El río del olvido
A poco que uno se lo proponga, siempre acaba dando con la ocasión adecuada para hablar de otra cosa que no sean barridos, planos secuencia, flash backs y picados. Tenía yo ganas de reivindicar —aunque sea tardíamente— este libro de Julio Llamazares y mira tú por donde encuentro aquí y ahora un hueco para colar mi recomendación. Porque en El río del olvido también retorna alguien a su pueblo, a un pueblo que ya no es, a unas casas engullidas por un pantano maldito que ahogó todos los recuerdos de la infancia.
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.
Era esta una novela viajera —la recuerdo mal y no porque careciese de virtudes, sino por andar algo escaso de memoria—, en la que un emigrante forzoso huía esta vez de la gran ciudad, se ceñía el macuto a la espalda y remontaba un río para reencontrarse con un paisaje y sus gentes, sin saber muy bien si era el primero el que determinaba el carácter de los segundos o viceversa.
Pero más que a Llamazares o a Cela (con su canónico Viaje a la Alcarria en varias tandas), El cielo gira remite directamente a Miguel Delibes, otro grande que sigue vivo, capeando su enfermedad y curando su angustia en las páginas de libros ajenos, entre el estío y el cierzo de algún pueblo castellano con buena caza y mejor vino.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo, como un fantasma.
Mercedes Álvarez demuestra también sus inquietudes literarias en los elaborados textos en off que apostillan sus imágenes (suficientemente poderosas per se como para inclinarme a pensar que no necesitaban ser refrendadas por idioma alguno). Es tan difícil y extraño leer en voz alta lo que uno ha escrito...
Literaria. ¿Estoy "acusando" de literaria a esta película? No. La estoy definiendo, tratando de resaltar, precisamente, sus cualidades. Lo contrarío sería tan ridículo como tratar de desacreditar a un escultor llamándolo a voz en grito «¡artista!» o «¡ecuánime!» a un juez. El cielo gira es un filme exquisitamente novelado.
Nuestra Chris Marker particular se instala durante un año en el pueblo que la vio nacer (un seguimiento "estacional" muy cercano al magnífico trabajo de Philibert en Ser y tener), prestando su mirada a un entorno de réquiem anticipado, abocado al más rotundo de los olvidos. Como aquellas arcaicas huellas de dinosaurio que de jóvenes pisaban sus habitantes con indiferencia, convertidas ahora en ingenuo reclamo turístico de otra especie al borde mismo de la extinción: la España rural.
Tener un pueblo en el que veranear debería de ser un imperativo legal para completar la educación sentimental de cualquier niño. Yo fui de los afortunados y lo tuve: a medio camino entre Burgos y Soria, frígido como un témpano de hielo en invierno y moderadamente caluroso entre junio y agosto. Todavía me dejo caer por él —muy de vez en cuando—, con el inconfesable propósito de corroborar que todo siga igual: la ermita a lo lejos, la plaza recorrida en círculos sin fin por hombres requemados y mujeres arrugadas, un rincón particular, una trasera olvidada, una calle por asfaltar…
A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas.
A la sombra de los pinos —o de un olmo enfermo— encuentra uno tiempo para nada; es decir, un ridículo paréntesis para acariciar la vida que retoza a nuestros pies, con un tacto que oscila entre lo aterciopelado y lo áspero, según nos coja el día. Un tiempo muerto que termina por devenir angustiante para quién se ha acostumbrado a que sus ritmos los dicte el diapasón virtual de unas manillas (un urbanita neurasténico, vamos). Será por eso que todo nos parece avanzar a cámara lenta, con la confusa sensación de estar y de no estar allí.
Cuando nuestra breve estancia toca a su fin, nos da por preguntamos qué suerte correrán los que se quedan, los que tendrán que acarrear la leña amontonada en el casito, abrir estrechos pasillos en la nieve a golpe de pala o señalar en el calendario el gran acontecimiento semanal del mercadillo, donde una gitana les venderá aceitunas "de las gordas" y un senegalés deportivas "de marca". «¿Será posible que haya gente que aguante aquí todo el año?»
