Un despropósito musical

Primero: Ir a ver una película como 20 centímetros ya supone un acto de audacia en toda regla.

Segundo: Aguantar durante toda su proyección sin abandonar la sala, constituye una peligrosa proeza que incluso puede acarrear desagradables efectos secundarios en la mente de cualquier espectador con un mínimo de juicio e inteligencia.

Tercero: a esta humilde comentarista, después de varios días de tener horribles pesadillas y de despertarse descompuesta a media noche recordando la imagen de Mónica Cervera desnuda con los 20 centímetros de más, todavía le entran sudores fríos al recordar tamaño despropósito.

Cuarto y último: las líneas que siguen a continuación, son una especie de catarsis liberatoria, de desahogo existencial para intentar dar salida a través de la escritura a esta profunda insatisfacción que se ha apoderado de mis entrañas y no ha permitido hasta el momento que vuelva a acercarme a una sala de cine. Porque, créanme: una película también puede llegar a ser una experiencia traumática, y ésta en concreto, es sin duda un atentado contra el buen gusto, contra la dignidad de la ingenua persona que compra una entrada de cine para buscar algo de entretenimiento y dispersión; y esto no debería estar permitido.

El problema es que son películas como 20 centímetros las que degradan la visión que cualquier espectador pueda tener sobre nuestro cine. Tengamos una cosa clara: la situación por la que atraviesa la cinematografía patria ya no es que sea lamentable, es de auténtica emergencia. Lo decía a propósito de la película Tapas , en la que se demostraba que la única fórmula que se estaba practicando en este momento y que funcionaba medianamente, era la del conservadurismo más rancio y castizo anclado en unos patrones narrativos reiterativamente arcaicos y sustentado en un moralismo totalmente empobrecedor. Pero lo de 20 centímetros supera cualquier crítica o análisis (constructivo o destructivo) que pueda realizarse contra el cine español, pues su resultado es un disparate de proporciones tan desmesuradas, que prefiero creer que este engendro pronto quedará en el olvido y no sentará precedente para futuras líneas o corrientes expresivas dentro del cine español.

En los últimos años han sido muchas las películas que han recuperado el género musical para integrarlo dentro de la estructura narrativa del relato. Desde el playback nostálgico que articulaba el devenir cotidiano de los personajes de On connaît la chanson (On connaît la chanson, 1997) de Alain Resnais, los números casuales que adornaban Todos dicen I love you (Everybody says I love you, 1996) de Wody Allen, el dramatismo que desprendían los apartados musicales en los que Björk se lamentaba de sus desgracias en Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000) de Lars Von Trier, el estallido pop-kistch hortera de Baz Luhrmann en Moulin Rouge (Moulin Rouge!, 2001), hasta la delirante trasgresión genérica de Takashi Miike en la simpar The happiness of the Katakuris (Katakuri- ke no kofuku, 2002) o la de Tsai Ming Liang en The hole (The hole, 1998)...

Son muchos los ejemplos con los que podemos ilustrar esta moda que inunda el panorama internacional, y que sin duda ha ofrecido alguna que otra joya y más de un descalabro en toda regla. En todo caso, lo que nos interesa para reconducir el hilo de la cuestión que nos ocupa, es que hace unos años, también un film español importó la fórmula musical para adaptarla a las condiciones de la comedia tradicional de toda la vida. Se trató de El otro lado de la cama (2002) y constituyó un pequeño fenómeno nivel tanto crítico y de taquilla, despertando la adhesión popular, se supone, que gracias a la frescura y vitalidad que desprendía. Digo "se supone" porque a parte de la solvencia y el buen ojo que demostró tener el director Emilio Martínez Lázaro, la película no dejaba de ser un estereotipado catálogo de conflictos y situaciones sacadas de la más rancia vertiente del cine castizo.

Ahora, Ramón Salazar (que parece no mostrarse demasiado original a la hora de construir el armazón arquitectónico de sus películas— recordemos que su anterior trabajo, Piedras (2001) recogía otro de los patrones argumentales más recurrentes en los últimos tiempos, el de las vidas cruzadas, versión chusquera del Short Cuts de Robert Altman—) intenta repetir exactamente la misma fórmula que practicó Martínez Lázaro, sólo que en vez de optar por su ligereza, la reviste de un trascendentalismo social bastante difícil de digerir dadas las circunstancias.

