De Fuente Grande a Kabul
La muerte de García Lorca en Fuente Grande fue parte del sangriento preludio de la Guerra Civil española. Una guerra civil que no sólo se saldó con la muerte de un millón de personas tras 3 años de combates encarnizados. Una guerra que se prolongó durante 40 años en una dictadura con pérdida de libertades y que, como todas las guerras, causó un atraso tecnológico y cultural que afectaría a diversas generaciones. Hay quien señala la obra Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, torero corneado, como una premonición de Lorca por su propia muerte. En su bellísimo directo Concert for García Lorca, el pianista-vocalista Ben Sidran recita y habla del "toro de la intolerancia, de la ignorancia y de la ambición" que mató a Lorca y golpeó España. Es el toro de la guerra, el mismo toro asesino y malvado que pace a sus anchas en los valles y las montañas de Afganistán desde hace más de un siglo. Un toro encarnado, antes y ahora, por las potencias colonialistas que utilizan este enclave geográfico como el tablero del Gran Juego geoestratégico, un toro encarnado también por la fanática locura integrista y un toro encarnado, finalmente, por los sempiternos señores de la guerra que dominan las distintas facciones que perviven en aquellas lares desde la antigüedad.
Es en un Kabul desolado por décadas (¡por siglos!) de guerra, con los talibanes en fuga y diferentes éticas en conflicto, dónde transcurre A las cinco de la tarde y dónde se recitan de manera harto insólita los versos de Lorca. Samira Makhmalbaf, presentaba en La pizarra, su película anterior, una inquietante historia de errabundos refugiados hostigados por tiradores invisibles en el Kurdistán iraní. A las cinco de la tarde se sitúa más allá de la otra frontera conflictiva de Irán, en el Afganistán medieval de principios del siglo XXI. A diferencia del pretendido realismo de Osama (maniquea película que narraba las atrocidades de los talibanes) o del simbolismo de Kandahar (dirigida por Mohsen Makhmalbaf, padre de la realizadora y a su vez guionista, montador y productor de A las cinco de la tarde), Samira busca en esta ocasión un tono realista e inicia la película con la odisea cotidiana de Nogreh, joven que alterna la diaria búsqueda de agua y alimentos con la asistencia oculta a una escuela laica. Hija de un fanático que lamenta la pérdida de valores en la sociedad post talibán (y traslada su precaria vivienda para evitar oír música), Nogreh desea un cambio en su país, un cambio que no sólo permita la democracia si no que permita la igualdad entre sexos e, incluso, la oportunidad de que una mujer alcance la presidencia del país. Pero Nogreh, y todas las mujeres de Afganistán, lo tienen difícil. Antes y después del paréntesis escolar, oasis en Kabul y en su propia vida, Nogreh debe esforzarse en conseguir sustento para su padre, su cuñada y para el agónico bebé de ésta. Nogreh, soñando despierta en un Kabul directamente emparentado con el Berlín de Germannia, anno cero, ayuda a los numerosos refugiados que regresan de Pakistán a la espera de mejores oportunidades y que chocan nuevamente con la miserable realidad. Será uno de ellos, el "poeta" (cuyos hermanos han sido simbólicamente asesinados por las diversas potencias en liza) quien, admirador de su fuerza y su vehemencia, entablará amistad con ella y la acompañará en su deseo utópico de prepararse para la presidencia. Será este mismo poeta quien hará explícita referencia, aun sin saber de qué trata, al Llanto por la muerte de Sánchez Mejías y, específicamente, a los versos que citan la nefasta hora de las cinco de la tarde, momento de la muerte del torero (el "poeta" habla de la muerte del toro) e instante en que Nogreh debe diariamente enfrentarse a la cruda realidad de la lucha por la supervivencia.
Pero la vida es implacable, especialmente en Afganistán. No hay espacio para los sueños ni para las esperanzas. Ocultando la muerte del hijo a las mujeres, incapaz de enfrentarse a la nueva realidad y a los (escasos) cambios sociales, el padre arrastrará la fracturada familia en una huída hacia Kandahar, una fuga hacia ninguna parte (1). Arrastrando más tras de sí que junto a ellos el caballo y el carro con sus últimas posesiones, el cuarteto avanza por el desierto oriental como Pedro Páramo, espectros que niegan su naturaleza. Como los protagonistas de La pizarra que huían en remolinos, ora adelante, ora hacia atrás, el grupo parece flotar sin destino en un paisaje sin límites, irreal, hasta que topan con otro "no vivo". Varado en este paraje vacío, yermo, un anciano sentado (2) junto a su burro agónico y con sus últimas posesiones esparcidas en el suelo, declara que se quedará allá por la eternidad. Padre hace marchar a las mujeres y se queda junto al anciano. Pero tan siquiera hay diálogo posible entre los dos hombres, por que poco pueden decirse en un mundo que les ha expulsado.. Las mujeres, por su parte, seguirán buscando sustento, "bajo el sol de las cinco de la tarde", en una atmósfera de muerte. Un final tan desolador como coherente, tan doloroso como inevitable.
(1) Recordando otras "desintegraciones narrativas" que ahora tengo especialmente presentes y que, aun con objetivos completamente distintos, tienen lugar en el desierto, como el Gerry de Gus Van Sant o el Two lane black top de Monte Hellman.
(2) Emparentado directamente con el protagonista de Tierra y ceniza (Atiq Rahimi, 2000), un escalofriante testimonio escrito de la tragedia afgana.
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| Francia, 2003. TO: Panj é asr. Dirección: Samira Makhmalbaf. Guión: Samira Makhmalbaf y Mohsen Makhmalbaf. Producción: Mohsen Makhmalbaf. Fotografía: Ebrahim Ghafori. Montaje: Mohsen Makhmalbaf. Música: Mohamad Reza Darvishi. Duración: 105 min. Interpretación: Agheleh Rezaie (Nogreh), Abdolgani Yousefrazi (Padre), Razi Mohebi (Poeta), Marzieh Amiri (Cuñada), Gholamjan Gardel, Halimeh Abdolrahman, Bibigol Asef, Jerom Kazagh, Mina Anis, Vakileh Govah. |
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