Vacío existencial en "Hollydeutsch"
Wim Wenders ha explicado en diferentes ocasiones que la primera vez que leyó una novela de Patricia Highsmith sintió unas enormes ganas de llevarla al cine. Ya en El miedo del portero ante el penalti, Josef Blosch, al comienzo de la película, entra en un cine, en el que conoce a una taquillera que más tarde asesinará. En la cartelera del cine podemos leer "The tremour of Forgery". El título correspondía a una novela de Patricia Highsmith, que todavía no era película, que Wim Wenders leía durante el rodaje del film y cuyos derechos perseguía. La atracción que sentía Wenders por las novelas de Highsmith tenía, o tiene, mucho que ver con la construcción de los personajes. Por supuesto, también son importantes para él las coordenadas en las que Highsmith sitúa sus historias, en esa novela negra tan visitada por el cine de Hollywood clásico. Los personajes de Patricia Highsmith son el centro a partir del cual se desarrolla el relato. Sus incertidumbres morales, sus miedos, sus anhelos, sus inseguridades, sus angustias, sus logros y sus errores; todo ello conforma el eje que vertebra las historias de Highsmith. De hecho, en esta ocasión toda la historia se construye a partir de una ofensa. Generalmente, no nos encontramos en las obras de Patricia Highsmith a tipos que, como marionetas, son movidos por unos condicionantes externos que marcan los derroteros por los que debe encauzarse la acción y el desarrollo del relato. Wim Wenders supo captar todo esto en su adaptación. El amigo americano es bastante más que un ejercicio (estupendo, además) de cine negro. Es también un homenaje al cine más venerado por el director alemán. Es una cita a Alfred Hitchcock, un homenaje a Sam Fuller o Nicholas Ray (maestros a los que incluye como actores en el film) y al cine de la época dorada de Hollywood, pero también lo es al nuevo cine estadounidense, a su relevo generacional (el Dennis Hooper de Easy rider como Tom Ripley). Este homenaje al cine, se cierra con la inclusión de otros directores europeos, como el suizo Daniel Schmid y el francés Jean Eustache. Wenders utiliza estos directores en papeles de gangsters. Directores de cine y gangsters, personas que juegan con la vida y la muerte de los demás.
La anécdota. Un marquista (Jonathan Zimmermann, interpretado por Bruno Ganz) es utilizado por los miembros de una organización criminal para eliminar a un par de enemigos. El marquista está enfermo de leucemia y su vida se adivina corta. El dinero que reciba por estos trabajos será para su familia, para dejar a su esposa e hijo en una mejor situación económica antes de su muerte. Tom Ripley (Dennis Hooper) introduce a Jonathan en esta vorágine; más tarde, por amistad, intentará ayudarle a salir sano y salvo.
En un momento de la película, Ripley susurra que "cada vez tengo menos idea de quién soy yo o de quién son los demás". Lo mismo podría haber explicitado Jonathan. Él es un hombre debatido entre la vida y la muerte. En esa tesitura, matará por su familia y acabará descubriéndose diferente a lo que creía ser. En El amigo americano, el crimen se convierte en un acto sin artificio, matar es algo cotidiano. Para Wenders, la intriga criminal no es más que un mero mcguffin. El verdadero sentido del film en la contraposición de dos mundos, diferentes y complementarios.
El personaje de Ripley se contrapone al de Jonathan del mismo modo que se funden el concepto de cine americano homenajeado por Wenders al de cine europeo encarnado por la realización del propio cineasta. Ripley encarna un compendio de rasgos de personaje cinematográfico estadounidense (individualista y con una clara inconografía de western a la que se le pueden añadir elementos como una mesa de billar o una jukebox). Por su parte, Jonathan es un artesano, un enmarcador de cuadros (Wenders no se cansa de resaltar este aspecto, "enmarcando" a su vez al personaje en diferentes ocasiones). Son dos mundos que, al mismo tiempo, se atraen y colisionan.
