Resulta cuando menos paradójico que la última película de Ridley Scott haya sido enjuiciada más por aquello que le falta que por aquello que tiene. En el terreno fílmico, los cortes sufridos en el montaje por la inconveniencia económica de estrenar una película de cuatro horas (así la concibió Scott y así verá la luz en DVD) han dejado una sensación de horfandad narrativa, sobre todo en lo referente a la evolución dramática de Balian de Ibelin (Orlando Bloom), que hace imposible valorar en su justa medida el trabajo del realizador británico, cuya trayectoria le hace merecedor como mínimo del beneficio de la duda. Y en el terreno musical, que es lo que aquí interesa, la inesperada salida del proyecto a última hora de Hans Zimmer ha ensombrecido los méritos de la espléndida partitura de Harry Gregson-Williams; fundamentalmente porque muchos esperaban del dúo Scott-Zimmer un nuevo Gladiator, con doble ración de venganzas personales y batallas aderezadas con percusiones electrónicas Made in Mediaventures .
Pues bien, la realidad es que Scott no ha hecho otro Gladiator —ni falta que hacía—, sino que ha rodado un alegato a favor del encuentro pacífico entre las culturas cristiana y musulmana, enfrentadas desde hace más de 800 años por lo mismo de siempre (el poder y el dinero) con la excusa de siempre (la religión). Asumiendo a la perfección esa idea, Harry Gregson-Williams ha compuesto una obra introspectiva y espiritual a base de coros y cuerdas, de carácter místico y religioso con ocasionales piezas de acción, que enfrenta musicalmente a las dos culturas del filme.
Así, el mundo cristiano está definido por solemnes cantos en latín, obra del compositor, y melodías de inspiración medieval, mientras que el mundo musulmán está representado por voces etéreas que cantan historias del Corán e instrumentos étnicos de la zona como la citara o el shanai, que recrean el ambiente de Jerusalén y el pueblo de Ibelin. Como en la película, al término de la lucha no hay vencedores ni vencidos, sino una comunión de sensibilidades, un maridaje dúctil de sonidos que ilustra esa idea del director —para muchos intransigentes, utópica— de entendimiento entre dos pueblos que, pese a quien pese, beben de la misma fuente teológica.
Análisis temático del disco
El álbum arranca con Burning the Past, una contenida melodía vocal en latín sostenida por el cello eléctrico del gran Martin Tillman. Aunque breve, la pieza posee una enorme fuerza evocadora, casi mística, capaz de transportarnos a la época en que sucede la acción (siglo XII). Es un verdadero rezo por las almas de los cruzados que sienta el estilo sonoro de la parte cristiana de la composición. Le siguen Crusaders y Swordplay, dos temas corales que inciden en esa línea descriptiva de tono espiritual y religioso que enmarca las coordenadas espaciotemporales del filme. Gregson-Williams vuelve a hacer gala de una gran contención, dejando a las voces siempre en primer plano para reforzar el carácter devoto de los cruzados.
Swordplay, además, introduce el tema de Balian, una hermosa melodía coral de voces femeninas que se repite a lo largo de toda la banda sonora en distintas versiones. Sin ir más lejos en el siguiente corte, A New World, donde aparece sobre una cama de cuerda y cello eléctrico. No obstante, la verdadera importancia de este tema es la presentación de la parte musulmana de la banda sonora, caracterizada por sonidos e instrumentación étnica (la citara o el shanai) de reminiscencias árabes y un tono más optimista y desenfadado. To Jerusalem o Ibelin son buenas muestras de ello. Entre medias destaca Sybilla, el tema que identifica a la amada de Balian, una pequeña joya sonora que llama a la meditación mediante la combinación de coros y una versión más apagada del tema de Balian.
A continuación llega Rise a Knight , el primer tema épico y militar del score , construido a partir de una base de percusión que sostiene un impecable crescendo instrumental con notas del tema de Balian. El ritmo vuelve a bajar en The King , otra pieza introspectiva y mística al estilo de Burning the Past , en la que la portentosa voz de Lisbeth Scott invita a la reflexión y el recogimiento. Todo lo contrario sucede en Battle of Kerak , donde el compositor da a luz una imponente pieza de acción sustentada por coros, percusión y metales. Sin duda, uno de los momentos más brillantes del score y un auténtico prodigio de orquestación que entrevé las posibilidades de un músico aún por explotar. El mismo esquema lo encontramos en Wall Breached , donde la percusión y los metales alcanzan un clímax épico y por momentos irrespirable.
Gregson-Williams vuelve a terrenos más íntimos y emocionales al principio de Terms, Better Man y An Understanding, que después se convierten en modélicos temas de acción apoyados en coros y percusiones, y en la hipnótica Coronation . Esta pieza constituye otro de los momentos culminantes de la composición, merced a un exquisito empleo de coros infantiles y cuerdas que aporta un aire sobrenatural, casi divino, a la secuencia que ilustra. Es la puerta hacia el verdadero Reino de los Cielos de la obra, formado por las excelentes Pilgrim Road, Saladin y Path to Heaven . El compositor funde en estos tres cortes las sonoridades cristianas y musulmanas más representativas del álbum (el tema de Balian, el de las Cruzadas, las voces árabes y la instrumentación étnica), acompañando así la comunión espiritual que Ridley Scott narra en imágenes. Espléndido punto final que queda algo desdibujado por la concesión comercial de Light of Life, una canción étnica interpretada por Natacha Atlas que recupera el tema de Ibelin en los títulos de crédito finales.
A vueltas con los 'temp tracks'
Así se llaman los cortes utilizados durante la posproducción de un filme, sobre todo en los pases previos a ejecutivos del estudio y público, mientras el compositor termina la banda sonora. En El Reino de los Cielos, Scott decidió mantener en pantalla algunos de ellos, lo que independientemente de su posible efectividad —en este caso funcionan— no deja de ser un atropello al músico oficial y una perversión de la función original de esos temas. En Miradas hemos localizado al menos cuatro temp tracks:
1.- Vide cor Meum, de la banda sonora de Hannibal (Hans Zimmer), ilustra la muerte del Rey Balduino.
2.- The Crow Descent, de la banda sonora de El Cuervo (Graeme Revell), enmarca una escena en la que Balian lucha contra unos Templarios en un pozo de agua.
3.- Valhalla/Viking Victory, de la banda sonora de El guerrero nº 13 (Jerry Goldsmith), inspira la arenga de Balian a los ciudadanos de Jerusalén.
4.- Family Feud, de Blade 2 (Marco Beltrami) acompaña la última conversación que mantienen Balian y Saladino. |