Sin normas

El reino de Lars es una pretenciosa y ultra-tecnológica mole sanitaria erigida en una zona antiguamente pantanosa y rematadamente maldita (tópico por antonomasia del cine de terror), sometida en consecuencia a infinidad de fuerzas telúricas algo demoníacas y que campan a sus anchas a través de cimientos, subterráneos laberínticos, huecos de ascensores... circunstancia esta que complica hasta lo indecible la labor de médicos y enfermeros, más pendientes de interaccionar con el más allá y sus infaustas manifestaciones que de desarrollar su profesión con tesón y denuedo.

Aunque seamos sinceros: la salud mental de los portadores de la bata blanca dista mucho de ser del todo satisfactoria. Y para muestra un botón: esta nave de grillados está comandada por un sueco polígamo que gobierna la institución con aparente mano dura y que aprovecha cada capítulo para maldecir en plano cenital a la cochina Dinamarca y sus súbditos (« Dansk Jävlarna!»), incapaces de gobernarse con rectitud o hacer siquiera buenos automóviles.

El tal doctor Helmer (Ernst-Hugo Järegard) está hecho un figura: eternamente malhumorado, arbitrario en la toma de decisiones, ocasionalmente bonachón con una enfermera entrada en años (la lozana e insistente Rigmor, interpretada por Ghita Norby)... sólo al final conoceremos las verdaderas e inconfesables razones de su exilio danés (¡atentos a los títulos de crédito, contrapunteados en cada capítulo por la presencia del mismísimo Lars, juez inmisericorde!)

Hooks (Troels Lyby) está convencido de que su jefe esconde algo. Quizás se trate de un oscuro asunto relacionado con una operación fallida y una más que posible negligencia médica. El desenvuelto doctor (auténtico "mafias" del hospital, profesional del estraperlo y el trueque) se servirá de sus influencias y favores pendientes para ponerle en serios apuros...

La benemérita institución está presidida (sólo sobre el papel) por un alter ego del comandante Eric Lassard de Loca academia de policia (Police Academy, 1984): el doctor Moesgaard (Holger Juul Hansen), tecnócrata inepto obsesionado con que su hospital alcance las más excelsas cotas de calidad. Encargado, también, de oficiar los ritos iniciáticos que deben padecer los candidatos a engrosar su logia, los ridículos "Hijos del Reino".

Por su parte, el doctor Bondo (Baard Owe) es directamente un caso clínico: obsesionado por el estudio de un rarísimo y poco frecuente tumor de hígado, no dudará en "robarle" el suyo a un paciente moribundo y autoimplantárselo en una chapucera operación.

Por último, nombraré a la actriz Kirsten Rolffes haciendo las veces de señora Drusse (y no se engañen, que este no es ni mucho menos un repaso exhaustivo de los principales protagonistas de esta historia: se trata de una serie genuinamente coral). Esta abuelita con aptitudes de médium se pasará toda la trama danzando por el hospital (aunque realmente ya no padezca ninguna afección) tratando de trabar contacto con el espíritu de Mona, la niña que quedó en estado vegetativo tras pasar por las manos del ilustre doctor Helmer... ¿o se trata de Mary, asesinada medio siglo atrás?

Súmenle a este berenjenal inmaculadas concepciones, estudiantes de medicina en celo, futuras doctoras que no soportan la visión de la sangre, conductores suicidas de ambulancias, terremotos, catástrofes aéreas...

Dos tandas de cuatro episodios con tres años de separación entre sí, filmados con el único propósito de sanear las cuentas de Zentropa (1) y que le permitieron, en efecto, financiar su inmediatamente posterior ‘trilogía del corazón de oro'. En total, nueve horas y media en las que el Lars más desaforado y juguetón se pitorreó del personal, pretextando tramas detectivescas o superfluas coartadas paranormales para ilustrar un universo en el que, sencillamente, ocurre lo que a él le da la real gana, sin necesitar de mayores florituras para explicar continuos y caprichosos requiebros narrativos. Un maravilloso experimento, banco de pruebas cedido por la televisión de su país y que él supo utilizar –como de costumbre- para satisfacer sus propósitos egomaníacos.

