La maqueta pretenciosa

Pocas películas han logrado dividir las aguas de la crítica como Dogville. Por un lado hubo quienes la consideraron poco menos que una obra maestra, dedicando todo tipo de elogios a su director, y por el otro quienes la odiaron con saña, imprecando contra Von Trier y denigrando la película hasta niveles inauditos.

Pero pareciera que los más aguerridos detractores de la película no han sido muy justos. Teniendo en cuenta su riqueza de significados y el pie que da a interpretaciones desde múltiples enfoques (1), que como experiencia cinematográfica es sumamente original y que desde un punto de vista técnico es casi intachable, llaman particularmente la atención las magnitudes de indignación por parte de estos críticos.

Los principales argumentos que se han enarbolado en contra de la película fueron:

  1. Que es larga y lenta, que no mantiene un buen ritmo a lo largo de los 177 minutos de metraje.
  2. Que la filmación en un set con líneas y nombres pintados en el suelo en sustitución de paredes y puertas, a pesar de ser una idea original no aporta nada al relato.
  3. Que en la película abundan los golpes bajos, que agreden al espectador y se reiteran una y otra vez sin dar aportes concretos.
  4. Que el recurso de la cámara al hombro tampoco se justifica.
  5. Que el director odia a sus propios personajes. Se sitúa a sí mismo en un altar y los crea con el único objeto de martirizarlos, en un acto despótico y sádico.
  6. Que el director odia a la humanidad entera. Falsea la realidad al exponer sólo las peores facetas del ser humano, y cae en generalizaciones al pensar que todos somos mezquinos, abusivos e individualistas.
  7. Que por todas estas razones expuestas anteriormente, la película es extremadamente pretenciosa.

Con excepción del primero de los argumentos, es muy interesante ver cómo algunos caen por su propio peso, y cómo a los otros la película los elude olímpicamente. Detengámonos en cada uno de ellos:

1. Películas largas y buenas las hay por centenares, la longitud puede llegar a ser una molestia para espectadores inquietos y muy acostumbrados a las medidas estándares, pero es curioso cómo incluso desde Hollywood se han hecho recientemente una buena cantidad de películas considerablemente largas. En cuanto a la lentitud, es cierto que Dogville puede irritar a más de uno, teniendo en cuenta que está filmada íntegramente en una sola locación y que la abundancia de diálogos le otorga un aire de obra teatral a la película. Pero de ahí a que sea particularmente lenta hay un largo trecho. Dogville tiene un ritmo más rápido que la mayoría de las películas japonesas, mucho más rápido que las de Antonioni e infinitamente más rápido que el cine de Tarkovsky. Películas largas y aclamadas como Secretos de un matrimonio de Bergman (167 min.), Rocco y sus hermanos de Visconti (177 min.) o Principio y fin de Ripstein (188 min.) que, al igual que Dogville se basan en los diálogos y en las relaciones entre los personajes. Quien haya tolerado cualquiera de estas tres no tendrá ningún problema para ver Dogville, que alcanza momentos de tensión superiores y un clímax al final que bien hace valer la espera. Ahora, si lo que se quiere ver son gags o explosiones, entonces ni asomarse.

2. Von Trier se inspiró para la eliminación de puertas y paredes en el teatro de Bertolt Brecht, quien si bien nunca lo hizo a la manera de Von Trier, requería para sus obras la mínima cantidad de elementos indispensables en el escenario. En el teatro moderno es cosa bastante común que los actores abran y cierren puertas imaginarias, pero lo de delimitar las casas con líneas en el suelo es algo muy original. Lo que se logra en primera instancia es que se le preste singular atención a los personajes, sin que ningún elemento externo se interponga. También sirve para descontextualizar la historia de un espacio y un tiempo. Si bien Von Trier eligió situar al pueblito en un lugar remoto de las Montañas Rocosas, al oeste de los Estados Unidos, y en plena época de la gran depresión, el recurso permite generar una idea de atemporalidad, como si lo contado no estuviera sujeto a ese entorno particular, sino que pudiera acontecer en cualquier momento histórico y en cualquier sociedad. Se presenta al hombre como cualquier otro hombre, más allá de su raigambre social y cultural.

