El contraplano moral
Uno de los mayores peligros que acechan a las películas que se adscriben al comúnmente denominado "cine de denuncia" es el de forzar que los hechos respondan a las necesidades de una tesis preconcebida, de modo que todos los elementos se ajusten perfectamente al discurso, el cual suele terminar siendo monolítico, ramplón y, en el fondo, políticamente correcto. El término "cine social" es sólo una etiqueta mercantil más que muchas veces no supone riesgo o profundidad en los productos que la exhiben como bandera. Sin embargo, algunos realizadores han encontrado el camino para desmontar semejantes lugares comunes y mostrarnos la irresoluble complejidad que marca el auténtico estado de las cosas. Es el caso de la joven directora austríaca Ruth Mader, quien tras una década dedicada a la realización de cortos documentales presentó hace dos años Struggle, largometraje de debut realizado al amparo de ciertas iniciativas/subvenciones públicas de su país de origen.
El cine proveniente de Austria ha experimentado un auge reciente en festivales de todo el globo a través de la figura de realizadores como Michael Haneke, Ulrich Seidl, Michael Glawogger, Barbara Albert, Michael Sturminger o la propia Mader, hasta el punto de que hay quienes se atreven a hablar de una "new wave" en el país centroeuropeo. Si hay algo que parezca unir a algunos de estos inquietos realizadores es su extremada precisión expositiva y su capacidad para retratar una cierta decadencia, para rastrear el olor a podrido que despide el sótano de los sectores más aparentemente jaspeados de la sociedad. En el caso de Mader, su estilo parece situarse en un grado intermedio entre la narrativa extrema de Michael Haneke y las prospecciones cuasi-documentales en la pura inmoralidad contemporánea propias del cine de Ulrich Seidl. Viendo a Mader hacer declaraciones sobre su film y el cine en general, uno se maravilla ante la lucidez que demuestra cuando teoriza sobre las grandes incertidumbres de la imagen en el mundo de hoy, y cuando se atreve a criticar frontalmente, de modo casi suicida, la machacona vulgarización del pensamiento propia de los productos culturales mainstream. La directora considera que Europa es la única esperanza para un mundo cada vez más siniestramente deshumanizado, y considera que determinado cine considerado inofensivo puede comenzar a mostrarse perverso si uno se para a analizarlo con profundidad.
Struggle cuenta dos historias muy distintas mediante encuadres gélidos y sin subrayados en los que la realizadora se toma su tiempo para describir las cosas en profundidad. La primera historia desglosa la lucha por la supervivencia en el entorno que impone la economía ultraliberal. Eva (impresionante composición de Aleksandra Justa), inmigrante polaca en Alemania y madre de una chiquilla, se ve atrapada en una interminable carrera por ocupar puestos de trabajo desagradables y/o tediosos. Los planos que dan fe de cada una de estas actividades no pueden ser más certeros en cuanto a composición y duración, y rebosan hallazgos. La recogida de la fresa, por ejemplo, es un buen ejemplo de la capacidad de Mader para hacernos sentir la dureza del trabajo, e incluye detalles tan reveladores como los códigos de barras que son asignados a cada uno de los trabajadores: el animal humano transformado en un producto más de su propio sistema comercial. Por su parte, la secuencia de la cadena de limpieza de pollos resulta una auténtica pieza maestra en sí misma. La potencia de los encuadres y la planificación insuflan a la imagen un carácter orgánico, de modo que uno casi cree percibir el olor a carne que sin duda puede respirarse allí. Asimismo, el trabajo en la piscina propiciará otro magnífico momento: Uno de los burgueses habitantes de la casa se acerca a hablar con Eva y Mader incide en la insalvable distancia que les separa planificando el encuentro como si se tratase del de dos seres procedentes de planetas diferentes...
Sin solución de continuidad, la narración se desplaza, desde la batalla por la supervivencia física, a la lucha contra el tedio y el sopor de la rutina de quienes tienen aseguradas sus necesidades primarias (no así las espirituales). Harold (Gottfried Breitfuß) es un divorciado que trabaja en el sector inmobiliario y vive una vida afectivo-sexual un tanto desordenada, que Mader nos desvela con un tono similar al empleado hasta entonces, reforzando el paralelismo final entre ambos personajes. Harold es, por cierto, un espécimen que podría haber sido arrebatado de algunos de los (¿falsos?) documentales del mencionado Ulrich Seidl. En cualquier caso, el distanciamiento de la autora hacia sus criaturas no implica desinterés ni mucho menos crueldad hacia ellas, sino la intención de ser fiel al caos que se esconde bajo unos hechos que nos obliga a contemplar en todo su horror. Sólo así, llegando hasta las últimas consecuencias, entiende Mader que puede honrar a aquellos que sufren las miserias e injusticias de la organización social en la que están inmersos. En lugar de acudir al sentimentalismo y la complacencia de quienes buscan situaciones unívocas que refuercen el "mensaje bienintencionado", Mader nos introduce en el puro terror de lo indeterminado. Las historias de Struggle, pese a terminar confluyendo en una sola, están lejos de resolverse y encajar. Como prueba tenemos ese enigmático final en el que los protagonistas pasean tranquilamente por un centro comercial, como tantas y tantas familias "normales" que acuden a los malls para llenar sus horas de ocio, metáfora tal vez de unos tiempos caracterizados por el estragamiento de las emociones, paliado mediante la satisfacción inmediata de las necesidades menos complejas del ser humano.
En una secuencia de Nuestra música (Notre musique, 2004), Jean-Luc Godard nos enseña a descubrir dicotomías que pueden encontrarse entre las imágenes que nos rodean. Algunas de ellas nos muestran una realidad y su reverso, algo que en el cine se identificaría con la técnica del plano/contraplano. Pero no se trata exclusivamente del recurso clásico hollywoodiense, sino de mostrar la multiplicidad de caras de un determinado asunto. De hecho, la propia película podría verse como un intento de dar con un contraplano que sirva como réplica a la imagen única que caracteriza a los mass media. En Struggle, la conexión entre las dos líneas narrativas está resuelta mediante un contraplano impresionante no por su capacidad de sorpresa, sino por su carácter marcadamente moral. La desintegración de los valores heredados de las antiguas civilizaciones occidentales mostrada con un simple cambio de plano... Pocas veces un recurso tan común ha alcanzado unas implicaciones morales de tamaña hondura. Pocas veces una primera película ha sido resuelta de un modo tan reflexivo y honesto.
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Austria, 2003. T.O.: Struggle. Directora: Ruth Mader. Producción:
Ruth Mader. Guión: Ruth Mader, Martin Leidenfrost y Barbara Albert.
Fotografía: Bernhard Keller.
Montaje: Niki Mossböck. Dirección artística: Ilona Glöckel. Duración: 74'.
Intérpretes: Aleksandra Justa (Ewa), Gottfried Breitfuss (Roland),
Margit Wrobel (Doctora), Martin Brambach (Martin). |
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