Viaje al interior de lo maravilloso

A pesar de ser considerado como uno de los directores americanos más peculiares que operan en la actualidad, la carrera cinematográfica de Tim Burton ha tenido que luchar contra sí misma para conseguir una cierta legitimidad en el seno de la industria.

Por eso, en algunas ocasiones su talento se ha tenido que plegar a las exigencias de alguna producción de tintes fastuosos en la que su potente marca de estilo quedaba dilapidada tras la oquedad de abundantes capas de efectos especiales, maquillaje y diversos envoltorios de cartón piedra y celofán que adornaban la función para evitar evidenciar sus carencias. De ahí que este singular hombre de cine haya tenido que buscar la manera de fundir en un mismo esfuerzo el intento por realizar un producción que resultara rentable sin la necesidad de que por ello tuviera que renunciar a su universo creativo.

En el último tramo de su obra hemos asistido a dos ejemplos claramente significativos que demuestran una radical y contradictoria escisión dentro de su sistema de trabajo: por una parte, la poco afortunada revisión de El planeta de los simios, con la que consiguió llegar a los límites de la grandilocuencia y la oquedad visual; por otra, su sensible y emotiva adaptación del libro de Daniel Wallace, Big Fish, con la que volvió a sumergirse dentro de la esencia, de lo que tiene de inimitable su cine.

Ahora, con Charlie y la fábrica de chocolate Burton consigue hacer realidad la quimérica fusión entre estas dos vertientes que han pujado por emerger en el interior de la encrucijada artística que se ha venido desarrollando en su obra, a medio camino entre la intención de llevar más lejos todavía su libertad inventiva y su voluntad con ello de satisfacer a las grandes audiencias.

El resultado es quizá uno de los más libérrimos, divertidos y gozosos experimentos que han surgido de la desbordante imaginación de Tim Burton.

Y es que el director se alimenta de forma insaciable de los más variados residuos desprendidos de la mejor tradición de la historia de Hollywood y los transforma pasándolos por el filtro de su personal sentido del hecho cinematográfico, consiguiendo que de esa pasión depredadora saque, paradójicamente el zumo de su poderosa originalidad.

Nos encontramos ante un ejercicio de mestizaje creativo en el que caben consideraciones que abarcan desde lo bizarre a lo kitsch, pasando por la fantasía multicolor de los cuentos de hadas, los dibujos animados y todo un mundo repleto de sensaciones ilusorias que se encuentran subvertidas bajo el filtro deformador de un hiriente y mordaz sentido de la ironía y el patetismo.

El universo burtoniano se encuentra vertebrado en torno a una característica que se ha convertido (con el paso de los años y de las sucesivas películas que ha ido confeccionando) en el eje constitutivo de toda su obra y que se concreta en la indefinición de la línea divisoria que separa la realidad de la fantasía, es decir, la posibilidad que nos ofrece de abrir una ranura por la que acceder a un sugerente territorio que oscila entre lo Real y constatable y lo Imaginario y Maravilloso.

Esta dialéctica se pone de manifiesto a través de la caracterización que se hace de ambas esferas.

En el film que nos ocupa tenemos por una parte el "supuesto" mundo verdadero, aquel en el que vivimos y sufrimos, en el que las miserias tanto económicas como morales asolan a la especie humana porque se han convertido en sus males endémicos.

No podemos afirmar que este mundo real que nos dibuja Burton sea del todo auténtico, ya que sus rasgos se encuentran exagerados a través de la lente deformadora que aplica a la configuración de espacios y personajes, pero constituye un territorio metafórico en el que podemos advertir alguno de las injusticias o desigualdades sobre las que se han construido las sociedades contemporáneas.

Ahí es donde encontramos al ingenuo y dulce Charlie (Freddie Hihmore) y a su familia, carente casi prácticamente de recursos económicos, que vive hacinada en una casucha que se diferencia perfectamente del resto de delimitadas y pulcras viviendas que conforman la ciudad. Sin embargo, a pesar de las limitaciones y calamidades, Charlie dispone del cariño incondicional de sus padres y abuelos de los que ha aprendido a aceptar con dignidad e integridad los baches que la vida ha puesto en su camino. Así pues, el sórdido panorama que se describe a su alrededor, no deja de parecernos a pesar de todo entrañable, pues éste se encuentra configurado como un verdadero hogar en el que fluyen auténticos valores como son el amor, el respeto y la honestidad.

En contraposición a este mundo perfectamente reconocible se establece un espacio mítico, La fábrica de chocolate de Willy Wonka, al que se alude constantemente por pertenecer a una dimensión misteriosa, lo cual provoca una constante curiosidad en una población necesitada de crear sueños y fantasías dentro de la mediocridad dominante.

