El sentido de la vida alrededor del fregadero

Que Alfred Kinsey examinase a sus entrevistados de manera fría en la película homónima (Kinsey, Bill Condon, 2004) era atribuible tanto a la metodología seguida en el estudio sobre sexo como a su carácter y su profesión de entomólogo. La asepsia requerida en la investigación llevada a cabo en Kitchen Stories es difícil de llevar a término hasta por el más meticuloso de los encuestadores tanto por los rígidos criterios del exagerado protocolo de investigación como por la voluntad del director de la película, Bent Hamer..

En apariencia Kitchen Stories narra la curiosa investigación un supuesto organismo que trata de determinar cuáles deben ser los patrones de distribución y ergonomía de las viviendas nórdicas y, específicamente, de las cocinas. Antecesor de las ideas de comodidad y eficiencia de la marca nórdica IKEA, el Estudio Sueco del Hogar, tal y como aparece en pantalla, ha medido, cronometrado y calculado las distancias recorridas por las amas de casa suecas en sus cocinas. Su objetivo es plantear una distribución del mobiliario y los utensilios de manera más racional. En escenas supuestamente documentales, al inicio de la película, un ama de casa hace las tareas mientras se registran sus movimientos y el consumo de oxígeno que efectúa. En otro experimento, la institución traslada sus recursos a la vecina Noruega. Cada investigador, desplazado individualmente con coche y roulotte, se instalará junto al domicilio de un solterón noruego para hacer el análisis equivalente en sus cocinas. Sentados en una especie de silla de juez de tenis, en una esquina de la habitación, los observadores registrarán minuciosamente todos los movimientos de su "anfitrión". La naturaleza del estudio no permite interacción alguna entre investigador y los sujetos del experimento, ni intercambio de palabras ni convivencia.

Bent Hamer va trazando el hilo de su narración con una calma e ironía muy sutil. Tan sutil que tenemos dificultad en identificar qué escenas son humor nórdico, bromas privadas entre suecos y noruegos (como el cambio de carril de circulación del convoy al cruzar la frontera, al que se alude repetidamente), y cuáles se limitan a describir los personajes desde un punto de vista distanciado. Su estrategia de puesta en escena, lacónica pero incisiva, no resulta ajena (salvando las distancias) a la de las primeras obras de Lasse Hallstrom (Once around), a las obras maestras de Aki Kaurismaki o al estilo narrativo de un escritor finlandés actualmente de moda como es Arto Paasilina (El molinero aullador) autores todos ellos capaces de evidenciar el humor que nace del absurdo cotidiano, de la estupidez de las reacciones humanas o de la inflexibilidad de las instituciones. Situados tras una barrera de distanciamiento, las miradas de estos autores permiten diferenciar claramente posturas morales de sus personajes, facilitando al espectador o lector la admiración hacia unos y el desprecio por otros. Con breves trazos Bent Hamer explicita, sucesivamente, la inocencia de Isak que se enroló en el estudio para obtener un caballo y a quien engañan regalándole un caballito de juguete, la soledad de Folke (cuya única alegría empacharse con la comida sueca enviada por una tía), la indiferencia por el experimento por parte del Dr. Ljunberg (que aparece repetidamente en calzoncillos en la pista de aterrizaje ante su subordinado mientras en el interior de su avión privado se oyen risas femeninas), la baja catadura de Malmberg que se cuadra ante un jefe que le ignora (y que espera un mejor destino profesional, como el James Cagney de One, two, three), el desconcierto de Grant desplazado de su papel de único amigo de Isak (espléndida la breve escena en que, solo en la nieve, regalo en mano, asume que Isak prefiere a Folke para compartir la fiesta de aniversario)…

A diferencia de los personajes de Kinsey, epidemiólogos que se involucraban en el estudio y en el sexo, Folke cumple su objetivo con resignación. Pero, aunque un investigador de campo debe ser imparcial y aséptico, no deja de ser humano. Tras varias semanas en lo alto de una silla, observando las evoluciones de Isak en su cocina, no puede evitar señalarle avergonzado dónde está la sal (que él ha desplazado) u ofrecerle tabaco que le falta, Folke denota la superioridad de la humanidad por encima del cientifismo. Sucesivamente, se dan diversas escenas de reconocimiento mutuo de Isak y Folke hasta que nace una relación. Kitchen stories va más allá que el Kinsey de Bill Condon por que el objetivo de Hamer no es poner en evidencia una investigación si no llevar más allá de la misma, otorgándoles rango de seres humanos, a aquellos que sólo ostentaban los roles funcionales de investigador y cobaya. Hamer otorga vida propia a sus personajes y complementa el insólito experimento con una elegante, ajustada y sutil historia de amistad. En tanto que Folke mimetiza los comportamientos del sujeto observado (comiendo compulsivamente chocolate) es éste quien se transforma en observador fabricando un agujero en el techo para espiar los gráficos que Folke registra. Avanzada la película y nacida la amistad entre los dos hombres, Isak completará los gráficos que Folke no ha atendido debido a la resaca.

En tanto que la implicación de los investigadores de Kinsey en su proyecto se traducía en promiscuidad (un tanto elíptca y poco satisfactoria a nivel narrativo), la interelación investigador–sujeto de Kitchen Stories se consolida en una bella historia de amistad. Hamer define esta identificación entre dos solitarios con un montaje muy ajustado, evitando profundizar en los otros personajes del estudio, que culmina en la escena del aniversario de Isak en el que los dos comparten bebida y alcohol. Tras esta escena, el desenlace se precipita de un modo algo forzado e insatisfactorio (quizás más cercano a un razonamiento o a un sentimiento escandinavo que a uno mediterráneo). No obstante, Hamer se hará, una vez más, con el dominio de la situación en un epílogo, elíptico, brillante y rotundo, que cierra coherentemente la película. Sólo la implicación en un proyecto le puede dar sentido y, en el caso de Folke, da sentido a toda su vida.

Por Antoni Peris Grao
cartel

Noruega y Suecia, 2003. Dirección: Bent Hamer. Guión: Bent Hamer; con la colaboración de Jörgen Bergmark. Producción: Bent Hamer. Fotografía: Philip Ogaard. Montaje: Pal Gengenbach Dirección artística: Billy Johansson. Música: Hans Mathisen. Duración: 95 min. Interpretación: Joachim Calmeyer (Isak Bjornsson), Tomas Norström (Folke Nilsson), Reine Brynolfsson (Malmberg), Bjørn Floberg (Grant), Sverre Anker Ousdal (Doctor Jack Benjaminsen), Leif Andrée (Doctor Ljungberg), Gard B. Eidsvold (Bakkerman), Lennart Jähkel (Green), Trond Braenne (Ordforer).