La mirada amable de la realidad

De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un acto tremendamente decepcionante tener que analizar la situación por la que atraviesa el cine español.

Siempre se dice lo mismo, que está sumergido en una profunda crisis. Pero sorprende cómo la propia industria prefiere disfrazar la verdad de los hechos. Un ejemplo claro lo tenemos en la última edición de los Premios Goya, en la que se denunciaba abiertamente que la cosa no andaba por buen camino; sin embargo se pusieron mil excusas y se echó la culpa a todo el mundo menos a ellos mismos: a la presión que sufren por parte de las superproducciones norteamericanas, a la carencia de ayudas gubernamentales, a la escasa publicidad y distribución de los productos, a los espectadores y, el colmo del colmo... a la piratería!!!. ¿Y la autocrítica? Parece no existir. Así, el cine español se encuentra inmerso en un momento crítico dentro de su historia más reciente, ya que no es capaz de aceptar que el verdadero motivo de la crisis es la acuciante falta de ideas. No existe audacia, originalidad en las propuestas, no se da una renovación de las estructuras (que parecen ancladas en un pasado antidiluviano), sino que lo único que se hace es repetir una y otra vez los mismos arquetipos manidos que sólo parecen ir encaminados a conseguir un beneficio en taquilla. Tampoco surgen directores nuevos que tengan algo que contar, con una mirada estrictamente personal.

Tapas, por ejemplo, es una ópera prima. ¿Hay algo en ella que la haga diferente?

No, pues se parece tanto a otras comedias corales que han surgido en los últimos años, que dentro de poco, con entera seguridad no seremos capaz de distinguir una de otra o de apreciarlas por separado. Esta homogeneidad afecta no sólo a las historias, sino también al discurso de fondo que éstas pretenden transmitir, lo cual me parece todavía más preocupante. En este aspecto, sí es donde se ha producido una verdadera involución hacia las fórmulas más retrógradas de expresión artística y estética, ancladas en el más rancio tradicionalismo temático, el casticismo, el pintoresquismo y el costumbrismo. Sí, desde que funcionó la fórmula acuñada por Benito Zambrano o Fernando León de Aranoa, si quieres hacer una película de prestigio que gane premios y el reconocimiento de público y crítica, ésta ha de ser por fuerza de índole social, y sobre todo ha de estar revestida de un tono políticamente correcto. Este es el mal endémico que corroe al cine español. Son muchos los lugares comunes que se repiten de forma incansable; por ejemplo, los personajes suelen ser fracasados o pobres tipos, pero siempre simpáticos y entrañables, cargados de preocupaciones, de problemas tanto económicos como sentimentales, pero que como premio a su sufrimiento siempre terminan por salir a flote, solucionando con entereza y dignidad la mayoría de sus cuitas laborales y emocionales. Dentro de ese esquema podemos encontrar la vertiente trágica (Solas, Te doy mis ojos...), la cómica (El penalti más largo del mundo, Días de fútbol...) y una órbita intermedia que correspondería a aquellas películas que intentan despertar media sonrisa a través de la descripción de temas amargos (Barrio, Los lunes al sol...). Dentro de este último grupo podríamos integrar a estas Tapas que nos ocupan, debut en la dirección de José Corbacho y Juan Cruz.

¿Qué tiene de especial Tapas que la diferencie del resto de películas que se hermanan a ella en contenidos e intenciones? Muy poco. En realidad nos encontramos ante un film de lo más insípido y desocupado, que se limita a calcar patrones y situaciones ya esbozadas cientos de veces, explotadas hasta la saciedad... Veamos algunas de ellas.

