«En el terreno del amor, las peores heridas aparecen más por lo que vemos que por lo que sabemos» Roland Barthes
Datada de 1991, Hasta el Fin del Mundo representa. para muchos seguidores de Wenders el principio de su decadencia. Tras el paréntesis que representaron Relámpago sobre el agua (1980), El hombre de Chinatown (1978-82) y El estado de las cosas (1982), crítica, seguidores y público general le habían recibido con honores a raíz de Paris, Texas (1994) y El cielo sobre Berlín (1986). Tras su particular visión de un Apocalipsis catártico, Wenders esboza una pobre y torpe continuación de El cielo sobre Berlín en Tan lejos, tan cerca (1992) y reivindica el Cine en la menospreciada Lisbon Story (1994). Es por ello que de manera general Hasta el Fin del Mundo ha sido valorada como un punto de inflexión claramente negativo en su carrera.
Y, sin embargo, Hasta el fin del mundo contiene el todo Wenders. Pese a la plana intervención de su pareja Solveig Dommartin y pese al peculiar sentido del humor wenderiano, entre naif y absurdo, la película contiene toda la ética y estética de su obra.
Hasta el fin... narra (o trata de narrar) la odisea de Claire Tourneur y Sam Farber y, de modo algo disimulado, la de todos los demás, la de todos nosotros, asimilados al detective Philip Winter (1) y a Eugene Fitzpatrick que les siguen alrededor del mundo. Wenders elaboró este proyecto con ambición de espectáculo culto (en 70mm) este durante más de un lustro, diseñándose en los 80 como una película futurista, acabada en el 91 y hablando del 2000. Vista en el 2005, resulta mucho más apreciable que en el momento de su estreno y supera con creces el futurismo del Fahrenheit de Truffaut.
La película arranca con la información, ilustrada con imágenes de la estratosfera, de la inminente caída de un satélite, al morir el siglo. Su caída preocupa a todos por el riesgo de un cataclismo nuclear, excepto a Claire, desentendida del mundo por una infidelidad de Eugene, su pareja, y dada a una vida de fiestas en Venecia. Su itinerario errático la llevará a colisionar, literalmente, con dos delincuentes que le confían su botín, camino de Francia, a recoger un misterioso fugitivo, Trevor McPhee, alias Sam Farber, enamorarse de éste y, sucesivamente, perderle, seguirle, encontrarle, perderle de nuevo y recuperarle. Todos estos encuentros y desencuentros les llevan de Berlín a Moscú, San Francisco, Tokio y Australia. Tras ellos van Eugene, el detective Winter que se autocontrata por amor al arte y simpatía hacia la pareja, Chico, el ladrón del banco y otro detective que sigue a Farber y su familia por motivos que no se explican hasta avanzada la película. Sin embargo, Wenders se reserva dos giros argumentales más; de hecho, los únicos nudos de la película. Farber (pintor, dibujante, en alemán) ha estado coleccionando imágenes alrededor del mundo con una máquina que permite ver a los ciegos y, específicamente, a su madre Edith (Jeanne Moreau), privada de la visión. La llegada de los fugitivos a su refugio australiano coincide, por una parte, con la caída del satélite y el aislamiento del grupo del resto del mundo, con el fin del mundo. Por otra parte, la aparición de Henry (Max Von Sydow), el padre de Sam, introduce un nuevo conflicto que se resolverá en, literalmente, distintos puntos de fuga. Al acabar la odisea, Claire seguirá una fuga, quizás sin fin, en tanto que Eugene y Bruno se sitúan en un nuevo mundo.
