Human Behavior

Bailar en la oscuridad representa un punto de inflexión determinante en la filmografía de Lars Von Trier. Significa el cierre a su trilogía "Corazón de oro", completada por las anteriores Rompiendo las olas y Los idiotas y fundamentadas todas ellas en la representación de un personaje femenino de extrema bondad (Bess, Karen y Selma en cada una de las tres obras), agredido y vejado por un universo visceralmente intolerante y devastador. Base temática, dicho sea de paso, que el propio cineasta se encargaría de dinamitar con el escalofriante bloque final de su siguiente film, Dogville. Asimismo, Bailar en la oscuridad es el regreso del danés a los senderos tomados en Rompiendo las olas que, salvo por las constantes formales, poco tiene que ver con el manifiesto Dogma firmado en 1995 por el propio Von Trier y Thomas Vinterberg. Pero vayamos por partes, porque hablar de Bailar en la oscuridad es hablar, básicamente, de dos elementos capitales que vertebran, a la par que definen todo el potencial creativo de Von Trier.

I. La Condición Humana

Con la mirada situada sobre la descripción minuciosa y compasiva de un personaje tan fascinante como el de Selma Jezkova, el cineasta complementa su particular visión del comportamiento humano con el que, quizá, sea su planteamiento más radical y más complejo. Selma es la abnegación, el sacrificio voluntario e inconfeso, provocado por un terrible sentimiento de culpa que no puede soportar: ella quiso tener a su hijo Gene pese a saber que este acabará quedándose ciego con el paso del tiempo, debido a un problema en los ojos que también le afecta a ella. Ante esta situación y ante la extrema inmersión en las angustias y temores del personaje a la que nos conduce Von Trier, Selma se nos presenta como un personaje irreal sumido en una existencia de absoluta crudeza.

El resto de seres que la envuelven poseen la cacterística de no ser exactamente negativos. Incluso cuando la tragedia se precipita sobre la vida de Selma, ninguno de los personajes detonantes del drama resultan enjuiciados por el cineasta. Por el contrario, sus actos están motivados por unos impulsos que escapan a su control, ya sea la desesperación ante la falta de dinero que provoca la paulatina locura de Bill, o la condena de Selma y su posterior ejecución. Lars Von Trier reitera que el hombre nada puede hacer contra su propia condición, que la crueldad queda intrínseca en la naturaleza y que los impulsos de violencia o irracionalidad provocados por el miedo no pueden contrarrestarse por muy lamentables que sean sus consecuencias. Y es en este punto de vista donde un personaje poseído de la más absoluta inocencia toma su verdadero significado. El mundo en el que Selma vive no es, en absoluto, el más adecuado a sus características humanas. Sin embargo, su sola presencia se hace tan necesaria como el aire que respiramos. Dentro de un concepto estrictamente cristiano Selma queda expuesto como el ser que llevará a sus espaldas los pecados ajenos, lo absurdo de una sociedad primitiva y de unas instituciones que potencian y defienden la abyección de la pena de muerte (1).

Huelga decir que todo ello no quedaría tan logrado de no ser por el espléndido trabajo de todo el cuadro actoral, en el que sobresalen un impresionante David Morse que sabe transmitir toda la consternación de su personaje con una apabullante sobriedad y, evidentemente, Björk literalmente encarnada en uno de los personajes más bellos y emotivos que nos ha ofrecido el cine contemporáneo.

II. El musical de vanguardia

Bailar en la oscuridad es, como toda obra maestra que se precie de serlo, profundamente contradictoria. Si bien la contradicción no surge del fondo de la historia, ni de la actitud de sus protagonistas, sino de las propias intenciones de Lars Von Trier. Y es que el film navega por los conductos del musical de vanguardia, con una magistral banda sonora de Björk en que la contundencia de la percusión y su carismática voz se erigen en motores fundamentales que modernizan el género con una solidez incuestionable. Sin embargo, el cineasta no duda en homenajear las líneas más clásicas del musical, con la inclusión de los films de Busby Berkeley o con varios fragmentos de Sonrisas y lágrimas, que es la obra que Selma ha de interpretar en una representación amateur, y que acentúan la constante huída de este personaje hacia un mundo de ensoñación y fantasía en el que el ritmo de la música lo posee todo. El musical, por tanto, se ve flanqueado por dos formas de verlo tan opuestas como perfectamente complementarias. Von Trier no quiere reinventar ningún género, ni tampoco establecer un prisma heterodoxo a sus constantes, entre otras cosas, porque no utiliza ninguno de los elementos característicos de este campo cinematográfico en la construcción del film. Su pretensión es la creación de un universo en el que la vanguardia y el clasicismo no se crucen jamás, pero sin que el uno pueda existir a falta del otro.

De igual forma, la contradicción brota de sus propios planteamientos cinematográficos. Ello queda expuesto con la utilización de una puesta en escena concebida bajo las más estrictas normas del Dogma danés (luz natural, cámara al hombro, sonido directo,...) y, paradójicamente, una producción que se aleja voluntariamente de los postulados del movimiento, con actores de renombre entre sus filas (Catherine Deneuve, David Morse) y la autoría de Lars Von Trier hecha patente desde el mismo comienzo de la película con un rótulo en el que se ve el nombre del cineasta en inmensos caracteres.

Bailar en la oscuridad, finalmente, queda sujeta en la retina del espectador como un deslumbrante milagro. Como la inmersión en un mundo en el que la emoción y el sentimiento están tratados a flor de piel, pero bajo un manto de crudeza y realismo sobrecogedores. La película es, por consiguiente, no sólo la confirmación de que Von Trier es, sin ningún género de dudas, el mejor director que existe actualmente en el continente europeo, sino un ejemplo de cine totalmente nuevo que nos lleva por un recorrido impresionante hacia los rincones más estremecedores del alma humana.

(1) Sobre la base cristiana de Von Trier, él mismo define su visión de esta manera: «Soy muy religioso. Soy católico, pero no practico el catolicismo que sólo está interesado en el bien de los católicos. He sentido la necesidad de experimentar cierta pertenencia a una comunidad religiosa, porque mis padres eran unos ateos convencidos. De joven me acerqué a la religión, y quizá en la juventud se siente de un modo más radical. (...) Creo que tengo un concepto muy dreyeriano de esto, porque el punto de vista de Dreyer era más humanista que religioso.» (Sight & Sound. Octubre, 1996)

Por Joaquín Vallet R.
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