Comenzando por la estructura, Tapas adopta la típica configuración de comedia coral a la que tanto partido está sacando el cine español más ramplón de los últimos años, aquella que intenta acercarse al mismo tiempo a la vida de unos cuantos personajes dispersos entre los que se producen inevitables encuentros y desencuentros. En este caso, el mosaico de existencias trazado corresponde a un grupo anónimo de seres, vecinos y pequeños comerciantes, que pululan por un discreto barrio de Barcelona. Mini historias protagonizadas por gente sencilla y humilde inmersas en la rutina y la cotidianeidad. De forma fragmentada, se nos van exponiendo las distintas acciones que cruzan el tejido narrativo. Y de ahí es donde proviene una de las mayores sorpresas (que no juega precisamente a su favor), y es que aun tomando el costumbrismo social como punto de partida y anclándose en una realidad perfectamente reconocible, la película opta por la descripción de situaciones un tanto anómalas e improbables (¿ocurre todos los días que un joven de veinte años mantenga una relación sexual con una mujer que le dobla la edad?, sí, es posible... pero, ¿alguien puede creerse que una anciana respetable venda anfetaminas para pagar el tratamiento de su marido enfermo de cáncer?, ¿cuando a un hombre que lo abandona su esposa y lo deja a solas con la regencia de un bar, le ayuda a salir a flote un cocinero chino tan rápido y eficiente como el mismísimo Bruce Lee?.) En fin, que esos son los relatos, más o menos surrealistas o absurdos, que se nos cuentan en Tapas y que por supuesto, nunca llegan a alcanzar en la pantalla ni la más mínima dosis de credibilidad ni convicción.

Otro de los puntos débiles a los que debe hacer frente el film es a su tono. En algunos momentos dulzón, en otros tímidamente cómico o dramático, ninguna de estas variedades termina por cuajar del todo, quizás porque en esencia, todo resulta demasiado forzado. La pretendida frescura que se pretende transmitir se da de bruces con la poca facilidad con la que el tándem Corbacho/Cruz dominan el oficio de la dirección cinematográfica. Esto conlleva a que Tapas sea una especie de película rígida, incapaz de transmitir emociones, ni despertar la complicidad del espectador, ni crear verdadera sustancia cómica ni dramática. Todo resulta demasiado anodino, sin chispa ni gracia, aunque siempre transmite la incómoda sensación de querer ser accesible a un sector de la audiencia lo más amplio posible. Por eso, los personajes abarcan todos los espectros de edad, y por eso se utiliza en sus descripciones una modulación molestamente misericorde y paternalista.

Estos son algunos factores que contribuyen a que Tapas sea una película un tanto pobre y hueca. Cierto que sus intenciones no son en exceso pretenciosas, (como sí lo eran las que componían el fresco pintado por Cesc Gay en En la ciudad), pero se echa de menos algo de ironía, mordacidad, crítica o una mínima reflexión en torno al paisaje humano que puebla la sociedad española. Son tan leves los apuntes a la soledad, a la inmigración o a la ociosidad juvenil, que no dejan de ser puramente anecdóticos, y en ningún momento logran erigirse como verdaderos ejes narrativos del relato, por lo que éste navega en la indefinición y la zozobra más absoluta, sin conseguir llegar a ningún lugar establecido.

En cuanto al trabajo de puesta en escena, éste también resulta insuficiente, evidenciando la falta de perspectiva cinematográfica de unos directores incapaces de imprimir el menor sello de autoría a aquello que están filmando, optando por soluciones visuales demasiado pobres y planteadas en términos simplistas. Sólo el trabajo esporádico de algunos actores (sobre todo de Elvira Mínguez) logra dignificar en cierta mediada a esta película que, galardonada con el Premio al mejor largometraje en el pasado Festival de Málaga, no sirve para otra cosa que para confirmar que el cine español necesita urgentemente reformular sus esquemas.

Por Beatriz Martínez
cartel
España, 2005. Dirección: José Corbacho y Juan Cruz. Guión: José Corbacho y Juan Cruz. Producción: Luisa Matienzo y Julio Fernández. Música: Pablo Sala. Fotografía: Guillermo Granillo. Montaje: David Gallart. Dirección artística: Mireia Carles. Duración: 94 min. Interpretación: Ángel de Andrés (Lolo), María Galiana (Doña Conchi), Elvira Mínguez (Raquel), Rubén Ochandiano (César), Darío Paso (Opo), Rosario Pardo (Carmela), Alberto de Mendoza (Don Mariano), Alberto Jo Lee (Mao), Amparo Moreno (Rosalía), Anna Barrachina (Águeda).