Por otra parte, como en cualquier buena película de género negro que se precie, Wim Wenders sabe captar la agresividad soterrada y amenazadora de la gran ciudad. Berlín, París, Nueva York: el infierno. Las deshumanizadas estaciones de metro, tren y avión, el aséptico túnel que conduce a Jonathan hasta el despacho de su médico particular, el suburbio portuario en el que vive, las frías habitaciones de hotel, los videos (testigos mudos de la muerte), las artificiales luces de neón, los inhumanos skylines de las grandes ciudades, el hogar de los Zimmermann es gélido y triste (a pesar de los juguetes artesanales que se encuentran por doquier y que nos retrotraen a un espacio de ilusión perdida muy presente en la obra de Wim Wenders: la infancia)... Éstos son los escenarios por los que se mueven los protagonistas de El amigo americano. Son el fondo de la historia y, al mismo tiempo, el reflejo del interior de los personajes. Es el retrato de un mundo en el que prima lo individual. Las imágenes del film supuran soledad y vacío, los personajes se mueven por las ciudades como si estuviesen perdidos. Una invisible muralla les encierra en las calles de la gran ciudad; para ellos el horizonte no es más que una quimera, algo que no pueden alcanzar a ver. El futuro comparte habitación con el ayer y el hoy.
Los dos personajes principales, Bruno Ganz en el papel de Jonathan y Dennis Hooper en el de Tom Ripley, tienen hondura sobrada. Tanto los actores como Wim Wenders sacan a relucir todo su mundo interior. Todo esto es explicado con imágenes en la película. Los fotogramas del film, por sí solos, tienen el suficiente poder de sugerencia como para que el espectador capte todo aquello que subyace a lo narrado. Pero, además, la labor de los dos actores es magistral. Hoper y Ganz dan muestra de una galería sutil de registros que hace subir enteros el film. Dos seres humanos con auténtica dimensión, dos hombres que encuentran en su relación (evito la palabra "amistad" a propósito) una respuesta, que relega a las relaciones familiares, al interrogante que impone el universo. De este modo, la acción propiamente criminal queda supeditada a una visión de conjunto más íntima. Sin embargo, Wenders no pierde la obligada espectacularidad del relato. El ritmo narrativo no se resiente en ningún momento. El interés no decae en absoluto.
En este sentido, la labor de Wenders luce de manera especial en las escenas de los asesinatos. Ambas son un prodigio de ritmo. El primero de ellos, en el metro de Paris, es un descenso a los infiernos en toda regla. Wenders no hace uso de los diálogos ni de la música; sólo el ruido, amortiguado, del metro acompaña a las imágenes. El montaje y el uso de las miradas logran una escena de nueve minutos magistral. El asesinato culmina con una filmación de una filmación: vemos la huída de Jonathan a través de las pantallas de vídeo del equipo de seguridad. De este modo, la escena acaba trascendiendo la intriga criminal para situarse en una reflexión sobre una sociedad invadida por la cultura audiovisual, por una meditación del cine sobre el cine.
El segundo asesinato sucede en un tren. La evocación de otros referentes
cinematográfcos resulta imposible de evitar. Además, la escena está rodada casi integramente en estudios, lo cual otorga a las imágenes de la misma una textura muy especial. La tensión de la escena va in crescendo, fruto de que el espectador sabe que Jonathan no podrá salvar los escollos de su nuevo trabajo. El asesino se nos muestra indefenso y perdido hasta que llega el "amigo americano". Se trata de la escena más pura de cine negro que contiene la película. La pelea ante la puerta abierta del vagón, el suspense creado por la incertidumbre de si serán descubiertos por el revisor o por los secuaces del hombre asesinado, la aparición inesperada de Ripley; todo ello son puntos reconocibles del género negro. Pero, evidentemente, también aquí Wim Wenders trasciende lo narrado para mostrarnos al hombre inseguro, al personaje escindido, al europeo perdido en un film de género característico de Hollywood
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