La ontología del espectáculo

Dentro de la hipertrofia plástica que ha caracterizado las superproducciones hollywoodienses de carácter épico, soy de la opinión de que nada es ejecutable de antemano, es decir, no creo que el mejor cálculo para representar un espectáculo deba mantener fijas unas leyes narrativas, cada director tiene su particular mirada sobre la acción física y los gustos del público son generalmente producto de las modas, por eso, tras una avalancha de esteticismo heredera de Matrix, uno recibe con cariño una puesta en escena de corte más clásico o el particular postmodernismo con que el talentoso Tarantino rueda escenas de artes marciales. Es por ello que siempre suelo premiar mis apetencias con los realizadores que no están atentos a lo que espera el público de la película (o simplemente lo que se espera de ellos), y deciden construir los andamiajes de sus films únicamente basándose en su propio criterio respecto a qué composición de ritmo y montaje necesita una escena con un argumento concreto. Seguramente los que hemos educado la mirada orgasmando con los films de John Ford, Akira Kurosawa, David Lean o Raoul Walsh, podamos marearnos ante los alardes espaciales de cineastas tan adrenalíticos como David Fincher, Oliver Stone, Roland Emmerich o cualquiera de los hermanos Scott, craso error. Es el equilibrio entre la forma y el fondo lo que lleva a buen término la puesta en escena de un argumento, o lo que es lo mismo, todas las formas son válidas si logran sus expectativas. Por poner un ejemplo: esa es la razón por la que no funcionan films como 1492: La conquista del paraíso o Gladiator, y sí funcionan films como Blade runner o Black Hawk derribado. De nada sirve una espectacularidad confuso maniqueísta, como la de los productos de Michael Bay o Joel Schumacher, y desde luego nada tienen que ver en ello las aportaciones digitales de las nuevas tecnologías, si Las dos torres (film pixelado hasta la médula del fotograma) funciona como un espectáculo de goce inabarcable, lo hace por las mismas razones que deja mudo el inicio de Salvar al soldado Ryan (film de carácter artesanal) y sin embargo se atragantan films como El ataque de los clones (digital) o Braveheart (artesanal).

Ridley Scott, ya se sabe, es un cineasta por el que se posee simpatía (al revés que por su hermano Tony, diana móvil de la crítica per se, quizás el que a uno se le recuerde siempre como al autor de Blade Runner, choca con el que será recordado por ser el autor de Top Gun). Arquitecto de imágenes icónicas de discutible valor artístico, el director de Alien, el 8° pasajero, ha cimentado su filmografía sobre productos de carácter comercial de calidad directamente variable con la solidez de sus correspondientes guiones comerciales. El reino del cielo, película olvidable pero sostenible, es así un nuevo producto de la factoría Scott, cuya agria polémica sobre el tratamiento histórico, religioso y ético, sencillamente, me parece una soberbia memez, teniendo en cuenta que los niveles filosóficos del film, si es que existen, son de una sencillez digna del bachiller escolar. Ni Scott ni su guionista William Monahan se detienen a realizar lecturas internas dentro del discurso argumental, su mensaje es lo suficientemente sencillo como para no tener que hondar en él, cosa habitual en este tipo de producciones destinadas al entretenimiento, por lo que nadie debería exigir nada a cambio. Scott es un realizador que sitúa la que él cree como mejor imagen para que llegue directa al espectador, que éste sea capaz de emocionarse con lo proyectado bajo una condición de mínimos éticos bastante soportables. Se trata de vivir una aventura con cierta emoción, no de levantar juicios históricos o de leer paralelismos con la situación actual en oriente medio, a no ser que el cine de evasión haya cambiado de la noche a la mañana y yo no me haya enterado.

No es en lo filosófico y sí en lo ontológico donde el cine de acción actual ha mutado. Los superhéroes urbanos ochentenos capaces de aniquilar ejércitos con su mechero convertible han dado paso a una cierta duda sobre lo idóneo de vencer las batallas (1). El caso de El reino de los cielos, como otros films semejantes, como la propia Black Hawk derribado o Troya, es exactamente eso, la historia de una derrota puesta en escena como una victoria. El retrato en forma de lujosas batallas bañadas en hemoglobina ralentizada de una épica condenada a la destrucción, no estamos tan lejos entonces de historias como They were expendable, El Álamo o Grupo salvaje, si los personajes, claro, poseyeran un mínimo de hendidura, pero tampoco nos excedamos en nuestros requisitos, pues El reino de los cielos no se lo merece. Y es que al margen de lo que uno haya vibrado con los últimos cuarenta minutos de película, justo en el asedio final a Jerusalén, el resto del metraje de la misma, es más bien soporífero, confuso, hueco y por momentos, realmente lamentable (en especial en todo lo que responde a la banda sonora y su utilización). Dice Ridley Scott que el 50% del trabajo con los actores se basa en un buen casting, y desde luego, El reino de los cielos lo confirma, así intérpretes como Jeremy Irons, Edward Norton, Liam Neeson, Brendan Gleeson, Ulrich Thomsen, David Thewlis e, incluso, Orlando Bloom, añaden carácter y personalidad a caracteres inexistentes —la única excepción es la mutilada en la sala de montaje Eva Green— y hacen distraído un film plagado de baches narrativos —atención a la gratuita escena del intento de asesinato de Balian o al naufragio en off del barco en el que este se acerca a Tierra Santa—; uno tiene la sensación de que, obviando al personaje principal, los otros son meros comparsas del guión, pues aparecen y desaparecen sin mucha más lógica que la de puntuar los avatares del sufrido Balian. Supongo que vale la pena superar los percances visuales de la cinta para poder disfrutar del mejor quehacer de Scott, a la hora de retratar el asalto final a Jerusalén (atención al cierre de la batalla con un travelling hacia atrás en plano cenital que encadena la lucha con los cadáveres que ésta deja), aunque eso depende bastante de lo que cada uno esté dispuesto a disfrutar a la hora de ver una película. Yo siempre lo digo, esa es mi verdadera teoría cinematográfica, si un espectador quiere disfrutar del cine, éste jamás se ha de imponer barreras en el gusto, ha de estar dispuesto a disfrutar con cualquier tipo de forma artística y con cualquier tipo de argumento, lo demás es limitarse, inmovilizarse como una ideología de derechas, o peor, hacer de su avatar crítico una pose (todo espectador es crítico en potencia, le guste o no), y entonces simplemente hacer del esnobismo un modo de vida, y le pone límites al placer que representa ir al cine.

(1) Afirmación que aparece en el texto de Hilario J.Rodríguez, "La difícil convivencia" en Dirigido por… n ° 345.

Por Alejandro G. Calvo
cartel

EE.UU., 2005. Dirección: Ridley Scott. Guión: William Monahan. Producción: Ridley Scott. Música: Harry Gregson-Williams. Fotografía: John Mathieson. Montaje: Dody Dorn. Diseño de producción: Arthur Max. Duración: 145 min. Interpretación: Orlando Bloom (Balian de Ibelin), Eva Green (Sibylla), Jeremy Irons (Tiberias), David Thewlis (Hospitalario), Brendan Gleeson (Reynaldo), Marton Csokas (Guy de Lusignan), Liam Neeson (Godofredo de Ibelin), Alexander Siddig (Imad), Ghassan Massoud (Saladino), Velibor Topic (Almaric).