Milagro cinematográfico

Tras realizar películas con cierto aire de thriller y de artificioso estilo visual, como El elemento del crimen y Europa, apostar por una historia de amor, erotismo y represión religiosa, ambientada en la década de los 70 en una isla de Escocia, rodada con largos planos secuencia y con cámara al hombro sólo podía ser síntoma de dos cosas: perdida de la identidad o genialidad. Casi diez años después del estreno de Rompiendo las olas, no cabe duda de que los delirios artísticos de Lars von Trier apenas tienen parangón en el panorama cinematográfico contemporáneo y que su universo creativo unido a su afán de experimentación estética le sitúan en el olimpo de los directores imprescindibles de la cinematografía de nuestros días.

Un año antes de presentar Rompiendo las olas, Lars von Trier había presentado el ya histórico manifiesto Dogma'95, que proponía un modelo de cine que parecía negar toda la obra anterior del cineasta danés. Rodar en escenarios naturales, cámara en mano, sin iluminación, con sonido directo y sin firma eran los preceptos básicos del nuevo movimiento. 1995 fue también el año de The kingdom, la revolucionaria serie de televisión en la que Lars von Trier experimentaba con este estilo realista en un relato convencional (una serie televisiva de misterio). Y, por supuesto, Rompiendo las olas indagó en estos caminos recién abiertos por el cineasta danés.

La película parece estar inundada del espíritu de Carl Theodor Dreyer. Rompiendo las olas tiene mucho de Dies irae y Ordet. Si a ello se le añade unas gotitas de Justine, la famosa obra del Marqués de Sade, el cóctel resultante es de una inusitada confrontación de contrastes, un poco loco y en las fronteras de lo ridículo. Desarrollada en siete capítulos y un epílogo (cada uno de ellos, precedido por una toma de un paisaje manipulado infográficamente para dar a las imágenes cromatismos de los pintores belgas René Magritte y Pieter Bruegel, y con canciones pop-rock de los años setenta de fondo) cuenta, una intensísima historia de amor, un melodrama imposible, morboso y, en ocasiones, nauseabundo. Soportar el visionado de Rompiendo las olas es difícil si el espectador no mantiene sus defensas en alto durante buena parte del metraje.

El relato, un culebrón imposible con uno de los finales impactantes de la historia del cine, es todo un milagro cinematográfico. Bess, una joven muy sensible (maravillosa Emily Watson en su primera aparición en cine), con antecedentes de enfermedad mental, virgen e inocente, perteneciente a una comunidad puritana y fundamentalista se casa con Jan, un hombre bueno y vitalista, operario de una plataforma petrolífera, y se despide de él después de unos pocos días de felicidad en su compañía. Días después, tras comprobar como un compañero suyo regresa por una pequeña fractura en la mano y pedirle a Dios volver a ver a su marido, recibe a éste, parapléjico, víctima de un accidente en la plataforma. Para hacerle feliz primero, y para salvarle después, Bess se sumerge en una espiral de pecado, escandalizando a la comunidad en la que vive (Dogville no está tan lejos), convencida de que su penitencia, su vía crucis particular, hará que Dios devuelva la movilidad a Jan. Al contrario del doctor Rieux, el protagonista de La peste de Albert Camus, que buscaba la posibilidad de ser santo sin creer en Dios, de hacer el bien por el bien sin esperar nada a cambio, Bess pecará para acercarse a su tan venerado Dios, no siguiendo los mandatos de la Iglesia. Solamente su inocencia y bondad lograrán hacer sonar las campanas de Dios, aquellas que la iglesia de su comunidad no posee. El plano cenital, que también anuncia la estrategia narrativa de Lars von Trier en Dogville, rompe con todo lo expuesto hasta el momento, otorgando una nueva lectura a lo contado.

A nuestros ojos, y al de la mayor parte de personajes de esta historia, Bess tiene una salud mental frágil en exceso. Educada bajo los severos preceptos calvinistas, cree hablar con Dios y, en un acto de amor redentor, se entrega sexualmente a otros hombres para revivir en ellos la carnalidad que no puede vivir con su marido, al mismo tiempo que hace de estos actos un sacrificio ante Dios para sanarle. Sin embargo, la locura (aparente para unos, certera para otros) de Bess no es el eje vertebrador del personaje. Como la Grace de Dogville (al menos en su primera parte del metraje), Bess es un ser bondadoso. Tal y como explica, al final de la película, el médico que la ayudaba, «su enfermedad mental tenía nombres científicos, pero a ella, realmente, la mató su bondad». De hecho, el bien impregna todo lo que sucede en la película.

A diferencia de la serena mirada de Dreyer, el estilo visual que impone Lars von Trier en Rompiendo las olas, ya apuntado al inicio de este artículo, se fundamenta en los planos secuencia rodados por Robby Müller (el operador de Wim Wenders y Jim Jarsmuch) cámara en mano, ajustando la óptica sobre la marcha y adaptando el movimiento de la cámara al de los actores, y no al revés. La cámara rompe formas, los planos no tienen límites, ansiosa por aprehender las miradas, los gestos, los sentimientos y las inquietudes de los personajes. La textura extremadamente granulada de la imagen también ayuda a que el tono documental y naturalista de la cinta ceda el protagonista a los actores. También gracias a ello, el final, mágico y milagroso, adquirirá una dimensión nueva, ya que el contrapunto entre la estética de reportaje y la entonación de hechizo del epílogo resalta la fuerza de éste.

En resumen, Rompiendo las olas es un desaforado melodrama místico, muy crítico con la intolerancia religiosa, que al estilo del Ordet de Dreyer, finaliza de manera fantástica a pesar de que Lars von Trier nos había introducido, por completo, en una especie de documental. El peso de la película recae fundamentalmente en la historia y los actores, siendo éstos últimos el auténtico milagro de la película, en el que sobresale Emily Watson, enamorándonos a todos desde su primera mirada a la cámara.

Por J.A. Souto Pacheco
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