: In-Ah Lee, Samson Mücke, Gary Winick y Jake Abraham. Música: Thom & Nackt. Fotografía: Franz Lustig. Montaje: Moritz Laube. Diseño de producción: Nathan Amondson. Duración: 118 min. Interpretación: John Diehl (Paul), Michelle Williams (Lana), Shaun Toub (Hassan), Wendell Pierce (Henry), Richard Edson (Jimmy), Burt Young (Sherman), Yuri Z. Elvin (Oficial Elvin), Jeris Lee Poindexter (Charles), Rhonda Stubbins White (Dee Dee), Bernard White (Youssef).