Vivir a la deriva
El vértigo de mirar hacia atrás. Saber que has recorrido el camino soñado pero que no estás en el lugar correcto. Girar la cabeza. Mirar hacia delante y comprobar cómo el miedo se agarra a tu estómago y no te deja andar. Un cruce de caminos. Al principio, una certeza: es el camino. Después, los temores: el espanto de no saber dónde estás ni adónde ir, el horror de existir. La evidencia de naufragar, de vivir a la deriva.
Hank Evans (Peter Krause) y Jack Linden (Mark Ruffalo) tienen la fachada del éxito. Son dos profesores universitarios de literatura y están, en apariencia, felizmente casados con dos mujeres preciosas: Edith (Naomi Watts) y Terry (Laura Dern), respectivamente. Ellos son amigos del alma, se partirían la cara el uno por el otro. Ellas no disimulan que mantienen una estrecha relación de confidencias.
Sin embargo, al otro lado de ese aspecto externo se esconden las miserias e infortunios de los personajes. Hank mantiene relaciones sexuales esporádicas con sus alumnas. Edith lo sabe. Hank, de algún modo, empuja a Edith a tener un romance adúltero con Jack. Éste no está pasando por su mejor momento. A sus problemas económicos cabe sumar una esposa, que flirtea con el alcoholismo, a la que está dejando de querer. La hija de los Evans y la parejita de los Linden no pesan demasiado en esta historia. Eso parece o eso creen.
El guión de Ya no somos dos está basado en dos relatos cortos de Andre Dubus (“We Don't Live Here Anymore” —del que toma el título la versión original— y “Adulterio” —que conforma la base, o núcleo central, de la trama— ). El argumento tejido por Larry Gross, el no muy reputado guionista de —entre otras— Calles de fuego y Ejecución inminente, centra su atención en la oscuridad insondable de lo cotidiano, en la falsedad de las apariencias.
En En la habitación de Todd Field, otra película basada en un relato de Andre Dubus, se nos mostraba de qué manera los buenos momentos de la vida se convierten en algo efímero. El edificio que sostiene nuestras vidas tiene una arquitectura frágil. Como los personajes de En la habitación, los de Ya no somos dos buscan la tranquilidad que han perdido, el argumento con el que reorganizar un universo caótico.
El entramado del relato es sencillo. A pesar de que he comprobado que se le está comparando, de manera conceptual, a un título reciente como Closer, el film que nos ocupa se aleja de éste ya que detalla las dificultades de la vida matrimonial de un modo verosímil. John Curran se acerca a los personajes de una manera próxima y real. La ruptura de las parejas de Ya no somos dos viene dada por el desgaste de lo cotidiano y por un hálito de desencanto que contamina sus vidas.
La dirección de John Curran es muy sutil, sin alambiques ni adornos innecesarios. El director australiano otorga un ritmo pausado al relato, acorde al malestar y al abatimiento que van carcomiendo a los personajes. En varias secuencias en las que intervienen las parejas, ya sean las matrimoniales o la adúlteras, Curran acostumbra a insertar un plano de un tercer o cuarto miembro del cuarteto protagonista. Esta estrategia concede una especial profundidad a lo que vemos, ya que sobrepasa la anécdota narrada para ofrecernos resonancias inesperadas y nuevas lecturas. En otras ocasiones, repite escenas consonantes, como aquéllas en las que el fantasma del suicidio y el infanticidio como manera expeditiva de solucionar los problemas recorre por las mentes de Jack y Edith —o quizás por las nuestras— . Primero vemos a Jack con sus dos hijos pasear hasta llegar a un acantilado —el montaje de Curran hace de la escena un rico entramado de sugerencias—, después se repetirá la escena con Edith y su hija en el coche, detrás de una barrera y esperando a que pase un tren.
Antes de finalizar este artículo me gustaría citar tres breves momentos en los que la sutileza antes mencionada de Curran para narrar de un modo estrictamente visual brilla de manera especial. De hecho, los dos primeros forman un conjunto. En primer lugar, vemos a Terry esperando a Hank. Él llega tarde a casa después de haber pasado la tarde con Edith. La cámara encuadra a Hank entrando en casa y a Terry sentada en un sillón; después baja por el brazo de ella hasta que vemos cómo esconde una copa de vino detrás de su asiento. Más tarde, la escena vuelve a repetirse. Sin embargo, en esta ocasión John Curran abre el plano precisamente desde la copa de vino. Ahora Terry no la esconde, ahora no es tiempo de disimular o tapar las heridas, ahora Terry va a romper con las apariencias. Si la crisis estaba algo más que latente, ha llegado el momento de que eclosione.
El plano final de la película es otro instante de gran agudeza y sutilidad visual. Durante el visionado de la película hemos visto a Jack montar en bicicleta en diversas ocasiones. Siempre le hemos visto de frente, unas veces acompañando a sus hijos y otras en sus escaramuzas adúlteras. En esta ocasión, Curran sostiene un plano fijo en el que vemos a Jack paseando en bicicleta, de espaldas a nosotros, en un largo camino de paisaje otoñal. Jack ha decidido permanecer con su familia, renegando de su amor y su pasión por Edith. La conclusión es clara, tras detenerse en el cruce de caminos, Jack ha optado por viajar solo y hacia un destino incierto.
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