Vuelve el hombre (tranquilo)

A pesar de que la distribución sigue haciendo aguas en nuestro país, de vez en cuando tenemos que darnos con un canto en los dientes por poder ver ciertas cosas desfilar por nuestras salas, aunque sea tarde, pues siempre mejor eso que nunca, y en un único cine, como es el caso de este filme en Madrid. Porque El ocaso del samurái (igual que la también recién estrenada Gerry) es una película de 2002. Teniendo en cuenta lo poco selectivas que son en ocasiones las distribuidoras, que muchas veces estrenan hasta los productos más infames, aunque también es posible que sea precisamente por eso, sí es de extrañar que no se haya traído antes, pues el filme se llevó 12 de los 14 premios a los que aspiraba en el equivalente japonés de nuestros Goya, incluyendo todas las categorías principales: Mejor película, mejor director (Yoji Yamada), mejor actor (Hiroyuki Sanada), mejor actriz (Rie Miyazawa), mejor actor de reparto (Min Tanaka), mejor guión, mejor fotografía, etc.

Ha sido ésta además una ocasión perfecta para reconciliarnos con el jidai-geki, las películas de samuráis, género más tratado en los cincuenta y sesenta en el apogeo de directores como Kurosawa, Inagaki o Mizoguchi, que sin embargo ahora se aborda con un cuentagotas que de poco en poco va soltándonos obras como Gohatto o la excelente Zatoichi. Mientras Kitano siguió fiel a su estilo al recrear las andanzas del masajista ciego adoptando un tono de comedia salpicada de violencia salvaje, la película del veterano (aunque desconocido en nuestro país) Yamada se acerca más al tono humanista del Kurosawa de Rapsodia en Agosto o Barbarroja, y sobre todo a El hombre del carrito de Hiroshi Inagaki, a la que se asemeja bastante en varios aspectos.

En primer lugar, el tratamiento de una historia dramática de una forma divertida al comienzo, para progresivamente ir endureciendo la narración hasta llegar a un tono melancólico y nada forzado, pues la transformación va surgiendo de un modo natural, algo para lo que hay que tener mucho talento si no quiere caerse en las garras del sentimentalismo barato. Por otra parte, el protagonista Hiroyuki Sanada, al que ya pudimos ver en The Ring, labra una interpretación magnífica que en absoluto tiene que envidiar al gran Toshiro Mifune en un papel también bastante similar al de aquél en el filme de Inagaki. "Ocaso" Seibei es un samurái retirado, que, viudo, y con una madre senil y dos hijas a su cargo, debe ganarse la vida con un trabajo que nada tiene que ver con el oficio de las armas. Como el hombre del carrito, Seibei cae presa de un amor al que se oponen todas las convenciones sociales del momento. Lejos de dejarse llevar por sus sentimientos o por la ambición de poder como la mayoría de samuráis en su situación, la única preocupación que mueve a Seibei es el bienestar de su familia.

La narración de la historia es llevada por la voz en off de su hija menor, años después de que todo terminase, un recurso empleado con cuidado y que añade una componente más para el drama, ya que el espectador va haciéndose consciente aún más, no sólo del sufrimiento de Seibei, sino también de que sus hijas no eran ajenas al estado de su padre.

A pesar de no ser una película con muchos enfrentamientos, los dos duelos a espada son sencillamente magistrales. Hace mucho que no se rodaba con tal realismo un combate como en esta película. Totalmente alejado de las coreografías de otras películas actuales en las que a pesar del disfrute, uno no deja de pensar por momentos en lo impostado de la situación, en los pasos medidos y calculados del combate, aquí todo refleja una naturalidad y una sensación de peligro totalmente real, más cercana al clasicismo de Kurosawa y sus contemporáneos, con un excelente empleo del sonido y el montaje.

Como el hombre tranquilo, o como el que mató a Liberty Valance, "Ocaso" se ve abocado a un combate que preferiría evitar, pero del que no puede huir, ateniéndose a los códigos de honor. Uniendo esto a la imposibilidad de construir una vida junto a Tomoe, va surgiendo el lado triste de la historia. Todo se va poniendo en contra del protagonista, que sin embargo no tira la toalla, enfrentándose estóicamente a su destino y afrontando todas las consecuencias. Toda la secuencia del westerniano enfrentamiento final, primero dialéctico y físico después, en la casa de Yogo (Min Tanaka), en el que el tiempo parece detenerse, es uno de los momentos más intensos que servidor ha visto en mucho tiempo, con un desenlace memorable.

Yamada dirige con sobriedad y sin excesos, ajustándose perfectamente a las exigencias del soberbio guión. Del mismo modo, la fotografía y la música son dos aspectos muy cuidados, pero sin destacar por encima de lo más importante, una historia que termina resultando conmovedora y supone un pequeño respiro ante esas olas de violencia (contenida o no) y terror con que nos asolan (casi siempre para bien, he de admitir) las modernas cinematografías orientales.

Por Sergio Vargas
cartel
Japón, 2002. T.O.: Tasogare Seibei. Director: Yoji Yamada. Producción: Shigehiro Nakagawa, Hiroshi Fukazawa, Ichiro Yamamoto. Guión: Yoji Yamada y Yoshitaka Asama, basado en la obra de Shuhei Fujisawa. Fotografía: Rokuo Naganuma. Dirección artística: Mitsuo Degawa. Música: Yousui Noue, Isao Tomita. Montaje: Iwao Ishi. Duración: 129 min. Intérpretes: Hiroyuki Sanada (Seibei Iguchi), Rie Miyazawa (Tomoe Iinuma), Min Tanaka (Zenemon Yogo), Nenji Kobayashi (Chobei Kusaka), Ren Osugi (Toyotaro Koda), Mitsuru Fukikoshi (Tomonojo Iinuma), Kanako Fukaura (Yae Linuma), Hiroshi Kanbe (Naota), Miki Ito (Kayano Iguchi), Erina Hashiguchi (Ito Iguchi).