Además Dogville admite lecturas desde el punto de vista religioso, y no es casual que la película comience con una muestra del pueblito desde arriba, en un picado cenital desde donde se puede ver, dentro de sus casas, a la gente en sus quehaceres cotidianos. Los techos también son invisibles, y de esta manera la cámara emula al ojo de Dios, una mirada omnipresente capaz de englobar todo lo que los habitantes hacen, y más adelante capaz de ver a través de las paredes a uno y a otro personaje a la vez. La escena donde mejor funciona el recurso es en la que Grace, la protagonista, es violada por primera vez y se ve por detrás de la pared a un oficial de la ley que la busca, a unos pocos metros, agregándole tensión al asunto.

Y por último, el recurso puede dar una idea de desnudez y de fragilidad, de pobreza a nivel tanto material como espiritual en la que está sumida la totalidad de los habitantes del pueblo.

3. Que desde una película se den golpes bajos no es de por sí algo criticable. En todo caso lo sería si fuesen realmente gratuitos, o sea, que con el golpe no viniera ningún mensaje adjunto. Los golpes bajos se utilizan muchas veces para alcanzar a un nivel más íntimo al espectador, lograr grabarle a fuego un mensaje y que no lo olvide fácilmente. Por lo general quienes los utilizan lo hacen a modo de grito desgarrado, para denunciar los peores vicios del ser humano. El referente obligado es Saló (1976) de Pasolini, que, al igual que Dogville es, entre otras cosas, una reflexión sobre los abusos de poder perpetrados por los hombres. Otros claros ejemplos de terrorismo audiovisual son Réquiem por un sueño (2000) de Aronofsky, en donde se da cuenta de la capacidad destructiva de las adicciones, Los chicos no lloran (1999) de Kimberly Peirce, un alegato contra la discriminación, e Irreversible (2002) de Gaspar Noé, que también comparte con Dogville el señalar que todos los seres humanos poseen un demonio latente dentro, que aflora sólo en determinadas circunstancias extremas. ¿Se agrede al espectador? Sin lugar a dudas, pero ése es precisamente el objetivo: machacarlo bien, una y otra vez, obligándole a ver una realidad horrenda pero que urge ser mostrada.

4. ¿Debe un artista justificar todos sus recursos? La cámara al hombro otorga, sin duda, una mayor agilidad a la película, ya algo lenta de por sí. Por otro lado, puede acentuar la sensación de incomodidad en el espectador, que es, como se vio en el punto anterior, lo que el director desea. Aquí surge otro parentesco con Irreversible, donde en las primeras escenas de la película la cámara se movía como si tuviera vida propia y un serio problema de hiperactividad.

5. Von Trier no odia a sus personajes más de lo que se odia a sí mismo. Uno de los personajes que más rechazo provoca en la película es Tom, encarnado por Paul Bettany, y no es otro que el álter ego de Von Trier, un escritor preocupado por la moral que quiere contar la historia de Dogville y que tiene una fijación con las trilogías. Cerca del final, luego de que este personaje dio muestras de su faceta más repulsiva, la voz en off del narrador dice: "Tom estaba enojado. De pronto, supo por qué. No por haber sido erróneamente acusado, sino porque era culpable. Estaba enojado porque sus sentimientos más desagradables habían sido desenmascarados. Un golpe duro para el joven filósofo, esto podía crecer y, algún día, comprometer toda su cruzada moral." Como Von Trier se critica a sí mismo y se integra a la bolsa que vapulea, no se lo debería acusar de sentirse superior ni de estar dando mensajes moralizantes. De este dato se desprende también que el director tiene algo que lo aqueja, y por tanto una urgencia personal por contar su historia, es decir, que no es simplemente un niño malcriado que quiere llamar la atención y ofender a sus abuelos como muchos críticos quisieran creer, sino que es un autor que, comprometido con su material, realmente tiene algo para decir.