Pues sí, las hay. En la meseta castellana —tan extensa como yerma y exhausta— personajes encorvados avanzan por caminos que hacen cuesta (y además «cuesta arriba, que son los malos»), rememorando juventudes, sueños y amoríos en revueltas y alamedas. Traen los años marcados en sus rostros, como los anillos concéntricos tatuados en las toconas que salpican el llano en llamas. Se desplazan sin prisa por un paisaje que llevan dibujado en el alma, topografía difusa de derrota y permanencia.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
El castellano no es un hombre dado a las confidencias. Es más amigo de silencios, de desafiar al horizonte y resumir su pesar en tres palabras, retahíla de monje trapense que a fuerza de repetirse suena ya más irónica que desesperada. Aunque en un principio fuesen dictadas, repito, por la condenada desesperación.
Mira enrededor y encuentra sólo signos macabros, estilemas punzantes que no necesitan de elaboradas interpretaciones: restos de civilizaciones que pasaron, osarios que deben de ser removidos con cierta frecuencia, árboles que iban para milenarios hasta que se salieron del curso del tiempo, vecinos que forman parte de atardeceres brumosos y que deciden no volver a levantarse, palacios abandonados hasta por los fantasmas, otrora fuente de leyendas mal contadas…
…y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.
El aldeano humilde y desdentado, con las manos deformadas por el azadón, se erige así en una figura supraterrena y alegórica, como aquellos campesinos místicos de Millet, encarados hacia el más allá tras interminables jornadas de labranza y siega. En los ojillos hundidos de un pastor solitario, en el educado desprecio con el que toleran campañas electorales donde ya no se disputa ningún voto del señor Cayo, en la manera como miran fotografías en blanco y negro saturadas de gente que se fue, que ya no está, que no recuerdan… en todas estas manifestaciones se nos revela la última porción de la humanidad dedicada realmente a meditar sobre el futuro y la nada.
Y lo hacen sin necesidad de imperativos categóricos, silogismos tramposos o quintas vías de Santo Tomás. Utilizan sencillos aforismos, miradas ladeadas y suspiros apagados para expresar 300 siglos de miedo, incertidumbre e interrogación a estrellas fijas y satélites callados.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.
Fuera, la presión crece. Como aquellas tribus de la Amazonia cercadas por excavadoras e intereses madereros, los numantinos del siglo XXI ven acampados a las puertas de su pueblo a ejércitos de técnicos y tecnócratas que les aseguran que el suyo no es un modelo sostenible, que deben de buscar un entente cordial con la modernidad y sus inconmensurables ventajas. Molinos gigantescos apostados tras las laderas, hoteles de categoría enclavados en parajes con encanto… una invasión planificada, lenta, constante. Plenamente convencida de su victoria final.
…y la relatividad de todas las pasiones, lo efímero de todos los Imperios. Árabes que se convierten en repobladores de una tierra de nadie abandonada ahora por los cristianos, ciudades que se creían eternas y aparecen fragmentadas bajo la rueda de un tractor, televisores que alertan de nuevos conflictos que remiten a viejas guerras, cruzadas que suceden a cruzadas para derrotar a enemigos ficticios.
Tras el pavor del morir
está el placer de llegar.
¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡Gran pesar!
El cielo gira, con homenaje incluido a Erice y su El sol del membrillo, constituye el acontecimiento cinematográfico más importante ocurrido en este dichoso país en mucho tiempo. Demuestra también que el documental (un año más, tras la fabulosa De nens) goza de una excelente salud (algo es algo) y que la capacidad de observación —antónimo de las prisas y los planes de rodaje— es una cualidad inalienable del buen cine. Aunque su continuada reivindicación en festivales internacionales y su insistente ninguneo en festivales patrios nos pueda sumir en una depresión de caballo…
La figura del pintor abocado a la más cruel de las enfermedades (la ceguera, para quien la mirada lo es todo) y la elaboración de un último cuadro basado en un recuerdo visual reciente, deviene una poderosa metáfora del abandono, la plenitud alcanzable a través del arte y la destrucción paulatina de referentes vitales, infinitamente más sutil que tratar de aunar crítica y poesía salpicando esta de versos de Machado.
Pero para eso debería de haber pasado más veranos tumbado en el arenal, escuchando el lento discurrir del Arlanza, esperando ver girar el cielo…
Al borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita.
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