Por eso, en el momento en que Willy Wonka anuncia que dentro de cinco de sus tabletas de chocolate se esconderá una lámina dorada que permitirá el acceso a la fábrica, se desatará la euforia colectiva.

Como suele ser habitual, Burton presenta una visión muy sarcástica y crítica de la sociedad, dominada por el consumo, la ambición y la falta de escrúpulos.

No es por tanto casual que los niños que consiguen penetrar en los dominios de Willy Wonka representen una selección de catálogo de los peores vicios que alberga la comunidad humana: el egoísmo, la competitividad desmedida, el ansia de triunfo a toda costa, o el afán por destacar intelectualmente (dícese vulgarmente "pedantería").

Realmente no es precisamente tierna la mirada que aporta Burton al mundo de la infancia si nos fijamos en este pequeño microcosmos de personajes al límite de la caricatura siniestra: la niña caprichosa y mimada, la que ha echo de su vida un eterno concurso en el que sólo vale salir ganadora, el niño glotón que sólo piensa en la comida, el sabelotodo repelente... en realidad sólo Charlie parece el único normal (y realmente ilusionado) dentro de esta troupe de pequeños monstruitos que está a punto de introducirse en el país de las maravillas... o de las pesadillas. Y es que en el cine de Burton ambos conceptos suelen encontrarse de forma pareja. Basta con apreciar el recibimiento que Willy Wonka prepara a los niños antes de entrar en la fábrica: unos muñecos cantan dando la bienvenida para acto seguido explotar ardiendo en llamas. Es decir, cómo la normalidad se convierte en extrañeza para ésta terminar resultando terrorífica.

Así será el territorio mágico que esconde tras sus paredes la Fábrica de chocolate, que Burton recrea con sus habituales dosis magistrales de virtuosismo plástico.

El diseño de producción y la dirección artística se convierten en elementos de primer orden en la concepción de un film como Charlie y la fábrica de chocolate, y hay que decir que ambos resultan deslumbrantes. Nos embarcamos en un viaje a los rincones más extravagantes de la imaginación, llenos de color, magia y surrealismo, donde todo puede ocurrir, donde hay espacio para lo más inverosímil: ríos de chocolate, inventos imposibles, una tribu interminable de pequeños seres (todos con el rostro del actor Deep Roy) que cantan y bailan para amenizar la función (impagables, delirantes números los que se marcan estos Oompa-Loompas cada vez que desaparece un niño)... ¿y qué decir de Willy Wonka?.

Pues que el tándem Burton –Deep vuelve a ofrecernos la configuración de un personaje único, tanto desde el punto de vista estético como desde el desarrollo impecable de su excéntrica personalidad.

Burton vuelve a ensayar con Willy Wonka la fórmula mediante la que ha venido caracterizando a la mayoría de los héroes de sus películas: que éstos se encuentren traumatizados por su infancia y en especial con una complicada relación paterno-filial que ha marcado irremediablemente su comportamiento presente.

En todas las películas de Burton se cuenta una historia que es la suma de pequeños relatos independientes que sólo tiene su razón de ser en el interior de esa narración ordenada. En Charlie y la fábrica de chocolate la historia del pequeño Willy Wonka se convierte en la más emotiva (algo a lo que no es ajena la imponente presencia de Christopher Lee en el papel de padre represivo). Pero hay muchas más, porque el film es un constante pozo de descubrimientos que se disfruta a cada segundo y que además se encuentra acompañado por la riquísima cobertura musical de la portentosa banda sonora firmada por el compositor Danny Elfman.

Burton crea una fábula intemporal, de una fuerza visual arrolladora, pero que no se queda en la epidermis, que va más allá porque es capaz de trascender su propio sentido del espectáculo para convertirse en una emocionante aventura humana en la que te sumerges y sales de esa zambullida mejor persona. El cine como celebración de la vida.

Por Beatriz Martínez
cartel
EE.UU., 2005. Dirección: Tim Burton. Guión: John August,; basado en el libro de Roald Dahl. Música: Danny Elfman . Fotografía: Philippe Rousselot. Montaje: Chris Lebenzon Duración: 115 min. Interpretación: Johnny Depp (Willy Wonka), Freddie Highmore (Charlie Bucket), David Kelly (Abuelo Joe), Helena Bonham Carter (Sra. Bucket), Noah Taylor (Sr. Bucket), Missi Pyle (Sra. Beauregarde), James Fox (Sr. Salt), Deep Roy (Oompa-Loompas), Christopher Lee (Dr. Wonka), Adam Godley (Sr. Tevé), Franziska Troegner (Sra. Gloop), Annasophia Robb (Violeta).