Así, 20 centímetros es la historia de una transexual, Marieta (Mónica Cervera), que ejerce la prostitución para recoger el dinero necesario para cambiar definitivamente su sexo, al mismo tiempo que malvive en una serie de empleos precarios y desarrolla su rutina diaria en un ambiente marginal repleto de una galería de personajes a cual más variopinto. El asunto se completa con la particularidad de que la joven es narcolépsica, y se queda dormida en el momento más inesperado mientras que se imagina la protagonista de los más indescriptibles números musicales (desde Marisol, Madonna, Alaska... hasta Queen). Este rocambolesco punto de partida, termina convirtiéndose en un denigrante espectáculo de lo grotesco, lo absurdo y lo ordinario, un atentado en toda regla contra el buen gusto de todo ciudadano con sensibilidad.

Y es que a Salazar le gusta regodearse en la miseria, y lo hace con toda autocomplacencia y sin ningún pudor. Para ello utiliza una estética feista, que intenta contraponerse al colorido de las escenas digresivas en las que aparecen las coreografías musicales (por cierto, bastante sosas y poco originales, que parecen sacadas de cualquier episodio de la serie Un paso adelante), para narrar la horrible realidad de unos personajes en su mayoría desagradables y groseros, artificialmente construidos (no hay nadie que se los pueda creer) y peor interpretados por un elenco de actores situados bajo mínimos profesionales. Situaciones insólitas se acumulan en la retina del espectador sin que éste pueda discernir el cauce al que pueden desembocar, ya que la narración, a demás de no tener ni pies ni cabeza, no termina nunca de funcionar a causa de un guión desequilibrado, que apenas avanza y que siempre está más pendiente de resultar moderno, provocador y de despertar la complicidad a través de casposos guiños a la cultura basura de nuestro país, que de mostrar un desarrollo evolutivo coherente de la trama.

Salazar intenta pintar un fresco costumbrista de arrabal barriobajero a través de un reparto de tipos planos que bordean la caricatura más desvencijada y ridícula: la vecina entrada en carnes que se mete en líos de contrabando, el repartidor de frutas cachas, símbolo de la virilidad más macarra y arquetípica, el compañero de piso aficionado al violonchelo y nefasto en trapicheos económicos, las amigas prostitutas siempre a expensas de la peligrosidad de su oficio... toda esta galería de rostros rodean al personaje principal, la reina de la función petarda, esa transexual frustrada por su condición sexual que es, al fin y al cabo, una especie de heroína suprema a la que es necesario redimir de todos sus sufrimientos y torturas para que al fin alcance su sueño de sentirse integrada en la sociedad como una mujer más.

Puede que ésa haya sido la intención del director, recuperar la dignidad y el respeto hacia un colectivo minoritario y marginado como es el de los transexuales, pero... realmente lo consigue con este film?. Más bien yo diría que logra el efecto contrario, ya que 20 centímetros resulta una película excesivamente exhibicionista y gratuita, que parece no tener en cuenta en ningún momento al espectador medio que la está viendo, ya que construye un discurso únicamente restringido a la propia satisfacción del director, que parece encantado jugando a ser el sucesor de Almodóvar en la comedia cutre nacional.

Pero quizás, lo peor de todo sea que la mezcla de materiales con la que está construida la película nunca llegan a armonizarse entre sí, creando una sensación de conjunto incoherente que da rienda suelta a una indigesta empanada de ideas inconexas y mal engrasadas que terminan por producir una insoportable acidez de estómago.

Realmente se pasa mal viendo 20 centímetros, porque no se puede creer que tanta incompetencia quepa en una sola cinta.

Es cierto que nos adentramos en época de saldos veraniegos, y no sabemos qué vamos a encontrarnos en el camino, pero 20 centímetros se coloca desde este momento en una posición muy ventajosa para alzarse con el dudoso premio de la peor película del año. Seguiremos informando de si hay alguna otra que la supera. Ya tiemblo de miedo.

Por Beatriz Martínez
cartel
España, 2005. Dirección: Ramón Salazar. Guión: Ramón Salazar. Música: Najwa Nimri. Fotografía: Ricardo de Gracia. Montaje: Teresa Font. Duración: 112 min. Interpretación: Mónica Cervera (Marieta), Pablo Puyol (Reponedor), Miguel O'Dogherty (Tomás), Concha Galán (Berta), Lola Dueñas (Rebeca), Pilar Bardem (Candelaria), Juan Sanz (Gustavo), Rossy de Palma (La Frío), Najwa Nimri (La Conejo).
Producción: José María Calleja.