La idiotización de Europa
Resulta increíble la capacidad que tenemos en el viejo continente para banalizar los asuntos auténticamente importantes, dándoles la vuelta y utilizándolos como pretexto para colmar las ansias artístico-intelectuales de unos cuantos privilegiados, auto-erigidos en tótems culturales. Siguiendo la vertiente francesa de este movimiento (que no consiste en otra cosa más que en la ‘contemporización', auténtico arte que nuestros aventajados vecinos llevan practicando desde su "gloriosa" participación en la II Guerra Mundial), Exils nos propone una relectura cumbayá del problema de la emigración, rabiosamente burguesa y terriblemente hipócrita.
Atención a la supuesta originalidad de la propuesta: vamos a asistir al periplo de la inmigración pero en el sentido contrario al habitual. Dos parisinos con raíces argelinas (Zano y Naïma) están inmersos en una profunda crisis de identidad (motivada, se adivina, por el hartazgo de echar tantos polvos a deshoras). De partida, nada sabemos de ellos dos. Sólo con el correr de los kilómetros descubriremos que él es un chico bien muy alternativo y ella una chica algo putuela (perdón, soy un retrógrado... libre y fresca, quería decir) que se muere de ganas por re-encontrar sus raíces y desarrollar un sentimiento de "pertenencia" a algún lugar.
Forman una pareja híbrida entre (déjenme pensar...) el Joaquín Sabina de la primera época (sí, el que viajaba en sucios trenes que iban hacia el norte) y la Paz Vega de Lucia y el sexo. Su itinerario podría convertirse en una rotunda denuncia de la explotación y la marginalidad, pero no... el director no está por ese rollito deprimente. Lo importante es que se vayan cruzando en su camino con todas las minorías étnicas imaginables, escuchando sus músicas y siendo los maestros de ceremonias en un festival de MediterraneoVision plagado de exotismo barato, mucho folklore, percusión y fraternidad. ¡Qué cool es ser pobre!
El episodio "español" es particularmente hiriente, por la parte que nos toca. La pareja se va a dar palmas con los guiris por el barrio de Triana, poniendo cara de mucho sentimiento y respeto por el cante jondo. Arrebatador, oigan ustedes. Como todavía les quedan ganas de juerga, deciden hacer de temporeros para la industria hortofrutícola de la región. Pero ellos son muy guays y el trabajar de sol a sol no parece deprimirles en absoluto: a la mínima oportunidad se ponen a retozar y hacer la cabra entre el personal. ¡Juventud, divino tesoro!
Llegados a Algeciras, el "sutil" director nos hablará de la persecución que padecen los inmigrantes a manos de la benemérita, que osa incluso pedirles los papeles a nuestros protagonistas, honrados ciudadanos franceses (¡casi ná!).
Pero el viaje no termina con el consabido cruce del estrecho, porque nuestros turistas de pacotilla se equivocan de barco y acaban arribando a la costa marroquí. Allí se enterarán de que la frontera con Argelia lleva cuatro años cerrada (es lo que tiene no ver los telediarios de vez en cuando) y deberán contratar los servicios de un "pasador" para amanecer en su añorada tierra, donde los reciben con los brazos abiertos (ya saben: la proverbial hospitalidad magrebí).
No tardan en invitarles a un sarao local, mezcla de vudú tahitiano y exorcismo vaticano (siempre me han dado bastante grima las ceremonias que buscan el trance de los convocados, llámense sufíes o evangelistas). En el previo al mismo se nos insinúa que la mujer sufrió de pequeña la ablación, pero todas estas minucias parecen desvanecerse después de una catarsis histérica, con baile de San Vito incluido.
Exils es, en el sentido más amplio del término, una película idiota. Idiota porque demuestra un desconocimiento total de aquello que cuenta (y eso que el reiterativo director presume una y otra vez de su condición de exiliado y amante de la cultura gitana; no en vano lleva viviendo de este cuento toda su vida), trivializándolo hasta la caricatura. Idiota, también, porque se sustenta en el sobadísimo discurso de la tolerancia, que empieza a ser el recurso de los desinformados para no tener que aportar soluciones a los problemas graves. A años luz, vamos, de la notable In this world, donde Winterbotton tomaba partido sin caer en el panfleto, denunciando con contundencia —y sin protagonistas encantados de su condición de actores— el dramático peregrinar de los desclasados hacia los países del primer mundo.
Así pues, Europa (encabezada por la eternamente concienciada Francia) no cesa de hacer un cine progre, entendiendo por progresismo que los protagonistas de sus historias follen mucho y viajen de gorra —¡atención!— por una ruta frecuentada por cientos de miles de personas desesperadas.
Es en este contexto en el que Exils se revela insultante y alienista: incapaz de elaborar una crítica veraz de los aspectos más aberrantes del islamismo (que los tiene, ¿o es que para evitar el "choque de civilizaciones" tendremos que acabar aceptando como "normal" o "propia de su idiosincrasia" la castración social que vive la mujer árabe?), reflejando a una juventud europea agilipollada, capaz de recorrer 5.000 kilómetros para... ¿volver a ver una fotito en blanco y negro del abuelo? ¡Por favor!
Preocupa, pues, el irreversible proceso de idiotización que vive esta Europa sin constitución y de incierto futuro. La obsesión por acabar convirtiendo en algo lúdico hasta el más delicado de los temas, dice bastante de las prioridades morales de una sociedad que está incubando una extraña enfermedad: la indiferencia ante la miseria. Y es que no es de recibo convertir el fenómeno de la inmigración —¡en pos de la subsistencia!— en un intercambio músico-tribal en plan ‘ Fórum Universal de las culturas'.
Señores: no vienen aquí a escuchar en directo a Sant Germain o Manu Chao y engancharse la chapa de la multiculturalidad en la solapa del Green Coast . ¡¡Les trae aquí el hambre!! ¿Tanto miedo nos da reconocerlo?
Los hombres son más perezosos que cobardes y prefieren la paz y la muerte a la libertad de discernir el bien y el mal
Albert Camus, El hombre rebelde |