Ante tan compleja, desbordante y rocambolesca historia, el grueso de los espectadores se sintieron desconcertados y rehusaron la propuesta de Wenders. No entendieron cómo el autor podía elaborar un sci-fi tan disperso, un thriller tan relajado o una comedia con un sentido del humor tan poco contagioso. Wenders, no obstante, argumenta que Hasta el Fin del mundo no es sino "una película de amor, sobre el amor y dónde nadie sabe qué es eso, o sea, es una película de descubrimientos".. La historia de amor de Claire por Sam, la de Sam por Edith y la de Eugene por Sam, en definitiva el único amor auténtico de la película (2). Pero Hasta el Fin del Mundo es también una historia del amor de Wim por el cine. Es la historia de un autor, que sabedor de su capacidad por desarrollar ideas, trata de competir en terreno ajeno por una cuota de pantalla. Wenders aludió en su momento a la invasión de las pantallas por productos hollywoodienses como Terminator2 y planteó una película en scope para atraer al público rivalizando con las grandes producciones internacionales. Aunque, en el curso del tiempo, Wenders ha regresado a producciones de tamaño menor (Buena Vista Social Club, Land of plenty ) no rehuye las colaboraciones internacionales o las coproducciones para dar vida a historias íntimas en embalajes de lujo.
La película recoge de manera enciclopédica todos los ejes temáticos del cine de su autor...
La road movie
La road movie, está presente en su primaria época alemana (Alicia en las ciudades, En el curso del tiempo, El amigo americano ), continuada en su época internacional (Paris, Texas, Lisbon Story, Land of Plenty; incluso Buena Vista Social Club contiene, en cierto modo, road movie al llevarse a los músicos cubanos a Nueva York;) y persistente hasta su última obra, aun pendiente de estreno. La carretera, el viaje, son, para un nómada como Wenders, no sólo metáforas del viaje interior, sino de conciencias sacudidas, de una educación sentimental. Wenders ha hecho numerosas declaraciones al respecto, hablando incluso de e/motion, jugando con las palabras y comentando que el movimiento genera emociones (3). El desplazamiento exterior se corresponde con una búsqueda interior de los personajes siendo Hasta el fin del mundo en este sentido una antología de la estética del autor alemán, en la que unos personajes van en pos de los otros sin que lleguen a saber en varias ocasiones por qué emprenden el viaje: Claire sigue a un hombre al que dice amar pero acaba de conocer, Eugene la sigue a ella, Sam va en pos de unas imágenes evanescentes... En este sentido es inevitable la presencia de Winter, personaje proveniente de su época alemana y que, pese a los pesares y una pierna rota, reaparece en Lisboa para ayudar a un amigo en apuros. Si Eugene es el testimonio de la odisea de Claire y de la familia Farber, Winter es en cierta manera el ancla, el referente de una Alemania siempre presente cuya serenidad ayuda a los protagonistas en momentos de apuro. Wenders se plantea como un europeo del mundo y tiene su capital en Berlín, aunque no puede dejar de cruzar fronteras.
La familia
O las relaciones en familias disfuncionales (como la Alicia y el Winter de Alicia en las ciudades, como la fraternidad de Ripley y Jonathan en El amigo americano, como las familias desintegradas de Paris, Texas o Land of Plenty ) En Hasta el fin del mundo, Wenders nos presenta dos tipos de familia. Uno de los ejes argumentales, aparecido en el segundo tramo (4) de la película, es la relación paterno filial entre Henry y Sam, una relación despótica, que se mantiene de manera egoísta por un interés común (que Edith consiga ver de nuevo) y que se desmorona tras la muerte de Edith y la evidencia que el interés primordial de Henry es la mefistofélica investigación de la imagen cerebral. Así, a su llegada al campamento australiano, Henry no agradece a Sam sus esfuerzos, ni siquiera le pregunta por su estado, y se limita a verificar que la máquina convertora de imágenes cumpla correctamente con su función. Ni tan siquiera se entretiene en sentarse a compartir el regreso del hijo pródigo con su esposa. Henry rompe la parábola bíblica e ignora a su primogénito. En una historia