El genuino ocaso de los Dioses
Y es que en 500.000 años de incertidumbre, ¡habremos parido y asesinado acto seguido a tantos Dioses, diosecillos y divinidades de diverso rango! Desde que Wagner bautizara de esta guisa la última parte de su Tetralogía del Anillo, muchos —desde Nietszche a Visconti— han tirado de este motivo para referirse a finales de estirpe, de civilizaciones, de ideologías...
Fritz Lang (Viena, 1890 – Hollywood, 1976), otro de los grandes en lo suyo, no iba a resistirse tampoco a la tentación. Justo antes de embarcarse en su película muda más conocida (Metrópolis (id., 1927)) y todavía a una década de tener que abandonar Alemania con las latas de su Dr. Mabuse bajo el brazo y con una propuesta de Goebbels de las que "no se pueden rechazar", alumbró un film épico que se constituiría en la respuesta made in UFA a la Intolerancia (Intolerance: Love's Struggle Through the Ages, 1916) de Griffith: Los nibelungos.
Los nibelungos (como los Carmina Burana, el poema del Mío Cid o el Orlando Furioso) constituye uno de los más celebrados ciclos / cánticos medievales, letanías de trovadores y juglares que se pierden en la noche de los tiempos. La característica principal de todos ellos: doncella de virginidad impoluta ve turbada su condición por agasajador doncel con un inmaculado currículum guerrero. Sigfrido de Niederland, caballero supuestamente invencible tras haberse bañado con la sangre de un dragón, se convertirá, sin comerlo ni beberlo, en la perdición de los burgundios, aniquilados a manos de los hunos de Atila.
A los totalitarismos les han pirrado siempre estos antepasados gloriosos, tatarabuelos de nuestros bisabuelos que —como no— demostraron que nosotros —¡y sólo nosotros!— éramos la raza elegida, machotes viriles depositarios de los más altos ideales de lealtad y firmeza y todo ese rollo genético-neurótico.
Así pues, no es de extrañar que el nazismo flipase con la película de Lang, guionizada por su señora (Thea Von Harbou), cuyas amistades peligrosas terminarían por poner en un brete a su marido, hasta el punto —como ya he dicho— de tener que exiliarse con lo puesto al otro lado del charco (y dejar plantada a la tal Thea, devota de los jerarcas nacionalsocialistas).

La película consta de dos partes, estructurada cada una de ellas en siete cantos. En La muerte de Sigfrido (título sobreexplicativo donde los haya) asistimos a la construcción del mito: el valeroso y asilvestrado Sigfrido peregrina a Worms (precedido por su fama) para comprobar con sus propios ojos la belleza de la sin par Krimilda, la de las kilométricas trenzas. Por el camino no pierde el tiempo: destripa a un bicho legendario, encuentra una espada forjada por los mismísimos dioses, se hace con una máscara que le proporciona el don de la invisibilidad... amén de localizar el tesoro de los Nibelungos, fastuosa fortuna en doblones y baratijas varias. No está mal para un fin de semana, ¿verdad?
No podría ser de otro modo: tras el primer encuentro (no carnal, aclaro), las hormonas de ambos quedan revolucionadas sin remisión. A Gunther, el hermano de Krimilda, la cosa no la parece del todo mal, pero le pide a cambio a su futuro cuñado que le "eche una mano" en su imposible romance con la reina de Islandia.
La tal Brunilda (no se si por el frío de la región que habita o debido a alguna mala caída cuando era lactante) impone a cualquiera que aspire a cortejarla una curiosa condición: deberá de vencerla en una especie de penthatlón para-olímpico, demostrando así su virilidad sin parangón.
Gunther lo tiene chungo, porque la tal Brunilda es un marimacho que entrena sin descanso con el único objetivo de humillar uno tras otro a todos sus pretendientes. Pero esta vez no estará solo en la competición: Sigfrido se las apañará para amañar los resultados de los duelos deportivos, derrotando tres veces consecutivas a la arisca reina.
Hete aquí que se nos presenta uno de los escenarios más explosivos que imaginarse pueda: una corte con dos mujeres. Un brazalete y el orden de entrada a una iglesia serán los desencadenantes de la tragedia (no está mal, aunque en eso se lleva la palma el Otelo del bardo inmortal: ¡la que monta el moro por un mísero pañuelo!).
Descubierto el ardid de Sigfrido, Brunilda le ruega a su amado Gunther que se cargue al héroe, haciéndole creer al presentido cornudo que se cobró sus servicios en especias al suplantar al rey en la alcoba de la susodicha. El monarca echará mano de su leal Hagen Tronje, dispuesto a cumplir las órdenes de su señor sin mayores cargos de conciencia.