Los cuatro primeros capítulos (‘pre-dogma' en la cronología vontrieriana) son soberbios y netamente superiores a los emitidos tras ese punto de inflexión (otro más) que fue Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996). Un cruce entre Urgencias y Twin Peaks (2), con un terrorífico epílogo en los tres primeros episodios y un brutal (a la par que divertidísimo) final de ciclo, con la eclosión en paralelo de los diferentes hilos conductores (a cuál más descacharrante: la inspección por parte del ministro de sanidad y el encargado de hospitales coincidirá con la apoteosis neurótica de los interinos, incluyendo espiritismo en los pasillos, transplantes clandestinos, partos diabólicos... vamos, un día cualquiera en la Seguridad Social).

50 horas de rodaje en 16 mm. (para ser después editada digitalmente, incluyendo manipulaciones del color) para apenas 5 horas de ficción (apretado, apretado); un hospital que imponía y donde ya había filmado parte de su Epidemic (1988); un von Trier monitorizándolo todo desde una sala aislada porque era incapaz de coger los ascensores hacia las plantas más elevadas (3)... y las calles de Copenhague desiertas cada vez que se emitía un nuevo episodio.

La saga fue retomada en 1997 por aclamación popular: cuatro capítulos más siguiendo a nuestros perturbados doctores, pero con un extraño giro melodramático que no termina de cuajar. ¿Fue debido al baile de guionistas? ¿A la codirección junto a Morten Arnfred, quién debía de haberse encargado por entero del proyecto? ¿A la excesiva –y algo caótica- proliferación de tramas? Especialmente folletinesco resulta el proceso de crecimiento anormalmente acelerado de un bebé maldito, con una madre desesperada bastante característica del catálogo de sufridoras made in von Trier.

Planteada como trilogía (otra obsesión de su director), la tercera tanda de episodios difícilmente verá la luz tras la muerte de varios de sus protagonistas en la pasada década, incluyendo al irremplazable Järegard. Sepan no obstante (si les obsesiona encontrar conclusiones a todas las historias) que el ínclito Stephen King perpetró una versión americana de la serie, titulada -¡será poca vergüenza!- Stephen King's Kingdom Hospital, donde –por lo que he podido leer- se dedicaba a fotocopiar situaciones y personajes, con leves variaciones fruto de su "ingenio".

Las cualidades que han convertido a The Kingdom en una serie de culto saltan a la vista: sabia dosificación de la intriga, ese sentido del humor "chungo" y en ocasiones chusco, imprevisible cruce entre culebrón y thriller sobrenatural... Lars von Trier demuestra –como cada vez que trabaja para la TV- un gran conocimiento del medio, sabedor de sus limitaciones, ventajas, y particularísimo lenguaje metonímico.

Con un prólogo en cada episodio que parece rememorar con cierta ironía sus barrocas pretensiones en El elemento del crimen (Forbrydelsens element, 1984), para dejar paso al desfile del ‘cast' integrado dentro de la típica entradilla sofisticada de serial norteamericano, Lars despliega un recital de montaje, planificación y dirección de actores, donde se cuestiona constantemente el significado de lo real y de lo incierto, representación sin aparente final dentro de otra representación que no sabemos cuando comenzó.

Por que la historia que estamos viendo... ¿sucede "de verdad" o no es más que la escenificación de esa conversación interminable que mantienen dos chicos con síndrome de Down mientras friegan los platos?

Pregúntenle a Lars. Él sonreirá, mirará nerviosamente a través del visor de su cámara y cambiará de tema con la impertinencia de los que se consideran elegidos... aunque todavía ni él mismo sepa muy bien para qué.

(1) Por aquél entonces había dos productoras más en Dinamarca con "licencia" para hacer cine: la Metronome y la Nordisk. De partida, pues, Zentropa las iba a pasar canutas...

(2) No se explica muy bien porqué von Trier encontraba "brillante y distinta" Twin Peaks, mientras el resto de la producción de Lynch le parecía, sencillamente... "basura".

(3) "Lars von Trier" de Jack Stevenson. Editorial Paidós. Sesión Continua.

Por Jorge-Mauro de Pedro
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