6. Quienes piensan que en Dogville se afirma que el ser humano es por naturaleza individualista y abusivo está partiendo de una lectura poco atenta de la película. En ella se expone el paulatino y sutil surgimiento de estos comportamientos deleznables en los hombres, pero queda bastante claro que están atados a ciertas pautas coyunturales que los desencadenan. Los habitantes del pueblo atraviesan un período arduo de aguda crisis económica; la estancia de Grace supone un riesgo constante para ellos, ya que está siendo requerida por la ley y, para colmo, las autoridades ofrecen a quien la entregue una jugosa recompensa, que podría ayudarlos a paliar su situación. Pero más allá de todo esto, el detonante real es que Grace se les entrega como si fuera un regalo, ofreciéndoseles para cualquier tipo de tarea, sin nunca poner un límite, en una actitud de poner la otra mejilla por momentos hasta exasperante.

Con el concepto de microfísica del poder (2), el filósofo Michel Foucault da cuenta de que el poder reside en el interior de todos los individuos, y que toda relación interpersonal es una relación de poder. Desde el momento en que Grace se somete de forma total a los pobladores de Dogville las relaciones de poder se vuelven absolutamente unidireccionales, dando paso a la explotación y al abuso por parte de los últimos. Chuck, el primero en violar a Grace, ya había dicho al comienzo de la película: "La gente es igual en todos lados: animales rapaces. Pero en un pueblo tiene menos posibilidades. Aliméntelos y comerán hasta reventar". Con su actitud, Grace está otorgándoles una cuota de poder sin precedentes en sus vidas, despertando sus perfiles más sádicos. Vale la pena aclarar que por más que a cierta gente pueda parecerle que en la película se falsea la realidad, todas las actitudes de los personajes son aterradoramente humanas, y la ilusión de verosimilitud no se quiebra en ningún momento. En la calle Elm de Dogville acontecen pesadillas que harían temblar al mismísimo Freddy Krueger (3).

El pesimismo y la misoginia son características de algunos autores que tampoco deberían ser criticadas, por el simple hecho de que un autor no puede y no debe adecuar su cosmovisión a la de la crítica, sino que debe ser fiel a sí mismo y poder manifestarse sin trabas. El problema surge cuando las obras de estos nihilistas son leídas por gente que mantiene inamovible su confianza en la humanidad, que conserva su romanticismo y a la que no le gusta que le desvirtúen su tablero personal de principios morales. Porque una película como Dogville es más que una cachetada, es una certera patada en las partes blandas a nuestra preciada fe. Es entonces perfectamente comprensible que haya desatado tanta indignación y críticas adversas.

7. Si se afirma que Von Trier es pretencioso por hacer películas enigmáticas y abiertas a interpretaciones variadas, entonces sin duda también han pecado por pretenciosos Kubrick, Bresson, Antonioni, Wajda y Zhang, entre una decena de indiscutibles maestros más. Si, en cambio, se le llama pretencioso por haber osado tocar temas profundos e inherentes al ser humano, entonces pretenciosos son Bergman, Chaplin, Fellini, Kieslowski, Imamura y tantos otros. Si lo es por transgredir, cuestionar verdades inquebrantables o por querer experimentar, entonces los críticos que lo afirman deberían considerar seriamente dedicarse a otra cosa, porque he aquí las características que hacen que el cine se renueve y se enriquezca. Nadie niega que Von Trier sea pretencioso, pero ojalá lo siga siendo, porque la inmensidad de una obra muchas veces es directamente proporcional a las pretenciones de su autor.

(1) Dogville admite, sin ningún tipo de rebuscamientos, por lo menos, tres lecturas: una desde una óptica sociológica, otra en clave mística y otra como crítica a la sociedad estadounidense. Los elementos que dan pie para cualquiera de estas tres interpretaciones se repiten una y otra vez a lo largo de la película, por lo que Von Trier no quiso dejar a ninguna como única y definitiva.

(2) L´Ordre du discours, M. Foucault, Editorial Marginales, Barcelona 1973, 1987, 1999. Original en 1970, París.

(3) La referencia que se hace a la serie de películas Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street) es evidente.

Por Diego Faraone
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