Bienvenidos al infierno
En tiempos de descreimiento hacia la política de autores —ya empiezo de nuevo con la misma canción—, uno de los bastiones a los que se agarran los detractores del cahierismo es precisamente la figura de este pedazo de director llamado Robert Rodríguez. Hijo de su madre y de su padre, este Georges Méliès de serie Z, desde su sonado debut con la simpática El mariachi, ha conseguido atraer tras de sí —en un fenómeno parejo a realizadores como John Carpenter o Abel Ferrara— a una legión de enemigos que maltratan su cine como si fueran producciones hollywoodienses comerciales de ínfima calidad. Peor para ellos. Saber disfrutar del cine de Robert Rodríguez es parecido a disfrutar con las primeras bobinas de un pionero del cinematógrafo: ilusión, fantasía e imperfección. Rodríguez, máximo chef del pastiche, apóstata de lo camp y del bad taste, entiende el cine como el mejor vehículo para disfrutar en la vida. Incluso haciéndolo, que ya es raro. Remiendo: Rodríguez a ojos de Truffaut sería un autor total, alguien que no es que controle, es que él mismo es su propio equipo técnico: codirige, produce, guioniza, compone la banda sonora, dirige la fotografía y el montaje... y todo ello en su rancho de Texas componiendo mundos propios y ajenos, como si fuera un hijo bastardo de George Lucas, la oveja negra que decidió hacer el cine que quería ver, no el que creía que la gente quería ver.

Lo he dicho otras veces, siempre respeto al autor que margina al público a la hora de componer una obra. Por eso, incluso me gusta Garci, aunque sus películas me aburran tanto como mi jefa en el mundo real, lejos del cine, lejos de Sin City. Por eso al margen de que alguien no pueda disfrutar el espectáculo que significan Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Down, 1996), Spy Kids 2 (2002) o El Mexicano (Once Upon a Time in México, 2003), debería guardar el respeto a un realizador que hace lo que le da la mismísima gana sin por ello defraudar ni a la industria ni al gran público. Pero el crítico se siente desconcertado ante un autor como Rodríguez, que entre "mariachis" y "niños espías" compone el noventa por cien de su filmografía —y atención, porque en breve se empieza a rodar Sin City 2— y cuyos filmes parezcan productos para el consumo rápido, como una hamburguesa del McDonalds. Nada que ver con la realidad. Rodríguez es un creador de submundos, un ideólogo de los placeres del sentimiento infantil, un cinéfago de videoclub que mezcla Los goonies (The Goonies, 1985. Richard Donner) con películas de James Cagney, Sergio Leone e, incluso, Charles Bronson. Desde luego Rodríguez siempre tiene mejores intenciones que resultados, no es Quentin Tarantino, es otra división, aunque de la misma liga. Tarantino de hecho no tuvo que recurrir a novelas pulp para hacer sus films: él mismo se las inventaba. Rodríguez ha echado mano de Sin City —quizás algún día algún realizador español se atreva con la brutal serie Ángel de Iron— del genio Frank Miller (codirector del film que nos ocupa), una alucinante serie de cómics cuyas máximas constantes son la violencia y el sexo, todo en blanco y negro, predominando la mancha sobre la luz. Polis corruptos y algún poli bueno despistado, prostitutas con cuerpo de escándalo armadas hasta los dientes, bestias andantes como encarnaciones de Lucifer, héroes al margen de la ley, mafiosos, extorsionadores, violadores, caníbales... todo bajo una lluvia sucia blanca que no consigue borrar la oscuridad y la podredumbre de las calles de esta ciudad del pecado. Tres libros le bastan a Rodríguez para rodar esta primera Sin City: «Sin City» (la historia de Marv persiguiendo a los asesinos de Goldie), «La gran masacre» (la historia de Dwight intentando deshacerse de un poli cadáver) y «Ese cobarde bastardo» (la historia de Hartigan como protector de la joven e inocente Nancy). Por supuesto el film contiene apuntes cruzados entre historias, presentes también en novelas como "Mataría por ella", pero todo ello, no nos confundamos, sin parecerse a las inteligentes e intrincadas obras de Tarantino, el azar provocado en Rodríguez es un guiño, no un mecanismo narrativo. La plasmación en imágenes del cómic de Miller es... como decirlo... es perfecta. Una experiencia estética alucinante. Un viaje sin límites. Un film de esos que te hacen coger pasión por el cine. No había visto nada parecido desde Kill Bill (2003. Quentin Tarantino) y Old Boy (Oldboy, 2003. Chan Wook Park). Sin City de Rodríguez & Miller es la transmutación del cómic a la pantalla de Sin City de Miller. El mimetismo es tal que asunta: planos calcados, actores caracterizados a la perfección (¡¡¡ese grandísimo Rourke como Marv!!! ¿qué otro actor lo podría haber hecho?) —nota: Se echa en falta a Salma Hayek, habitual en el cine de Rodríguez, cuya silueta encajaría a la perfección en las páginas de cualquier volumen de Sin City—.
 Así es Sin City: un film imperfecto, más acelerado que adrenalínico, más cachondo que hilarante; donde el espectador es apabullado con un sinfín de imágenes bellas per sè, un film para reestructurar la lectura de lo real y lo ficticio (si es que Rodríguez quisiera tal cosa), a su manera, un film para reeducar la mirada de un espectador hastiado de imágenes reales —ya no hay imágenes interesantes o innovadoras en el mundo real, diría Herzog— y, de paso, realizar un ejercicio de diversión pura, un producto manufacturado para la iconografía del nuevo siglo, una manera más brillante de explotar los límites de la infografía sin resultar tan aburrida como La venganza de los Sith (Revenge of the Sith, 2005. George Lucas) o Sky Captain and the world of tomorrow (2004. Kerry Conran). Muchos podrán aseverar, no sin razón, que Sin City es más un film de animación que un film de ficción real, nada que objetar, siempre he creído que es tan disfrutable Pinocho (Pinocchio, 1940. Hamilton Luske y Ben Sharpsteen) como Johnny Guitar (1954. Nicholas Ray), de hecho, posiblemente el último Rodríguez sea el mejor film que comulga imagen real con imagen animada. Que luego la película sea descabellada, erótica, sádica e irrespetuosa.... pues qué queréis que os diga, a mi me encanta. Por algo soy fan acérrimo de Golpe en la pequeña china (Big Trouble in Little China, 1986. John Carpenter), Desperate living (1977. John Waters), Zombie (Dawn of the Dead, 1978. George A.Romero), Ágel de venganza (Ms.45, 1981. Abel Ferrara), Pistol opera (2001. Seijun Suzuki), The missing (2003. Kang-sheng Lee), Ocurrió cerca de su casa (C'est arrivé près de chez vous, 1992. Rémy Belvaux), Cabeza borradora (Eraserhead, 1977. David Lynch), Rabia (Rabid, 1977. David Cronenberg), Izo (2004. Takashi Miike), Hundstage (2001. Ulrich Seidl) y Kill Bill, entre otras. Y por eso siempre defiendo que la mirada del espectador ha de ser lo más abierta posible, por que ya que la vida real presenta tantos obstáculos a la felicidad, vale la pena saber disfrutar del arte en todo su ancho de banda.
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