con toques de comedia, la relación de Henry y su hijo representa la parte más chocante y más desagradable. Si había algún atisbo de esperanza para la familia en Paris, Texas (aunque fuera en cuanto a serenidad, a reconciliación), no hay ninguna opción para la familia Farber y el júbilo no tarda en convertirse en duelo. Tras la muerte de Edith la familia se desintegra por completo, los parientes de sangre aborígenes les abandonan y ambos, padre e hijo, desarrollan la adicción a las imágenes cerebrales. La familia del siglo XX está caduca y Wenders, en cierto modo, propone una nueva familia en sustitución de la vieja. En este fin de mundo, en este outback australiano desconectado del resto del universo, la pequeña comunidad se redefine como una entidad familiar y mientras Edith agoniza se celebra una fiesta para un nuevo mundo en la que confraternizan todos los habitantes de la comunidad. Un nuevo mundo en el que no caben los viejos sentimientos ni las viejas estructuras de relaciones familiares. Los aborígenes demuestran más dolor por Edith que el propio Henry y son ellos quienes demostrarán su amor fraternal al salvar a Sam más adelante. Eugene, por su lado, declarará su amor por Claire pero reconoce que no tiene sentido vivir con ella, que prefiere verla crecer y cuidarla desde el respeto mutuo y la libertad. Al final de la historia, tiempo después, Winter, Chico y Eugene siguen mimándola desde la tierra mientras que ella les cuida, simbólicamente, desde el espacio.
Los avances tecnológicos. Cuestiones éticas
Wenders, fascinado por aquel entonces por el avance del cine digital, da preponderancia en la película a la máquina que Henry y Sam han elaborado que permite grabar imágenes para que las vean los invidentes mediante el registro y copia de las ondas cerebrales del "cámara" en el cerebro del "espectador". Esta tecnología, lógica preocupación de un humanista del siglo XX como Wenders, es utilizada como Mcguffin . Durante toda la primera parte desconocemos el objetivo de Trevor/Sam y éste sólo accede a que Claire le acompañe cuando ella ayuda en la curación de la lesión ocular que la máquina ocasiona como efecto colateral tras su uso repetido. No obstante, Wenders plantea más adelante, diferentes ideas que se derivan del uso de la máquina.
Por una parte (el cine es vida), la curación de la queratitis es llevada a cabo por una medicina tradicional japonesa que aplica Chisu Ryu, actor de la mayoría de las sedativas obras maestras de Ozu (a quien se refiriese Wenders en Tokio Ga ). Por otra parte, la tecnología acaba vampirizando a los Farber. Tras diversas sesiones intensivas de visionado de lugares conocidos y familiares lejanos, Edith se deja morir. Por desilusión, por repugnancia, al reconocer visualmente la decadencia, la vejez y el desorden en las imágenes de un mundo que son más desagradables que lo vivido hasta entonces. A continuación, Henry, tratando de recuperar a Edith de entre los muertos, buscará su imagen en sus propios sueños. Henry, como un Frankenstein más que un Orfeo, se lanzará a una rotura de su yo más íntimo para exhibirse y exhibir sus deseos y recuerdos, tratando de revivir las imágenes de felicidad. Wenders plantea un límite moral para tal práctica y condena a Henry a una adicción de las imágenes que le llevará a un estado casi catatónico en el que caerán seguidamente Claire y Sam, víctimas también de un ensimismamiento ante la visión autista de las imágenes de su interior. Henry, personaje desintegrado, tendrá una muerte anónima, en tanto que los mayores amigos de los jóvenes serán quienes consigan salvarles. Por una lado, los aborígenes reviviran a Sam (que, en pos de la máquina que Claire se lleva, se lanza a correr por el desierto, como Travis en Texas) . Eugene, por su lado, recreará la historia de Claire, y la suya propia, en una novela escrita desde la pureza de la máquina de escribir y se la dará a leer para que se reconozca. Wenders, aunque devoto de las imágenes, nos recuerda que sin ideas o sentimientos asociados a las mismas, éstas no hacen más que llevarnos a la pérdida de identidad (en referencia al cine espectáculo desvinculado de planteamientos sociales) y despersonalización.