El tal Hagen es el más ambiguo y ambivalente de los protagonistas de esta tragedia (ya sabemos lo aficionado que era Lang a los personajes complicados, imposibles de clasificar en ningún sistema moral "al uso"). Es realmente difícil justificar su tropelía: ensarta por la espalda a Sigfrido, penetrando con la afilada arma por el único lugar vulnerable de su anatomía (su particular talón de Aquiles se debía a una hoja de tilo que se adhirió a su piel mientras se daba el baño de gloria entre las vísceras del dragón). ¿Y cómo sabía Hagen de la existencia de dicho punto débil? Pues porque la nada avispada Krimilda se lo contó, demostrando una vez más que no se puede compartir secreto alguno con las féminas...
Y es que todo el relato en sí es bastante misógino: las dos lenguas viperinas protagonistas de la historia terminan por llevar la desgracia a lo pueblos que las acogen, sembrando la discordia y la infamia allá por donde pasan.
Nos habíamos quedado en Hagen Tronje. A mi entender, el verdadero protagonista de la segunda parte de la saga: La venganza de Krimilda. Tras darle un hijo a Atila, la ex–amante de Sigfrido le pide a este que cumpla el juramento prestado cuando la desposó: vengar la afrenta sufrida. Krimilda ha invitado a su familia (Gunther y demás hermanos, con Hagen a la cabeza) para celebrar el feliz acontecimiento de la maternidad. Es entonces cuando le pide a Atila que atente contra su sacrosanto deber como anfitrión y consume la venganza. Este se niega, pero Krimilda ha reclutado su propio ejército, dispuesto a dar buena cuenta de los burgundios en mitad del banquete y las celebraciones.
Lo que viene acto seguido es una mezcla entre El Álamo (The Álamo, 1960) y Murieron con las botas puestas (They Died With Their Boots On, 1941): el salón del convite se transforma en inexpugnable fortín donde los resistentes tratan de contener los envites de los asaltantes, mucho más numerosos —aunque caóticamente organizados—.
Hagen demuestra ser el paladín perfecto, luchando espalda contra espalda junto a su señor y rey, dando irrefutables muestras de su lealtad y fe... algo ciega, desde luego. Krimilda, en constante estado de trance, transida por la orgía de sangre y violencia, lleva a cabo su anunciada revancha, colmándose —eso sí— de deshonor, vilipendiada incluso por los suyos, maravillados por la valentía y bravura de los sitiados.

Como bien apunta Enrique Castaños: «la imagen de Krimilda, en pie sobre los últimos peldaños de la escalera que da acceso a la fortaleza de los hunos, contemplando impertérrita la matanza, causa una impresión sobrecogedora. Marmórea, fría y distante, esculpida por la cámara de Karl Hoffmann y ataviada cual emperatriz bizantina o gran dama merovingia, sólo los ojos, vivísimos y chispeantes, parecen descubrir una molécula de humanidad (...)»(1)
Tras un carísimo rodaje que se prolongó a lo largo de dos años, el filme se estrenaría finalmente dividido en dos tandas en Berlín (febrero y abril de 1924), siendo "aligerada" la epopeya —tijeras mediante— en más de dos horas. Ya en nuestros días, la Friedrich Wilhelm Murnau Stiftung se encargó de restaurar el metraje original: cerca de cinco horas fastuosas, como toda buena ópera que se precie.
Los nibelungos tenia que haber sido "la gran película alemana" que abriese los mercados internacionales a esta cinematografía (sobretodo y a poder ser, el estadounidense). La cosa no fue según lo planeado. Pero Lang tuvo la oportunidad de darse un garbeo por los EEUU en labores de promoción, visitando la Warner Brothers y la Universal, trabando contacto con los VIPS del Hollywood de entonces (Charles Chaplin, Mary Picford, Douglas Fairbanks, Ernst Lubitsch...). Y de pasear por Nueva York, una ciudad y un espacio que inspiraría su Metrópolis.
Son numerosas las películas posteriores que han bebido del aliento épico-hecatómbico de Los nibelungos . Empezando por Kurosawa y sus coloridos clanes enfrentados, continuando con Eisenstein y sus abigarradas multitudes entrando a sangre y fuego en el Palacio de Invierno y terminando por Peter Jackson y su Tierra Media levantada en armas.
Si quieren saber hasta dónde puede empujar el odio, olvídense de la Carole Ledoux de Repulsión (Repulsion, 1965), la Julie Kohler de La novia vestía de negro (La Mariée Était en Noir, 1969), o la Beatrix Kiddo de Kill Bill (id., 2003-04). La venganza no tiene porqué servirse siempre fría: Krimilda la prefiere bien calentita y salada, como el inconfundible sabor que deja la sangre recién derramada.
(1) http://www.enriquecastanos.com/crimilda.htm
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