El futuro según Wenders. "La tierra se ha convertido en un solo lugar"
Aunque las declaraciones de Wim llegan a ser contradictorias, deja claro que para él lo más destacable en el futuro son las innovaciones en las tecnologías de la imagen y los viajes. Dado su interés en el urbanismo (básicamente en los espacios urbanos, que zonas de humanidad pero también como de conflicto), Wenders focaliza su visión del futuro en unos edificios que son ya reales, pero caracterizados por su amplitud y luminosidad. Sam, Claire y Eugene atraviesan Berlín, Moscú y Tokio apareciendo en pantalla los aviones y los aeropuertos, de estética modernista pero absolutamente real. Estos espacios se complementan con imágenes reales de las habitaciones capsulares de Tokio y los peligrosos suburbios de San Francisco. Todo ello se contrapone a la placidez rural, arcádica, japonesa (del Japón de Ozu) y a los espacios abiertos del desierto australiano dónde se plantean interrogantes y expectativas y la vida puede empezar de nuevo.
Wenders no apura demasiado la posibilidad de introducir nuevas propuestas tecnológicas. Aparte de la máquina grabadora de imágenes, hay sistemas de seguimiento de personas en cualquier punto del globo (5), vehículos motorizados aerodinámicos, GPS en los automóviles (6)... Pero todas ellas son cosas que ya existían en los 80 como proyecto inmediato y que son puestas en jaque con la caída del satélite. Precisamente, por ello, Hasta el fin del mundo puede mantenerse vigente como fábula futurista. Respecto al tono, Wenders evita ser agorero y señala que Hasta el fin del mundo "es una película desesperadamente optimista (...). Me encuentro más a gusto enfréntandome a utopias positivas a pesar de que a veces resulten terriblemente ingenuas o simplemente conmovedoras (...). Las visiones del final de los tiempos se han generalizado tanto que ya no se puede edificar nada sobre ellas. El discurso del no future me aburre" (7).
Hasta el Fin del Mundo permanece ahora como una rareza en la filmografía de Wenders pero sólo de manera superficial. Es Wenders, para bien y para mal y, posiblemente, sea absolutamente coherente con otra de sus declaraciones: «Creo que el cine no se ha inventado para escapar del mundo sino para remitirnos a él (...) Por otro lado hay películas que se toman tan en serio su historia que se convierten en documentos reales». Hasta el fin del mundo, en su humanidad, en su valoración ética de las relaciones humanas y del uso de las imágenes y, en menor medida, en su Utopía, es un gran documento de Wenders.
(1) Un Philip Winter encarnado por Rudger Vogler, quien encarnaría al mismo personaje y personaje homónimo en Alicia en las ciudades, Tan lejos, tan cerca y en Lisbon Story, y a Bruno Winter en En el curso del tiempo.
(2) Cito en diversos párrafos referencias e interesantes declaraciones hechas por Wenders en entrevistas y publicaciones y recogidas en Wim Wenders, el acto de ver. Ed. Paidós, 2005, Barcelona.
(3) Como valora José Antonio Hurtado en el artículo De viajes y nómadas, incluído en el monográfico dedicado a Wenders de la revista Nosferatu (n. 16, octubre 1994, Ediciones Paidós, Barcelona)
(4) Hay diferentes versiones de la película en cuanto a duración. La versión estrenada superaba las dos horas, circula una versión en vídeo con pases televisivos de duración inferior y, por otra parte, hay una versión en internet de alrededor de tres horas y estructurada en tres partes. La llegada a Australia se da al final de la segunda parte.
(5) Punto que conecta con los controles fascistas de El fin de la violencia
(6) Curiosamente no aparecen los teléfonos móviles que son reemplazados por teléfonos con video presentes en estaciones y domicilios.
(7) Curiosamente, mientras Wenders rodaba su particular visión de nuestros días en el desierto australiano, tuvo lugar un hecho auténticamente histórico y que le afectaba directamente y del que no tuvo noticia hasta unos días después: la caída del Muro
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